Eran tardes en las que las esperanzas estaban ocultas detrás de los rostros quietos, bajo el silencio consensuado que caía como una cortina derruida. Alonso lamía mis dedos y movía la cola, y yo le respondía con leves sonrisas, con caricias bien intencionadas que lo sumían en esa felicidad de perro satisfecho y agradecido. Éramos cómplices, él de mis horas eternas, yo de sus siestas intermitentes que a veces se prolongaban demasiado y yo de pura soledad asaltaba la discreción de las habitaciones, y él levantaba la cabeza y me miraba con ojos llenos de sueño, bastándome su reconocimiento para continuar con alguna lectura que no terminaría o un cuento que no acabaría de escribir.
Cuando yo tomaba la correa como sin desearlo, Alonso se enteraba por el mínimo sonido del metal tocando la madera de la mesa, y bajaba con rauda torpeza saltando y sonriendo con esa sonrisa que esbozan los perros cuando la felicidad los excede, sacando una lengua interminable y emitiendo gemidos casi dolorosos. Acariciaba su lomo castaño y dejaba que me lamiese la barba mientras con disimulo le abrochaba la correa. Y nos adentrábamos en el parque de los grandes árboles, y conversábamos absortos por el aire fresco que parecía velar por nuestras tranquilidades y los sosiegos.
Acaso por hábito o simple cortesía procurábamos no entrometernos con los pocos que se aparecían durante esas noches de invierno. Yo me sentaba a fumar en uno de los bancos, observando el pequeño estanque, y Alonso corría libre entre los árboles, levantando la pata y orinando sus territorios. Se distraía con los pájaros o con las luciérnagas; yo me distraía con una libreta llena de garabatos y bosquejos de mala calidad. No sé por qué lo hacía, ya que me veía evidentemente limitado por mi falta de talento. Quizás me hacía feliz, tal vez me distraía demasiado y no me permitía enterarme de la memoria que siempre acechaba calumniosa, evidente.
Demasiado tiempo brotaba de mis momentos, las horas goteaban como desde una cañería averiada atada a un techo imaginario sobre mi cabeza, y yo pretendía no darme por aludido en el esfuerzo suscitado por articulaciones más bien utópicas, y flotaba entre los recovecos disímiles seguido por la eterna presencia de Alonso que fiel como ninguno o como todos me daba la compañía que a él le carecía, porque de seguro que mi presencia era invisible y sin sustancia, reflejo de tardes plañideras en las que habían derivado mis vastas luces que ahora eran abismo o espacio desalojado.
Por pueriles que parecieran nuestros lamentos, porque no tengo dudas que mis desgracias se trasladaban hacia Alonso, pobre de él, al que la energía lo abandonaba en favor de mi compañía aletargada y rancia y nos convertíamos en una sola congoja, nos arrimábamos en reciprocidad sobreviviente, como acto desesperado por no perecer, y nos alimentábamos secretamente, en alianza de miradas y paseos que llenábamos de personajes y conversaciones ficticias, acaso anhelos, acaso realidad que no se sucedía.
Si mirábamos fotografías era porque nos habíamos decantado por el vértigo de lo riesgoso. Y si lo hacíamos era porque aquellas tardes ya no tenían remedio, yacían perdidas en la intromisión de esos recuerdos que nos hacían viajar lejanos, como cuando leía un libro en voz alta y ambos parecíamos entender nuestros horizontes teñidos de nubes melancólicas, como si la brevedad de los días se fuese dando por sentada, vedando el pasar de los instantes, arrinconándonos entre lo que fuimos y un montón de desagrados que mirábamos con morbo lacerante.
Pobre destino que llevó a Alonso a mis confines. Agradecido de todas sus compañías, amado incondicionalmente y sin saberme realmente, a pesar de aparentemente hacerlo como nadie, podría estar en otra situación, tal vez en una habitación similar, llena de júbilo y energías, con niños y niñas con los que divertirse, jugándose en renuncia del entendimiento de las verdaderas desazones que arrancan a pedazos los fragmentos restantes de una felicidad en decadencia y que se está manifestando frente a sus imberbes narices.
A veces recibíamos la visita de Pablo o de Lucía, y nos arreglábamos, yo peinando mi cabello, dándole colores a mi aspecto desaliñado, y Alonso con un baño tibio de refriegues en la tina. Ordenábamos las habitaciones, encendíamos la radio, bailábamos parsimoniosos con la música, nos agolpábamos en las sillas del patio, cocinábamos un pollo asado con ensalada y procurábamos esperar con creciente ímpetu la llegada de la cordial visita, acaso urdida por la lastimosa preocupación de algún cercano que no sabría identificar, quizás mi madre, quizás el recuerdo de Daniela.
Aún así, el devenir de la tertulia resultaba ser siempre satisfactorio. Nos reíamos con ganas, acusábamos incipientes alegrías que nos hacían olvidar las tonterías invisibles, causantes de males visibles. Nos permitíamos burlas pedestres que estimulaban los ánimos y sazonaban el ambiente. Sin embargo luego venía ese vacío insoslayable que me hacía pensar en el pobre de Alonso, que miraba impertérrito, y su soledad incluso más desbordante que la mía. Nos mirábamos en confidencia hasta el punto de darme cuenta que no éramos nosotros, que nos fuimos haciendo una sola presencia, más que un humano-perro, uno.
Tal descubrimiento no lo considero síntoma porque simplemente Alonso no lo merece. Lo veré como el destino ineludible que fui construyendo para nosotros, sin su imposible consentimiento. Nos adueñamos de nosotros mismos, yo aportando desasosiegos y él obsequiando su candor característico. No hay duda alguna que en esta conversión solemne que fuimos protagonizando, él de poco y nada se enteraba, pero también es cierto que como todo perro, era capaz de olfatear con ingenuo conocimiento mis costumbres flagelantes que fueron llevándome al desamparo desde el día en que Daniela se hizo recuerdo.
Mientras caminábamos azuzados por aires frescos, impulsados por la inspiración para un cuento o para algún verso novedoso, nos cruzamos con nuestro símiles en versión femenina, digno de cuento, digno de esas cosas que no nos pasan realmente, sino que más bien soñamos con alegría que expira en la vuelta a las vigilias. Un par de conversaciones, un par de lamidas por ahí y por allá, ellas Carla y Trini, nosotros solo nosotros, solo uno, y de pronto nuevos paseos, nuevas palabras, horizontes despejados y risas desbordantes, ladridos en conjunto y carreras juguetonas.
Pero como todo en la vida, tal aventura tuvo su fin, sin mayor drama de por medio, por cierto. Y volvimos a ser sólo nosotros, sólo yo y Alonso, Alonso y yo. Pasaron los tiempos y dejamos detrás a los abismos, y sobre sus escombros construimos una vida juntos. Hasta que el devenir del tiempo y de la vida nos fue haciendo más viejos, más débiles, pereciendo un día triste de noviembre el pobre Alonso, cuya partida fue ceniza amarga, mas la oportunidad de andar mi propio camino con la certeza de haber tenido la compañía más fiel en los momentos de mayor incertidumbre, cuando todo parecía improbable, cuando con Alonso fuimos uno.
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