lunes, 21 de marzo de 2016

La volada insensata

Medio en serio y medio en broma, Humberto me dijo que debería cambiarme el nombre. En un principio yo pretendí no escucharlo, pero lo había escuchado perfectamente, y seguí armando cuidadosamente el pito. Humberto miraba hacia el paradero de micro y descuidadamente usaba sus dos manos para protegerlo del viento que arreciaba cada vez con más insistencia. Estábamos solos, si es que puede decirse que uno está solo en un parque, pero al menos en el sector en el que estábamos nosotros, junto a la pileta y cerca de la salida que daba al paradero de micros en dirección hacia el cine, no se divisaban más personas. De vez en cuando por la vereda del frente caminaba una señora con una bolsa de pan para la once o un caballero paseando a su poodle al que de seguro le había costado querer pero el tiempo haría su trabajo y ahí estaban los dos, dándose mutua compañía. 

Deberíai cambiarte el nombre, Juan, me dijo nuevamente, esta vez mirándome a los ojos, a pesar de que mis ojos estaban concentrados en el doblez del filtro y la hierba, la que tenía que tener el mismo grosor que el filtro para que ambos elementos al ser girados se ensamblaran de manera tal que el cilindro fuese perfecto, sin la clásica irregularidad que se genera cuando no se le da la debida importancia a la elaboración del pito, y que termina siendo un desagrado a la hora de fumar porque pareciera que éste estará siempre al borde de quebrarse y provocar una desazón que sólo los que han pasado por ella la entenderían. 

Para mi alegría el pito quedó perfectamente armado. Siempre hay una cuota de nerviosismo al momento de armar uno, sobretodo si eres el responsable de que el resto de los ansiosos fumadores logren aspirar satisfactoriamente, sin tener que apretarlo, sostener el filtro o emplear el nunca mal ponderado bombero. Esa especie de presión autoimpuesta propensa un trabajo minucioso con el objetivo de armar un caño simétrico, bonito, que si bien los que posarán sus labios sobre él tal vez no apreciarán -sobre todo cuando se hace común parir pitos perfectos- a la hora de ver que no hubo contratiempos en el proceso de fumado, uno cree protagonizar una pequeña victoria acompañada de un orgullo que se manifiesta en una leve sonrisita. 

Creía que a Humberto se le había olvidado lo de cambiarme el nombre, pero a Humberto las cosas no se le olvidan. Íbamos por la mitad del pito y los efectos eran hace un buen rato parte de mi realidad, cuando volvió a insistir. Ya po, Juan, cámbiate el nombre po. Tiré el humo estirando los labios, como si estuviera besando el aire o queriendo que alguien me besara. Hueón, te he dicho mil veces que no quiero cambiármelo, ¿Hasta cuándo me vay a seguir hueveando con la misma hueá? le dije medio en serio y medio en broma, pero parece que sonó demasiado en serio y pensé que podía sentirse, que Humberto podía sentirse ofendido o pasado a llevar y que ahora pensaría que soy demasiado serio, que mi amistad con él se basa en los pitos, que de ahora en adelante no me va a llamar más para fumar, mierda, pero si no me importa no fumar, me importa su amistad, no me va a llamar más para estrechar nuestra amistad, y un montón de hueás que se me pasaron por la cabeza, típica divagación de volao que exacerba todo y le da importancia a nimiedades que de no ser por la hierba pasarían totalmente desapercibidas. Me di cuenta que me había volado mucho. 

Y lo peor de volarse mucho es que uno se toma las cosas muy en serio. Es como si de pronto la normalidad de la vida se hiciese tensa de un minuto a otro, y que cada acción que realizamos fuese un paso al borde del abismo, se pierde la seguridad, se empiezan a pensar situaciones inverosímiles, cuando en realidad no hay razón alguna, cuando todo sigue pasando de la misma forma. Empecé a pensar que debería dejar de fumar, que si me afecta de esa manera tal vez no es sano, o tal vez es sólo una mala volada, que lata, yo sólo quería pasar un buen rato para después ir al cine. Me pregunté cómo estaría Humberto, por un momento olvidé mi preocupación por cómo se había escuchado mi respuesta, pero a penas lo recordé volví a contrariarme, y lo miré como para pedirle perdón, pero él parecía estar igual o peor que yo, penetrando con la mirada un árbol lleno de loros argentinos. 

Perdón, no quise sonar pesado, le dije. Humberto seguía en lo suyo. ¿Qué?, me dijo. Que no quería sonar pesado, por lo del nombre. ¿Por lo del nombre? se preguntó como para él en clave murmullo, como buscando en su mente aturdida alguna referencia que lo trajese a la realidad (ese es un momento crítico para todo volado, porque cuando en esa búsqueda nos entrampamos con otros conceptos que van apareciendo en nuestras cabezas, podemos perder definitivamente el hilo e irnos a una dimensión de la que será muy difícil salir porque la inseguridad de no haber logrado hacer la conexión una vez nos llevará a no hacerle muchas otras veces y protagonizar un colapso que puede llevar, entre otras cosas a la pálida. Siempre he creído que la pálida la generamos nosotros al pensar demasiado, al darle demasiada importancia al hecho de estar muy volado). Ah, lo del nombre. Si po, Juan, ¿Cuándo te vay a cambiar el nombre? Puta la hueá, ¿Pa qué querí que me cambie el nombre, hueón? Pero hueón, ¿Por qué no? Puta, porque me gusta mi nombre. ¿Juan? Es el nombre más común del mundo. Deberíai cambiarte el nombre a algo más único, a una hueá así como… como Omnipresencio, o Elefanto, o Carcomedor, o Velocirraptor, o… ¡Ya sé, hueón! Mariguano Pelícano, Mariguano primer nombre, Pelícano segundo nombre. 

De inmediato Humberto soltó una carcajada tremenda que me contagió hasta el punto de reír sin poder respirar, hasta ese límite de alegría que está cerca del miedo a morirse ahogado por falta de aire. Le pegaba en los muslos pidiéndole que parara, pero él, sabiendo el efecto que su risa desconcertante provocaba en mí, seguía forzándola tan naturalmente, lo que me volvía a sumir en vaivenes ahogados. Así estuvimos mucho tiempo (relativo debido a nuestro estado) hasta que nos fuimos calmando tras súplicas en las que pedí misericordia para no continuar esa dinámica hilarante. Dejamos que el silencio nos refrescara y el viento nos acariciaba la cara como tratando de salvarnos. Mariguano Pelícano, dije como tratando de asimilar la estupidez, soltando una leve risa, mucho más moderada, por cierto. 

Viste, es un tremendo nombre. Ya, pero tú también deberiai cambiarte el nombre, le dije dando un paso enorme hacia la aceptación de su petición. ¿Yo? Yapo, ¿Pero qué nombre? A ver, déjame pensar. ¡Ya sé! Fabrizio Culeco. No po, tiene que ser algo más raro, algo que se equipare a Mariguano Pelícano. Pensé largos minutos (de nuevo, relativo) y lancé infructuosamente nombres:  Calcio Roccoto, Mohicano Perú, Guru Guru Rosa, Jaimico Mequetrefe. Pero ninguno parecía correcto, hasta que el dios de la volada me iluminó y lo dije: Mongolio Aletargado. Y volvimos a las carcajadas eternas que nos mantuvieron al borde de la muerte durante largos minutos (¿Hace falta decirlo?). 

Entre tanta elucubración delirante olvidamos el propósito de nuestra volada (ir al cine) y cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde. ¿Entonces lo hacemos? me dice mirándome fijamente a los ojos, con la seriedad falsa que los volados procuran para convencer a un volado indeciso. ¿En serio? ¿Ahora? Si po, hueón, ahora mismo. Vamos al Registro Civil y lo hacemos de una. ¿Estay seguro? ¿Se puede cambiar de vuelta? Si po, hueón, obvio, si sólo es el nombre no el apellido. ¿Y hay que hacer algún papeleo? ¿Es llegar y cambiárselo? Ahí vemos, pero primero fumémonos lo que nos queda, me dijo, yo creo que para mantenerme en el mismo estado y así no arrepentirme en el camino. Bueno, hagámoslo. 

Totalmente desorientado por la planta, nos dirigimos al Registro Civil y tras disimular nuestro estado y hacer los trámites pertinentes que nos tomaron casi toda la mañana (en tiempos muertos salíamos a fumar más) llegó el momento de las rúbricas y las fotos pertinentes. Sí, Mariguano Pelícano, dije sin poder contener la risa, mientras a mi lado Humberto, profesional de las apariencias, le repetía a la señora que sí estaba seguro, que Mongolio Aletargado era perfecto. Fotos, firmas, ahí y por allá, una espera que matizamos con la cola del último caño, y voilá, dos cédulas de identidad completamente reales producto de la insensatez. 

Salimos del Registro Civil riendo. Fumamos el último resto de marihuana que nos quedaba y nos fuimos a sentar al pasto de la entrada de un edificio. Conversamos sobre todas las situaciones insólitas que pasaríamos de aquí en adelante, buscando trabajo o presentándonos a desconocidos, y poco a poco, a medida que el efecto del último caño iba disminuyendo y la pesadez del sueño y el hambre se apoderaban sobre nosotros, comenzamos a sopesar en silencio la gravedad de los hechos -se veía en la cara de Humberto, acostumbrado a la tontería, que estaba dándose cuenta de lo que hicimos-. Nos mantuvimos en silencio un largo rato (esta vez sí puedo asegurar que fue un largo rato) intentando no decir nada, callados por la vergüenza, como en un juego peligroso en el que nadie se atrevía a hablar, hasta que apesadumbrado completamente, le pregunté: ¿No la habremos cagado?, cuando en realidad le debería haber dicho: Hueón, ahora si que la cagamos. 



jueves, 17 de marzo de 2016

Teléfono

Diego hurga en sus bolsillos, en todos los bolsillos de toda la ropa que lleva encima, pero no encuentra el teléfono. Diego se esconde en uno de los probadores para que la gente no viera su cara desesperada, para que no sepan su vergüenza. Se desnuda por completo, revisa meticulosamente cada uno de los bolsillos, primero el pantalón, luego la chaqueta, pero nada, ningún indicio de su Iphone 6. 

Se viste rápido y se dirige a la caja en donde una señora cincuentona juega con el celular. 

-Disculpe. Señora, disculpe, ¿no habrá visto por casualidad o le habrán dejado un teléfono, un Iphone 6? Es que se me perdió y no sé dónde lo dejé.
-Pregúntele a los guardias, mijito, acá no ha llegado nada. 

Pero el guardia no sabía nada, mas Diego no se conforma y le pide que pregunte, que le pregunte por radio a sus colegas de los otros pisos, que por favor, que es muy importante para él recuperar su teléfono, que tiene información muy valiosa, que de por sí el teléfono ya es valioso, que se encalilló por un año y que le costó mucha plata, plata que no tiene. 

Sin embargo los presuntos esfuerzos del guardia no dan sus frutos y Diego camina rápido por los pasillos de la tienda, intentando visualizar los pasos que fue dando como desorientado mientras buscaba los short de fútbol que le faltaban para la pichanga del domingo, pero todo parece inútil. Las cámaras de seguridad no registraron en ningún momento a Diego sacando el teléfono, y al llamar nadie contestaba al otro lado. 

La idea de aceptar el destino inequívoco de su teléfono comenzaba a parecer lo más sensato. Volvió a casa apesadumbrado, sin entender cómo es que había sido tan descuidado sabiendo el valor, sabiendo que en los papeles el teléfono estaba lejos de ser suyo. 

Se preparó una tasa de té y prendió el televisor. Encendió el computador y avisó por Facebook que estaba sin teléfono, que cualquier cosa lo contactaran por ese medio. En la tele daban la repetición de la final de la Copa América. Miró por la ventana hacia el parque de enfrente, vio como un grupo de niños jugaba a la pelota. 


Y cuando estaba a punto de quedarse dormido, el sonido lejano de su ringtone. Una sensación súbita de adrenalina le subió por el pecho hasta la cabeza y corrió hacia donde el sonido lo guiaba. Ahí estaba, bajo una de sus almohadas, incólume, en perfectas condiciones. Lo besó, saltó de alegría y para conmemorar el momento alzó el brazo para la selfie correspondiente, pero en la brusquedad de sus emociones y movimientos, soltó el teléfono que cayó seco sobre el suelo, quebrándose la pantalla, quebrándose su estúpida felicidad de objetos y apariencias. 


martes, 15 de marzo de 2016

Sala de espera

Raquel me mira de reojo y piensa que yo no me entero. Raquel me mira tocándose las manos, repasando con su dedo índice la palma de su otra mano, mordiéndose el labio, disimulando entre el tedio de la espera una observación azarosa. Me mira sentada desde el otro lado, moviendo los dedos de sus pies, separándolos y luego volviéndolos a sus posiciones. Me mira y piensa que yo no me entero. 

Se toca el pelo, lo revisa como buscando alguna respuesta, como si ahí viviera alguna respuesta.  Mira la humedad del techo y espera que yo desvíe la mirada a la ventana, o al televisor. No me doy por aludido y continúo en lo mío, en la misma espera que nos une. Miro a veces hacia su sector, a ver si tropieza con mi juego, mas soslaya mis movimientos. 

Cuando se levanta la señora de un poco más allá, quedamos solo yo y Raquel en la sala de espera. La dinámica queda en evidencia y se condice con esa tensión que nos ocurre a los que imaginamos demasiado.

A esas alturas ya nos sabemos de memoria. Sé sobre su cabello negro que amarrado descansa sobre uno de sus hombros. Sé sobre sus manos largas y delgadas, sobre su blusita blanca, sobre sus ojos negros y hondos. Ella sabrá de mi pelo desordenado, de mi prominente nariz y el tatuaje que llevo en una pantorrilla. Sabrá de mi seriedad irrevocable.

Entonces nuestras miradas se encuentran en un breve instante que fulmina las diplomacias. Me observan sus ojos desde lo recóndito de sus carices, los observan los míos, ávidos de presuntas determinaciones. Nos sonreímos en tregua flagrante y cuando el diálogo es inminente, la señora detrás del mostrador dice que es el turno de la señorita Raquel, que se levanta y se lleva consigo los fugaces albores de este idilio que ahora es la soledad de su nombre rondando mis pensamientos y el olvido al que perteneceré por no haber sido mi turno el siguiente. 


jueves, 10 de marzo de 2016

Los talveces

Podría empezar así: 

Nos encontramos en esa calle, en esa ciudad, a esa hora, por mera coincidencia, porque si existiese alguna fuerza superior que obra por los destinos de las gentes, y las reúne en un engranaje de sincronías, de seguro algo nos tenía preparado, sin el consentimiento de ninguno de los dos, por cierto. 

O podría decir: 

Tú, o yo -da lo mismo- o ambos -también puede ser- nos propusimos, en plena conciencia de deseo, o en absoluta ignorancia, forzar ciertas intenciones, torcer de alguna forma los tiempos en favor de este encuentro repentino, que quizá no era repentino si no anunciado, que quizá lo llevábamos planeando en secreto desde hace mucho, no importa, la verdad es que no importa tanto si es que fue anhelo o sobresalto, porque lo que importa es que de alguna forma uno de los dos, o los dos, direccionamos las rutas hacia un punto de acercamiento. 

Tú podrías empezar así: 

Que desde luego había un destino, un ser mayor que nos llevaba a descubrirnos en una calle desconocida, como forma de cumplir castigos, pecados antiguos. Que tal vez era represalia preventiva por futuros comportamientos, que uno cosecha lo que siembra, que no siempre todo puede ser tan perfecto, que no todos los encuentros son lo suficiente, que nada nunca es suficiente, porque la vida puede llegar a ser una decepción fragmentada que no acabamos de dimensionar. Eso podrías decirme, para empezar. 

O, claro, podrías decir: 

O, mejor, podrías fingir: 

Una postura sorprendida, que si fuimos los dos fuimos cautos y lo hicimos porque así se cierran etapas, porque es la manera más sana de dar una última exposición de pareceres como cuando las personas dicen el último polvo, pero tú no dices un último polvo, tú dices una última exposición de pareceres, porque a ti te gusta decir cosas como esas, tan peculiares, tan alejadamente de lo que diría cualquiera. Dirías que es necesario, que es necesario para ambos, que dentro de todo, podemos comportarnos por única vez como tipos decentes, adultos. Pero recuerda, estarías fingiendo. 

A pesar de todo: 

Seas tú quién se encarga de la revolución de los recuerdos o de las instancias. Sea yo el que se plantea la posibilidad de que tú hayas maquinado todo el asunto. Seamos ambos, seamos todas las posibilidades, en todas las instancias, en todos los posibles universos paralelos que nos deparan tantas opciones inimaginables -como dirías tú, tan tú- no valdría la pena darle muchas vueltas, porque cualquiera haya sido esa razón llena de sombras y fulgores, nuestro actuar no correspondería con los designios que el éxito del acontecimiento -llámese encuentro de carácter visual, que dé la certeza a los dos de que uno está viendo a uno, y viceversa- desobedeceríamos toda creencia popular, y nos haríamos los desentendidos, cada uno para su lado, si te he visto no me acuerdo. 

Y lo único que esto me confirma: 


Es que ya no importa. 


jueves, 3 de marzo de 2016

La canción del caballo

 A Rodrigo, por, entre muchas cosas, el Hip Hop.

Fue un tío. Venía llegando de Nueva York, algún día de 1991. Vivíamos en La Serena y yo había nacido durante uno de esos días. Él se quedó a vivir con nosotros. 

Influenciado por su vida norteamericana y habiendo presenciado una época privilegiada del Hip Hop, trajo consigo vivencias y, por supuesto, música. Rap. 

De aquellos días de brisa marina y pasos torpes recuerdo vagamente. Recuerdo a mis padres siendo tan jóvenes llevándome a La Recova o al Valle del Elqui, hospedándonos en la Hostería de Vicuña o caminando por una avenida del mar desolada.

Días en los que mi tío, de figura larguísima y delgada, siendo aún un joven de dieciocho o diecinueve años, jugaba conmigo con paciencia envidiable, haciéndome protagonizar videos caseros con actuaciones delirantes interpretando algún cuento infantil o alguna película de esos tiempos. 

Recuerdo una navidad en la que desapareció misteriosamente. Recuerdo que luego llegaría disfrazado de viejo pascuero, y yo lo miraría incrédulo, aún no convencido del todo, sin saber por qué el señor de los regalos tenía rasgos tan parecidos a los de mi tío. Terminaría abrazándolo y contándole lo bien que me había comportado ese año.

Y en esa ingenuidad de niño chico, cuando era un poco más grande, recuerdo entre otras cosas la música que traía en cassettes y que escuchábamos a todo volumen cuando mis papás no estaban, para así no darme cuenta de sus ausencias y despertar un llanto automático, de llorón profesional.

Música que con el tiempo se fue amigando con mis oídos como canción de cuna inapropiada, hasta el punto de querer repetirla una y otra vez, con esa incansable necesidad infante y carente de aburrimiento que me permitía escuchar o ver las mismas cosas en repetición continua. 

Sin saberlo y la verdad sin recordarlo, creció en mí un inusual fanatismo por una canción en particular, la que pedía que sonara en todo momento. Caló hondo en mis ínfimos adentros, haciéndose parte de mi ritual de todas las tardes el tener que escucharla incesante, disfrutándola sin entenderla, desconociendo el devenir por el que me conduciría. 

Apoyado en una pequeña mesita de centro me estremecía al ritmo de los bombos y las cajas con un desparpajo que hoy carezco, cultivando la devoción de estos días, cuyos comienzos fueron en aquellos tiempos, en aquella canción. 

Era Insane in the Brain, de Cypress Hill. O como a mí me gustaba llamarla, la canción del caballo. 



miércoles, 2 de marzo de 2016

Con Alonso fuimos uno

Eran tardes en las que las esperanzas estaban ocultas detrás de los rostros quietos, bajo el silencio consensuado que caía como una cortina derruida. Alonso lamía mis dedos y movía la cola, y yo le respondía con leves sonrisas, con caricias bien intencionadas que lo sumían en esa felicidad de perro satisfecho y agradecido. Éramos cómplices, él de mis horas eternas, yo de sus siestas intermitentes que a veces se prolongaban demasiado y yo de pura soledad asaltaba la discreción de las habitaciones, y él levantaba la cabeza y me miraba con ojos llenos de sueño, bastándome su reconocimiento para continuar con alguna lectura que no terminaría o un cuento que no acabaría de escribir. 

Cuando yo tomaba la correa como sin desearlo, Alonso se enteraba por el mínimo sonido del metal tocando la madera de la mesa, y bajaba con rauda torpeza saltando y sonriendo con esa sonrisa que esbozan los perros cuando la felicidad los excede, sacando una lengua interminable y emitiendo gemidos casi dolorosos. Acariciaba su lomo castaño y dejaba que me lamiese la barba mientras con disimulo le abrochaba la correa. Y nos adentrábamos en el parque de los grandes árboles, y conversábamos absortos por el aire fresco que parecía velar por nuestras tranquilidades y los sosiegos. 

Acaso por hábito o simple cortesía procurábamos no entrometernos con los pocos que se aparecían durante esas noches de invierno. Yo me sentaba a fumar en uno de los bancos, observando el pequeño estanque, y Alonso corría libre entre los árboles, levantando la pata y orinando sus territorios. Se distraía con los pájaros o con las luciérnagas; yo me distraía con una libreta llena de garabatos y bosquejos de mala calidad. No sé por qué lo hacía, ya que me veía evidentemente limitado por mi falta de talento. Quizás me hacía feliz, tal vez me distraía demasiado y no me permitía enterarme de la memoria que siempre acechaba calumniosa, evidente. 

Demasiado tiempo brotaba de mis momentos, las horas goteaban como desde una cañería averiada atada a un techo imaginario sobre mi cabeza, y yo pretendía no darme por aludido en el esfuerzo suscitado por articulaciones más bien utópicas, y flotaba entre los recovecos disímiles seguido por la eterna presencia de Alonso que fiel como ninguno o como todos me daba la compañía que a él le carecía, porque de seguro que mi presencia era invisible y sin sustancia, reflejo de tardes plañideras en las que habían derivado mis vastas luces que ahora eran abismo o espacio desalojado. 

Por pueriles que parecieran nuestros lamentos, porque no tengo dudas que mis desgracias se trasladaban hacia Alonso, pobre de él, al que la energía lo abandonaba en favor de mi compañía aletargada y rancia y nos convertíamos en una sola congoja, nos arrimábamos en reciprocidad sobreviviente, como acto desesperado por no perecer, y nos alimentábamos secretamente, en alianza de miradas y paseos que llenábamos de personajes y conversaciones ficticias, acaso anhelos, acaso realidad que no se sucedía. 

Si mirábamos fotografías era porque nos habíamos decantado por el vértigo de lo riesgoso. Y si lo hacíamos era porque aquellas tardes ya no tenían remedio, yacían perdidas en la intromisión de esos recuerdos que nos hacían viajar lejanos, como cuando leía un libro en voz alta y ambos parecíamos entender nuestros horizontes teñidos de nubes melancólicas, como si la brevedad de los días se fuese dando por sentada, vedando el pasar de los instantes, arrinconándonos entre lo que fuimos y un montón de desagrados que mirábamos con morbo lacerante. 

Pobre destino que llevó a Alonso a mis confines. Agradecido de todas sus compañías, amado incondicionalmente y sin saberme realmente, a pesar de aparentemente hacerlo como nadie, podría estar en otra situación, tal vez en  una habitación similar, llena de júbilo y energías, con niños y niñas con los que divertirse, jugándose en renuncia del entendimiento de las verdaderas desazones que arrancan a pedazos los fragmentos restantes de una felicidad en decadencia y que se está manifestando frente a sus imberbes narices. 

A veces recibíamos la visita de Pablo o de Lucía, y nos arreglábamos, yo peinando mi cabello, dándole colores a mi aspecto desaliñado, y Alonso con un baño tibio de refriegues en la tina. Ordenábamos las habitaciones, encendíamos la radio, bailábamos parsimoniosos con la música, nos agolpábamos en las sillas del patio, cocinábamos un pollo asado con ensalada y procurábamos esperar con creciente ímpetu la llegada de la cordial visita, acaso urdida por la lastimosa preocupación de algún cercano que no sabría identificar, quizás mi madre, quizás el recuerdo de Daniela. 

Aún así, el devenir de la tertulia resultaba ser siempre satisfactorio. Nos reíamos con ganas, acusábamos incipientes alegrías que nos hacían olvidar las tonterías invisibles, causantes de males visibles. Nos permitíamos burlas pedestres que estimulaban los ánimos y sazonaban el ambiente. Sin embargo luego venía ese vacío insoslayable que me hacía pensar en el pobre de Alonso, que miraba impertérrito, y su soledad incluso más desbordante que la mía. Nos mirábamos en confidencia hasta el punto de darme cuenta que no éramos nosotros, que nos fuimos haciendo una sola presencia, más que un humano-perro, uno. 

Tal descubrimiento no lo considero síntoma porque simplemente Alonso no lo merece. Lo veré como el destino ineludible que fui construyendo para nosotros, sin su imposible consentimiento. Nos adueñamos de nosotros mismos, yo aportando desasosiegos y él obsequiando su candor característico. No hay duda alguna que en esta conversión solemne que fuimos protagonizando, él de poco y nada se enteraba, pero también es cierto que como todo perro, era capaz de olfatear con ingenuo conocimiento mis costumbres flagelantes que fueron llevándome al desamparo desde el día en que Daniela se hizo recuerdo.

Mientras caminábamos azuzados por aires frescos, impulsados por la inspiración para un cuento o para algún verso novedoso, nos cruzamos con nuestro símiles en versión femenina, digno de cuento, digno de esas cosas que no nos pasan realmente, sino que más bien soñamos con alegría que expira en la vuelta a las vigilias. Un par de conversaciones, un par de lamidas por ahí y por allá, ellas Carla y Trini, nosotros solo nosotros, solo uno,  y de pronto nuevos paseos, nuevas palabras, horizontes despejados y risas desbordantes, ladridos en conjunto y carreras juguetonas. 

Pero como todo en la vida, tal aventura tuvo su fin, sin mayor drama de por medio, por cierto. Y volvimos a ser sólo nosotros, sólo yo y Alonso, Alonso y yo. Pasaron los tiempos y dejamos detrás a los abismos, y sobre sus escombros construimos una vida juntos. Hasta que el devenir del tiempo y de la vida nos fue haciendo más viejos, más débiles, pereciendo un día triste de noviembre el pobre Alonso, cuya partida fue ceniza amarga, mas la oportunidad de andar mi propio camino con la certeza de haber tenido la compañía más fiel en los momentos de mayor incertidumbre, cuando todo parecía improbable, cuando con Alonso fuimos uno. 


Cuando el océano vuelva

El frío inexorable de ese invierno en particular tenía a casi todos los habitantes del pueblo confinados en sus hogares. Las pocas calles de tierra, que en otras épocas yacían atiborradas de comercio ambulante y transeúntes de lánguido andar, eran ahora el vestigio indescifrable de un recuerdo difuso. La soledad de la plaza central era conmovedora. 

Amigo eterno de los silencios y el más profundo anonimato, concurría a pesar de las bajas temperaturas al último banco intacto de la plaza, desde el cual podía observar durante largas horas la derruida iglesia, cerrada hace varios años tras el último terremoto. 

De vez en cuando algún perro callejero me hacía compañía, y yo lo acariciaba con melancolía, haciéndolo mi confidente, contándole mis pesares, los que me tenían apesadumbrado y relegado a la soledad más absoluta. Una soledad que adopté como propia, aislándome de toda interacción. 

El invierno propiciaba instancias para prolongar mi desamparo. Las fuertes ráfagas de viento que hacían danzar a los árboles combatían mi esmero por disfrutar del aire libre y despejar esas ocurrencias -cada vez más frecuentes- que me atormentaban en el destierro de mi propia habitación. 

Los acontecimientos de aquél funesto febrero, cuando la rebeldía de la tierra y el indómito océano se manifestó, provocó una desazón generalizada. Las casas de adobe cedieron y gran parte de los sobrevivientes debieron abandonar el pueblo, dejando atrás los recuerdos de una vida.


Yo lo perdí todo, menos mi habitación. Desde aquella madrugada deambulo por las cuatro paredes, sopesando mis posibilidades, y cuando el invierno me lo permite, por las desérticas calles, a ver si en la añoranza puedo encontrarme al fin con el océano para que se lleve esta vida carente de coraje. 


Insomnio

Afuera llueve. El viento y la lluvia hacen música que choca con mi ventana y no puedo dormir. Pienso en lo que me dijo Hugo y bebo de la botella de agua. Tengo intenciones de abrir la ventana y dejar que el agua me inunde, pero desisto. 

El bonsái yace seco sobre la mesita de madera. Me hubiese gustado dedicarle más cuidado, pero el ímpetu del principio simplemente desapareció. A veces pienso que hago eso. Que desisto. 
Me extraña que el perro del vecino no esté ladrando. Quizás está asustado. La lluvia asusta, no sólo a los animales, también a los incrédulos. 

Vuelvo a pensar en lo de Hugo. ¿Qué habrá querido decir? Siento que si le preguntase directamente sobre lo que dijo, no me diría la verdad. Y prefiero que no me mienta. Estoy harto de forzar respuestas que sé que no serán satisfactorias. 

Enciendo la luz y tomo mi libreta. Escribo un par de líneas, nada bueno, y las tacho con desprecio. Hugo debe estar durmiendo. Son las cuatro y veinte. De seguro no se ha detenido en lo dicho. Tampoco tiene por qué hacerlo. 

Me entretengo con una araña que se desplaza por la pared, como tanteando el terreno. Mueve sus patas con rapidez, y me da asco. Miro a mi alrededor en busca de algún objeto contundente, ni muy grande ni muy chico, que me sirva para lanzárselo. Pero desisto. De nuevo. 

Quisiera leer un libro, pero sé que no lograría concentrarme. Es mi gran problema, la concentración. Si no fuese por mi tendencia de distracciones, sería un gran lector. Uno grandísimo. Sabría mucho más, y no estaría sopesando tonterías. 

No sé si quise tanto a ese bonsái. Ahora que lo pienso, puede que lo haya mantenido por compromiso, porque fue un regalo. Ni siquiera es tan bonito. Bueno, era. Me da pena, porque al fin y al cabo era vida. Quizás debería botarlo. 

Me da rabia que Hugo no mida sus palabras. Es típico de él. Concurre a las conversaciones con ánimos honestos, lo sé, pero carece de lecturas sociales, y esto lo lleva a generar malos entendidos, susurros inquisidores, molestias anónimas. Como la mía. 

No logro ver a la araña y eso me inquieta un poco. Quisiera vencer ese pavor. Yo le digo a la gente que no es miedo, que es asco. 

El lago Yelcho es mi lago favorito. En momentos de angustias lo evoco, casi siempre con resultados favorables. Su quietud, casi que de pintura, interrumpida por breves ráfagas de viento austral, me hacen creer en la belleza. 

Hay un gran placer en hacer sonar los huesos de las manos. Lo hago. Saturo las posibilidades, forzando cada recoveco de mis dedos. Mi mamá siempre me ha dicho que no lo haga porque después lo terminaré lamentando. Yo le digo que después veré. 

Son las seis con quince. En breves instantes sonará mi alarma y tendré que levantarme, para irme al aeropuerto. Quisiera tan sólo estar en el cielo, haber dejado todo atrás, las despedidas, las inquietudes, la lluvia. 

Miro a través de la ventana hacia la oscuridad rotunda. Mi definición de abismo es una oscuridad como esa, eterna, inexorable. Me pregunto si en ella existirán los secretos. 

Hugo. Hugo, Hugo, Hugo. Tú deberías ser el desvelado, y yo el plácido durmiente. Me exaspera saber que nunca considerará la opción de haberse equivocado. Él es así, debo aceptarlo, lo acepto, pero no lo entiendo. No me gusta. 

El vaho de los vidrios me invita a escribir en ellos. Me levanto y con el índice listo para la acción, pienso en algo. LLUVIA. ESCASEZ DE VATICINIOS. LÓBREGO. Termino desistiendo. 

A estas horas debiesen escucharse los primeros pájaros, pero el canto de la lluvia los opaca. Los primeros indicios del amanecer comienzan a mostrarse. 

Suena la alarma y meto las últimas cosas a mi maleta. Me doy una ducha corta, caliente, y vuelvo por mis cosas. Los sinsabores de este insomnio me aquejan. 


Le doy una última mirada a mi habitación, la que me dio cobijo durante toda mi vida. Quiero que la congoja de estas situaciones se presente, mas no aparece. Tomo mi maleta, y sobre el vidrio escribo HUGO. Boto los restos del bonsái a la basura y cierro la puerta por última vez. 


Divorcio


“Dejamos atrás cien años de lágrimas, 
dejamos atrás cien años de derrotas…” 
Claudio Palma.

I

Él lo llamaba un divorcio. Yo, simplemente, lo llamé desencanto. No me gustaba insistir en mi postura y lo dejaba largarse en explicaciones, buscando sin grandes aspiraciones convencerme de su decisión y, por qué no, unirme al club de los divorciados (o desencantados, insisto). Sin embargo, el buen desempeño de la selección durante los últimos años parecían pesarle en demasía, siendo un sufrimiento cada vez que nos tocaba jugar por alguna competición oficial. Yo lo instaba a manifestar alegrías o tristezas, sin juicio alguno, pero su orgullo era inconmensurable, por lo que simplemente se privaba del placer colectivo, quizás con desgano, pero al fin y al cabo era una decisión personal, de encierro, de principios que no se pueden retractar. 

A medida que el juego de la selección se comenzaba a advertir fuera de nuestras fronteras, siendo la última novedad del fútbol, la creencia nacional y, por qué no, la global también, indicaba que desde estas latitudes podía gestarse una sorpresa épica, una de aquellas que cambian la historia de países y de gentes. La propuesta de ataque constante, el vértigo a veces desmedido, y las vistosas jugadas que surgían desde una propuesta innovadora y sin previas experiencias, cautivaban no solo a los entendidos, sino que también a aquellos ajenos al deporte, porque lo que se veía en la cancha no era fútbol; se acercaba con distancias limítrofes a la manifestación artística, a una belleza en nuevas dimensiones, digna de compilaciones fastuosas en Youtube con enorme carga emocional. 

Tras un mundial en el que el mundo terminó de conocer a nuestra selección como el nuevo fenómeno táctico, hubo quienes nos ubicaron en un selecto grupo de selecciones de buen fútbol, junto con monstruos como los alemanes o los argentinos, incluso dejando de lado a un decepcionante Brasil que no cuajaba, y que terminaría sufriendo la peor de las humillaciones contra los posteriores campeones alemanes. Fue un mundial funesto para los brasileños, porque la imagen dejada sobre todo frente a Chile, ganando una tanda de penales de forma agónica, injusta, con lágrimas en los ojos, era tan solo el augurio de lo que vendría en semifinales. El 1 a 7 recibido generó un descalabro  impresionante, cuestionándose jugadores, técnicos y gobierno. El mundial había sido diseñado para que los pentacampeones sean hexacampeones. Terminaron siendo considerada la peor selección brasileña de la historia.

Chile volvió a caer en octavos, nuevamente contra Brasil, por tercera vez consecutiva. A pesar del buen pie de los chilenos, se respiraba en las calles una cierta desconfianza, ya que a pesar de lo mostrado en la fase de grupos y muy a pesar de haber eliminado a los campeones vigentes, los brasileños eran nuestra bestia negra, aquellos que nos humillaron tantas veces previas, que para ellos enfrentarse a Chile era un mero trámite de mínima dificultad. Y si bien volvimos a sucumbir, las circunstancias fueron distintas. El estadio repleto de amarillos, vociferando a más no poder, con el aliento de todo un país local detrás, no fueron impedimento para que los once guerreros plantaran cara y forzaran una tanda de penales ingrata, que podría haberse evitado de entrar el bendito remate de Pinilla en el minuto 119. Era para cerrar el estadio, terminar el campeonato y entregarle la copa a los chilenos, quizás no por fútbol, pero si por coraje, por valerosos, por la falta de respeto mundial que estaba ocurriendo a ojos de todos, que desviaban la mirada como no queriendo aceptar que los todopoderosos estaban siendo abatidos brutalmente por los débiles de siempre. 

Las lágrimas eran imposibles de contener y sin dudas fue una de las derrotas más terribles que presencié en mi vida. Porque nunca habíamos estado tan cerca de la gloria, una que podía durar cuatro o cinco días, dependiendo del resultado siguiente, pero que me bastaba como para sentirme realizado. La carne del asado terminó pareciendo dura y nerviosa, y la cerveza tibia y falta de gas. La celebración preparada decayó y hubo varios que se fueron a sus casas o a otros lugares, esperando olvidar la pena. Yo fumaba en un esquina, con el escaso humo de la parrilla acechándome. 

-Te lo dije. No quiero parecer majadero, pero te lo dije. Esto no es sano, yo por eso ya no me intereso, y soy mucho más feliz. Antes, esto me hubiese destrozado, pero hoy puedo seguir tomándome la cerveza y celebrar como cualquier otro día-me dijo Nacho mientras buscaba mi mirada perdida.

Costó levantarse del azote. Pero al ver las posteriores entrevistas de los jugadores, que se mostraban orgullosos, clamando por una Copa América que se celebraría en nuestro país, nos volvió escasamente el ánimo, y pudimos terminar la noche con cierto optimismo. Aún así, Nacho insistía que no había que ilusionarse, que no cometiéramos el mismo error, que el fútbol es uno de los deportes más ingratos, sobre todo con los chilenos, que nunca habíamos ganado nada, que a pesar del buen fútbol, nuestra historia y nuestros nervios eran el mayor escollo. Calma, chicos, no se les vaya a romper el corazón definitivamente, decía con voz burlesca, antes de irse con una sonrisa, como si la derrota dignificara y confirmara su postura. 

Con el tiempo, como la costumbre nos ha enseñado, las heridas cicatrizaron, y tras largas semanas de debate, del qué hubiera sido si el remate de Pinilla entraba, si el penal de Jara entraba, las cosas volvieron a la normalidad. Un descanso merecido para los jugadores y sobre todo para la población calmó los ánimos y por un tiempo nos olvidamos de aquella tristeza. Desde luego la participación de la selección en algún amistoso internacional seguía despertando el mismo fervor, pero ahora la serenidad era lo más importante. Mantenernos concentrados, ir al trabajo y rendir el doble, llegar a fin de mes y pagar las cuentas, invitar a una cena romántica a la pareja, entregar cariño a la familia, comportarse como quién se comporta cuando se da cuenta que ha salvado de la muerte por muy poco, y quiere enfilarse por rutas correctas, de nulo riesgo, carente de peligros, porque se sigue caminando muy cerca del abismo. 

II

Cuando llegó la Copa América, se sentía una ansiedad extraña. Los jugadores venían hablando hace varias semanas, asegurando que ellos querían ganar, que ser campeones era el único objetivo, que todo lo demás sería un fracaso. Y si bien el fútbol que jugaba Chile seguía siendo vistoso, el juicio de algunos entendidos señalaba que ahora era aún mejor, que ésta era una versión mejorada, porque la inclusión del guardiolismo le había dado al equipo mayor posesión, mayor pausa, menor vértigo, pero efectividad por sobre todo. Los detractores de siempre hicieron ver su descontento, entre ellos Nacho, que aprovechó de vapulear al sampaolismo mejorado. 

-Se le subieron los humos al pelado. Aquí es cuando se van a la mierda, cuando se creen los mejores y no le han ganado a nadie-decía furioso. 

Conforme los primeros partidos se fueron dando, nuestra selección no dejaba un buen sabor de boca. El triunfo en el debut ante un batallador Ecuador, con un penal inventado a nuestro favor, nos hacía dudar de las posibilidades del equipo. También el empate a tres con México, que nos descolocó a todos sobre todo porque los cuates venían con equipo alternativo y nos hicieron sufrir como pocos, fue un balde de agua fría. Los periodistas deportivas hacían eco de las fallas defensivas, pero tampoco dejaban de lado la capacidad de reacción. Es un equipo que puede sobreponerse a la adversidad, clamaban. 

Y si bien las cosas no parecían tan fáciles, la goleada ante los bolivianos fue un bálsamo que calmó los ánimos y a su vez entregó una importante cuota de optimismo para enfrentar lo que venía, el siempre durísimo Uruguay. Y hay un problema con los uruguayos, porque a pesar de no contar con el mejor delantero del mundo, el controvertido Lucho Suárez, y de no haber mostrado el fútbol que los había hecho triunfar en la última Copa América y dar la sorpresa en Sudáfrica, seguía siendo un equipo incómodo, que sabe de estas instancias más que nadie y más que Chile, por supuesto. 

Desde el pitazo inicial los vaticinios respecto al suceder del partido se cumplían. Amplio dominio chileno sobre un Uruguay que esperaba para dar el zarpazo. Y si bien Chile tuvo ocasiones claras, no fue hasta el segundo tiempo, después de que el dedo curioso de Jara se inmiscuía en lugares prohibidos, desenfocando al afectado que, injustamente, se llevaba la tarjeta roja, cuando el partido se abrió. Las cosas se pusieron feas y sólo el golazo del Huaso Isla desataba la euforia. El juego brusco de los celestes se hizo sentir y el partido terminó caliente. Pero la felicidad de haber derrotado a un durísimo rival nos embargaba nuevamente. 

-No te alegres-decía Nacho-no te alegres que los peruanos tienen buen equipo y puede complicar a Chile-me volvía a repetir el desencantado por el teléfono mientras vitrineaba en un centro comercial de la capital. Dice que los mejores momentos para ir a comprar alguna tontería era cuando jugaba Chile, porque la afluencia de gente disminuía considerablemente, y los agradables pasillos solitarios invitaban al consumo. Insistí en que viniera, que una semifinal que podía ser histórica no podía perdérsela. A pesar de mis intenciones de unirlo a la fiesta me encontré con su obstinación. El divorcio va en serio, le dije, mientras picaba unos pedazos de carne que el parrillero dejaba sobre una bandeja de madera. 

Los peruanos dieron batalla, pero nuevamente sus intenciones de hacer ver un simple partido de fútbol como una guerra, una cosa de estado, acaso una deuda sociopolítica que debía ser saldada con sudor y sangre, les pasaron la cuenta y rápidamente se quedaron con un menos tras una boba expulsión. El autogol del Pitbull hizo ver las cosas mal, ya que el empate llegaba en un mal momento, pero apelando a la capacidad de reacción de la que tanto se había hablado, uno de los goles que nunca olvidaré, por su suntuosidad y por el grito agónico que desató en todo el país, fue el de Eduardo Vargas, que con la rebeldía de los que saben, no se avergonzó al intentar un remate de media distancia que se coló haciendo una extraña parábola en el aire, bajando súbitamente cual lluvia repentina. Alegría nuevamente y a la final de la Copa América tras muchos años de espera. 

III

Tal cual como una final de Copa América protagonizada por Chile merecía, el día que recibió aquél 4 de julio era la brillante antesala, perfecta para hacer coincidir la belleza de la cordillera y el cielo azul con los desbordes frenéticos o el orden defensivo que se esperaban en cancha. Desde temprano las calles se fueron enfiestando y el ambiente en los supermercados, llenos a más no poder, invitaba al positivismo. Las personas se saludaban entre sí, las camisetas rojas de la selección se multiplicaban, los ceacheí no tardaban en aparecer, y las sonrisas en general se traspasaban, ejercicio inusual y que me hubiese gustado seguir viendo. 

Logré convencer a Nacho de que las circunstancias requerían de la unión del pueblo, como apelando a creencias disparatadas que podían interceder con el destino si oficiábamos según lo que nos dictaban. Era imposible concebir que él, un otrora ferviente amante del fútbol de nuestra selección, no estuviese presente en tal ocasión. Piénsalo como un remember, le digo al teléfono soltando una carcajada y asegurando que nadie se enojaría si terminado el partido volviese a divorciarse. No bastaron más palabras para que de buen humor apareciera en la casa de Bórquez, lugar de incontables encuentros, y que sería la sede de este trascendental momento de nuestras vidas. 

Me aseguré de sentarme junto a Nacho en un lugar privilegiado, cerca de la parrilla y a la vez en cierto ángulo que nos permitía ver la pantalla con claridad. Me lamenté en varias ocasiones por no estar en el estadio, cuyo ambiente me devoraba por dentro, ya que la maravillosa postal, con la cordillera detrás y el sol acariciando el verde del pasto en perfectas condiciones, mientras cuarenta mil camisetas rojas gritaban y animaban, me emocionaba intensamente. Pero al ver el rostro impávido de Nacho que simulaba un desgano que yo no lograba creer, una leve rabia me carcomía. Alégrate, hombre, tu selección va a jugar una final, le digo. No me caguís el panorama, Nacho. 

Culminado el himno e iniciado el partido, mi trémulo cuerpo parecía desvanecerse con cualquier avance insignificante de la escuadra chilena. Sentía como el corazón pedía salirse de mi pecho mientras miraba boquiabierto el toque de ambos equipos. Intentaba mantenerme sentado, pero ante cualquier falta o aproximación me levantaba de mi asiento y aplaudía o, en su defecto, gritaba alguna ofensa desgarradora que perfectamente pudiese haber estado acompañado por un sollozo que contenía debido a la presencia de más personas. Nacho no se daba por aludido y tan sólo comentaba desde la frialdad, como si fuese un relator español que mira este circo desde la comodidad de su estación de televisión en Madrid o Barcelona, donde las finales abundan y ese delirio extraño no se suele ver. Vamos hombre, vívelo con ganas, le grito mirándolo a los ojos, con cierta rabia y una incipiente borrachera que con el pasar de los minutos, cuando se acercaba el fin del partido, terminaría desbordándome del todo. 

Ni Sánchez ni Vargas. Ni Messi ni Higuaín. El 0 a 0 se tatuaba en nuestras cabezas y los penales se hacían realidad ante el temor latente. No tenemos historia en penales, no tenemos experiencia, dice uno. Acuérdate de los penales contra Brasil, un asco, dice Nacho. Hasta aquí nomás llegó el sueño, agrega. Cállate hombre, le gritan unos varios. Cualquiera sea tu postura, le digo, cállate y déjanos disfrutar o sufrir tranquilos. El silencio comenzó a rondar cauteloso, pero el enésimo ceacheí sirvió para soltar los nervios, y traducirlos en ánimos y alaridos. 

Sigo considerando, hasta el día de hoy, el penal de Mati Fernandez como uno de los mejores que he visto en mi vida. Si no es el mejor, está entre los tres mejores, en los que incluyo sin dudas el penal de Aránguiz frente a Brasil en el Mundial. El disparo de Matigol fue una verdadera declaración de principios, una oda a la belleza, un grito ante la desesperanza y un abrazo a la gloria. Los argentinos no podían creer que el tímido morenito que hace casi diez años deslumbraba a Sudamérica, estuviese pateando con tanta rabia y perfección el primer penal de la tanda de una final de Copa América. Esto nos daba esperanzas. 

A Messi no hay que mencionarlo mucho porque es el mejor jugador de la historia y todo lo que hace es magnífico, por lo tanto, verlo fallar en estas instancias, acostumbrado a los buenos desempeños en los más altos niveles, hubiese sido una locura, una que nos hubiese hecho ganar la final anticipadamente, como el palo de Pinilla ante Brasil. Su gol no nos desanimó, y el rey Arturo, juerguista incansable que había demostrado lo mejor y lo peor en el curso de la competición, casi nos hace desmoronar con su disparo que el chiquito Romero alcanza a rozar, pero que aún así se cuela ante la alegría inmensa de los espectadores. 

El turno de Higuaín no hacía presagiar las buenas sensaciones que su disparo hacia los aires nos haría sentir. Con el balón perdiéndose en la tribuna, el delirio y el alcohol nos arrebataban la decencia, nos hacían creer que efectivamente había una posibilidad de ser campeones, que teníamos la ventaja sobre la todopoderosa Argentina, la de Messi, la de Maradona, la bicampeona del mundo. Las gargantas comenzaban a doler por la euforia y algunos gemidos se podían escuchar entre penal y penal. Aránguiz, que con la misma frialdad de siempre anotó y ratificó la ventaja, nos daba otro empujoncito más hacia la cima. 

Se podía ver el terror en el rostro de Banega. Porque no miraba a Bravo, porque no miraba el balón, por que sus ojos se perdían en un océano indistinto entre él y el árbitro, porque su mente había perecido y el bullicio incesante de la hinchada local lo había llevado a un estado de histeria, de esas que paralizan, que no se pueden demostrar porque el cuerpo no reacciona, hasta que el pitazo del árbitro le avisa que puede hacerlo, que puede patear, que puede intentar revertir la historia de la tanda aportando un granito de arena. Mas falla. Su débil y mal tirado disparo llega manso a las manos de Claudio Bravo, el sempiterno capitán, que celebra y vuelve a desatar un carnaval. 

A estas alturas, estando tan cerca de nuestro primer título, todos estamos abrazados de la cintura. Esperamos la próxima ejecución, la que puede ser la final, de un jugador simbólico como lo es Sánchez, cuyo campeonato no había sido bueno, pero el destino había querido que él tuviese la responsabilidad de rematar la historia y conducir a un pueblo completo a lugares insospechados, a los placeres del éxito deportivo, diáfanos oasis de alegría que nunca antes habíamos estado tan cerca de presenciar.  

Las lágrimas no se disimulan, tampoco el sorbeteo de mocos. El silencio nuestro más el relato eufórico que viene del televisor hace de la espera algo imposible de aguantar. Algunos intentan dar el último aliento, pero se encuentran con sus gargantas anudadas ante la emoción. Ahí está Alexis Sánchez, ahí está el de Tocopilla, que con el coraje de los infantes que no dimensionan la realidad porque parecen ser ajenos a ella, con la trepidante actitud de un provocador, se para frente al balón y suspira. Ahí estamos nosotros, que hemos esperado durante toda una vida. Imagino cómo estarán los más viejos, los que han debido lidiar con la frustración una y otra vez, incapaces de ver el éxito acercarse ni siquiera un ápice. Ya casi no nos dan las piernas, como si fuésemos ellos, los once que jugaron en representación nuestra. Ya casi no podemos más. Y ahí va Alexis. Y la pica.

El grito ahogado se expande por el territorio. Nuestros cuerpos se golpean unos con otros y los abrazos van y vienen. Un silencio parece botarnos al suelo, mas es una alegría nunca antes experimentada, que nos lleva al llanto desconsolado. El bullicio surge nuevamente y los llantos ya no me importan, porque abrazo al que puedo y bebo de mis lágrimas, con la voz desgarrada, sollozando el “somos campeones” una y otra vez. Miro al televisor, como ratificando que lo vivido sea verdad, y me encuentro con la euforia, con la felicidad. Busco entre los presentes, como escarbando entre cadáveres que han vuelto a nacer, y ahí lo veo, a Nacho, llorando desconsoladamente con las manos sobre el rostro. Su cuerpo se estremece y pareciera estar sufriendo algún tipo de arrebato, pero es tan solo emoción. Somos campeones, vuelvo a repetir con las lágrimas entrando a mi boca. Por fin, me responde mirándome a los ojos, con la cara enrojecida y los ojos ardientes. Por fin somos campeones, me repite, y nos enfundamos en un abrazo eterno, de esos que parecen confirmar que el divorcio se ha acabado. 





Domingos

Recuerdo especialmente las mañanas puras y claras, en las que el cielo era de un azul sincero, casi platónico, y el tibio calor del sol se posaba sobre las hierbas húmedas del patio, cuya belleza de flores rojas y blancas, bajo un enorme árbol de ramas que yo trepaba con insistencia, se veía mermada por la presencia azarosa de una cantidad vergonzante de juguetes y todo tipo de entretenimientos de mi pertenencia. Eran esos domingos en los que el canto de las loicas me abrazaba con una fraternidad insospechada, casi injusta, y que me traía a la vigilia con tanta delicadeza que mi pensamiento de niño se veía levemente perturbado por la magnífica melodía de las aves. 

Recuerdo por supuesto la humedad del pasto mojar mis pies descalzos mientras hago trucos con un balón de fútbol. Golpearlo con fuerzas desmedidas y siempre estar al borde del descalabro, provocando el silencio inmaculado que se dejaba sentir por esos días, como la paz que reina en la perfección de las mañanas. Utilizar la parra hecha por mi bisabuelo como el preciso arco de fútbol, imaginando estadios llenos, final del mundo y una definición a penales dramática, en la que mi consecución del tiro podía provocar un triunfo histórico, una alegría desmesurada, una sensación que nunca antes se había experimentado en mi país. 

De pronto los filtros de la piscina, que se encienden de súbito, y son como la canción que decora el pasar de las horas. Una y otra vez hago rebotar el balón contra la pared. Furiosos pelotazos que lanzo contra la parra. Uvas que caen y el perro alcanza sin intervención alguna de mi parte. El sol que poco a poco comienza a posarse y el chapuzón que me refresca antes de la aparición de mis padres. 

El olor al carbón encendiendo y las leves explosiones de la combustión. La cebolla danzando con dureza sobre los fierros engrasados, y el sonido de la cerveza derramándose sobre el vaso especialmente grabado. Los pollos, los filetes, los choripanes y la ensalada. La música de Michael Jackson, las baladas de Alberto Plaza, Ricardo Arjona o Chayanne. The Beatles, Electric Light Orquestra, la cumbia de Proyecto Uno. 

La familia que de a poco se va apareciendo con el destiempo que la caracteriza. Las risas inmediatas, los alaridos ebrios que se van ocupando de ese silencio que ya no añoro. El vino de 1997, la cordial bienvenida a una abuela que nos visita o a los amigos extranjeros de uno de los tíos. El humor negro de mi padre que se adueña de pronto de la mesa y la respuesta recíproca de los escuchas, que vociferan alegría con gritos desmedidos. 

La enorme cantidad de primos que corren y juegan con mis juguetes. Unos utilizan pistolas de aguas, otros golpean el balón emulando al Pipo Gorosito y al Beto Acosta. Las niñas que se ocupan de mi hermano más pequeño, los que trepan el árbol y desafían la preocupación de sus madres. Los más grandes que no cesan con su paciencia y se inmiscuyen en ese mundo delirante de caos y velocidades interminables. La alegría de la piscina y los juegos que casi vacían el estanque. 

El aviso de los padres, de que el choripán está listo, de que las salchichas también, el pollo y un poco de ensalada. Sentarnos en una mesita especialmente armada para el revuelo de nuestras presencias, casi no prestarle atención a los platos y bromear constantemente con lo sucedido anteriormente mientras jugábamos a cualquier cosa. El reto de los padres que insisten en que comamos, que si no nos desmayaremos ante tanta energía gastada. La prohibición de bañarnos al menos en media hora debido a que nos pueden dar calambres. 

Las tardes infinitas que se siguen sucediendo con la misma dinámica. Los padres en las mesas, ahora bebiendo algo más fuerte, algunos yendo a dormir la siesta, otros más valientes aún de pie, mientras las madres cacarean y rumorean casi que susurrando las cosas que se han enterado durante las últimas semanas. 

La música que de pronto comienza a sonar con más insistencia, y que nos lleva a la sala del televisor grande, en donde se proyectan, como tantas otras veces, los videoclips de Michael Jackson, acompañados por el magnífico y creativo baile de mi hermano pequeño. Los aplausos, el sudor, el bajo retumbando sin criterio en los vidrios y los oídos, el deslumbrante candor de las canciones, el terror que siento cuando aparece Thriller, la congoja con la que me escondo y tapo mis oídos, mientras algunos se ríen de mi miedo y otros se deleitan con los efectos especiales de la época. 

El despedirse paulatino de los familiares, que uno a uno van abandonando la casa, mientras mi madre ordena y mi padre comenta lo bien que lo hemos pasado. El silencio que poco a poco se va haciendo nuevamente de mi casa, mientras la noche ya es la realidad de nuestras existencias. Ese vacío insostenible que se siente al no saber si se aprovecharon las horas o simplemente es una tristeza post felicidad. El ordenar los juguetes en los cajones, procurando no despertar sospecha del desorden creado por mí y mis primos. 

Ponerse pijama y lavarse los dientes para después saltar sobre el cuerpo blando de mi padre y besarlo deseándole buenas noches. Mi madre que nos acurruca y nos apaga la luz. Nosotros que sin mayor esfuerzo nos derrumbamos y caemos dormidos sin tiempo para pensar en todo lo vivido. El despertar e ir al colegio, abatido, pero feliz de poder ver a mis amigos, contarles de mi nuevo fin de semana en familia y la celebración sin razón que se llevó a cabo en casa. 


Sí. Recuerdo esos días con especial cariño. Cuando todo parecía suceder sin explicación. Cuando las cosas eran más bien simples dentro de la suntuosidad de esa realidad que yo vivía como sin darme cuenta. La familia y su éxtasis aparente, la nula sospecha nuestra de que todo podría tomar rumbos distintos, dejando atrás la utopía en la que habíamos estado viviendo, sin darle espacio a la posibilidad de que todo podría cambiar de un suspiro a otro.


El lugar

Apurando el paso de forma desesperada, esperando encontrarse con ese grupo de gente que rodeaba una piscina inflable, miró hacia el cielo buscando estrellas que no encontró, y se dio cuenta que todas las veces que había estado en ese lugar lo había hecho de noche. Y al igual que las veces anteriores, recordaba atravesar el portón negro y antiguo, cuyas puertas parecían estar siempre abiertas, pero siempre olvidaba cómo llegar a él para dejar el lugar. Ese pensamiento que se coló frente a sus intenciones de alejarse lo máximo posible de los dos hombres derruidos que lo perseguían, resultó irse con la misma fugacidad que llegó a él.

A medida que avanzaba hacia el grupo de personas, y teniendo mayor claridad de sus aspectos, no estaba seguro si era una buena idea seguir hacia ellos. Sin querer mirar hacia atrás, pero aún sintiendo las presencias de sus perseguidores en la nuca, sus apariencias no distaban mucho de la de los dos anteriores, y en sus manos parecían tener pequeños cargamentos de droga, o de algún ilícito que pasaban de una mano hacia otra, como deslizándolos a merced de la normalidad de las cosas, mientras dos niños sucios chapoteaban en la escasa agua color tierra. 

Determinó seguir su camino, a pesar de la incertidumbre respecto a las buenas intenciones del grupo de personas al que iba dirigido. Podían estar perfectamente relacionadas con los dos desgraciados, pero entre morir a manos de dos que estaban decididos a hacerle daño o a tener la posibilidad de conmover a un grupo un poco más grande de personas, se quedaba con la segunda opción. Así que, inusual debido a su sabida timidez, se inmiscuyó entre los presentes y saludó casi sin aliento, con el corazón revolviéndose en sus adentros, con el temor aún latente. 

Entre las personas, recuerda claramente a uno en específico, que parecía el más dominante por un tema de tamaño y peso; un gordo enorme con la cabeza rapada, pero que tenía un extraño y cercano aspecto de mujer. En sus rasgos y en su forma de moverse veía más a una madre que al líder de una banda de narcotraficantes. Y a pesar de que el movimiento de paquetes sospechosos no cesaba, intentaba no mirarlos, evitando levantar sospechas respecto a su presencia, aunque todo el mundo sabía que él no era de ahí. Se podía ver en su aspecto arreglado, como quién iría a una fiesta de cumpleaños, totalmente desajustado a la realidad de aquella zona.

Y efectivamente él iba a una fiesta. Recuerda haber llegado al departamento de su amigo. Pero no era el departamento actual en el que vivía, sino más bien el departamento dónde vivió cuando era adolescente, cuando su madre aún vivía. Era un departamento espacioso, que abarcaba dos plantas y que lucía un papel mural verdoso que se prolongaba hasta los baños. Esos eran sus últimos recuerdos antes de estar siendo perseguido por los dos hombres que, al verlo acercarse al grupo de personas, siguieron de largo como si nada hubiesen estado planeando. Eso lo alivió, pero al contrario el no poder recordar cómo había llegado ahí. Hurgó en su memoria.

Llegó un poco más temprano, como de costumbre, porque no le gustaba ser impuntual, y así podría ayudar en algunas cosas, si es que así se requería. Le abrió la novia, una pelirroja muy agradable que lo invitó cordialmente a entrar. Sandro está arriba, le dice, pero yo voy al supermercado a comprar algunas cosas. Te acompaño, no quería llegar con las manos vacías, pero el bus en el que venía no paró en ningún lugar. Y abriendo una puerta que parecía la de una habitación más, entraron a un supermercado, cuyo ambiente rojizo provocado por las tenues luces que lo iluminaban, lo hicieron perderse y no volver a ver a la novia de cabellos color cobre.  

Buscó el pack más grande de cerveza para compartir con los amigos, a los que estaba emocionado de poder ver debido al largo tiempo que había pasado desde la última vez que se habían visto. Curiosamente tampoco podía recordarlo. A las cervezas le agregó una botella de licor más fuerte, junto con una bebida y hielos, como acostumbraba. Pagó y buscando la puerta por la que había entrado, encontró otra, la que abrió con un poco de dificultad debido a la cantidad de cosas que tenía consigo. 

Entró a una especie de recepción de edificio, pero que estaba completamente a oscuras, iluminada por la luz de la luna que ahora se podía ver, grande, blanca, y que se cernía a través de uno de los ventanales del lugar. Suba, le dice el hombre sentado en un diván, tras el mostrador. 

Y subió por unas escaleras que lo llevaron directamente a una especie de sala de eventos, también a oscuras. Dejó las compras sobre una mesita blanca de plástico y se sentó en una cama. En ese momento apareció Sandro, sin el ánimo que uno esperaría de un festejado, y lo saludó con voz deprimida. Qué bueno que apareciste, le dice, ya estaba empezando a perderme. Sí, por aquí las cosas son a veces así, le responde, sentándose a su lado y prendiendo el televisor, del que no se había percatado. 

Una pesadumbre inmensa se apoderó de él. Era un manto de sueño pesado que se posó sobre sus párpados y que lo abofeteó intensamente, adormeciéndolo parcialmente, quedando en  estado inútil, el que tan sólo le permitía desplazarse con la fuerza de la cadera y las manos, estando totalmente recostado. Miraba de reojo a Sandro, que observaba impávido el televisor. Veía su rostro iluminado por las luces azules y blancas que proyectaba la pantalla, y no distinguía más que un rostro serio que gesticulaba a penas y que respondía en monosílabos sus singulares preguntas, las que salían de su boca como batalla contra el letargo del que estaba siendo presa. No quería que Sandro se enterase de su situación, por lo que luchaba en todo momento por no ceder ante el sueño, aunque parecía que si así lo quisiese, no lo lograría. 

Le tomó unos minutos darse cuenta que los invitados no llegaban. Soslayó la oscuridad, algo que parecía demasiado tardío como para preguntar su razón. Seguía anestesiado, pero recobró ciertos movimientos que le permitieron ponerse de pie. Quiso abrir una cerveza, pero no las encontró. Tampoco a Sandro, que desapareció repentinamente, o que quizás nunca estuvo ahí. El televisor se camufló con la oscuridad y su noche, y él, más recuperado, salió por la misma puerta, buscándolo. Nuevamente apareció la pelirroja, que pasó rauda de largo, como si estuviese enfadada. 

¿Dónde están todos? alcanzó a preguntar. En el bar, escuchó. ¿En el bar? se preguntó. Y recordó que la invitación era en uno de los bares cercanos. ¿Pero por qué vine hasta acá? ¿Por qué ella no me dijo nada cuando entré al supermercado? ¿Y Sandro? No entendía lo que sucedía y poco a poco comenzaba a angustiarse. Definitivamente estaba siendo una noche extraña, y la sensación oscura de que cada una de las ocasiones anteriores en las que había estado en ese lugar habían sido igual de insólitas, le abrumó por un segundo. 

Estimó que para salir del edifico, la mejor solución, o quizás la única, era haciéndolo por la azotea, cuya superficie estaba muy cerca de una ladera asfaltada contigua, y que estaba conectada por un angosto puente de madera y cuerdas ásperas de color café. Cruzándolo vio a lo lejos, en otro de los puentes de mismo aspecto, que conectaba con algún lugar difuso, a dos viejos amigos. ¡Hola! ¿Cómo están? les gritó entusiasmado. Bien, vamos al bar, respondieron escuetamente. Bueno, ya los alcanzaré, musitó mohíno. 

De pronto una nueva pesadumbre lo agobió, esta vez más fuerte. Recordó con amargura a su novia, y rememoró la grata compañía que comenzaba a añorar intensamente. No sabía en qué circunstancias dejó de tenerla a su lado, y la tristeza con que su imagen llegaba a él lo desorientó, llevándolo a la desolación y a deambular por las oscuras y tenebrosas calles de aquél lugar. Era una nostalgia lacerante, que punzaba en su cabeza y en su pecho, dejándolo en estado taciturno. Caminó cabizbajo, intentando recordar la salida, o cómo encontrar el camino al bar. 

Pero nada correspondía a la lógica. Más bien todo lo que sucedía en aquellas calles tenía una relación estrecha con lo delirante. En su cabeza dibujaba el portón negro, con plantas a medio secar enredándose entre sus fierros, abierto de par en par, como invitando a cruzarlo, pero bajo la propia responsabilidad. Parecía que no habían salidas disponibles, o al menos esa sensación le estaba rondando mientras bajaba por la ladera. 

Miraba las casas y escuchaba los murmullos. Ni el bar ni el portón eran parte de su itinerario, porque al parecer no tenía uno hace muchos años. Había dejado de permitirle a la sensatez hacerse parte de su vida, y lo único que había obtenido a cambio eran episodios acongojantes. Sintió las presencias aparecerse, rozándole la nuca. El caminar desesperado, el cielo completamente oscuro, las personas que rodeaban a lo lejos la piscina inflable. Se acercó a ellos tras una breve toma de decisión, la cual no tuvo muchos argumentos en contra, más que la muerte consensuada o secretamente objetada por alguno de los presentes. 

Veía como se movían los brazos de los hombres, que con rápidos movimientos se pasaban de una mano a otra -puestas en las espaldas- como haciendo un circuito corto, sin inicio y sin final, los paquetes de la discordia. Una policía rubia, un poco pasada de peso y con la pistola en la mano se acercó, mientras él se acomodaba el calcetín dentro de uno de sus zapatos. Se sintió brevemente a salvo, pero a su vez, al ver el arma que llevaba, comenzó a dudar de sus intenciones. Fingió una cojera que aseguró sucedió por estar escapando de los dos hombres, cuyas presencias eran fantasmas lejanos y ocupados de otros menesteres. Sí, lo entiendo, por aquí las cosas son a veces así, le responde. 

Y sin saber qué hacer, sopesando la idea de ir un poco más temprano donde Sandro para ayudarlo con lo que necesite, o simplemente buscar la salida, volvió a mirar al cielo. Seguía sin recordar cómo había llegado ahí, y por qué todas las veces que había visitado el lugar, había sido siendo de noche. Repasó con la mirada el movimiento constante de las manos de los presuntos traficantes, volvió a él el manto de tristeza por la incertidumbre de su novia, y se preguntó cómo sería aquél lugar si pudiese visitarlo de día.




Delirio de invierno

No sé si habrá sido casualidad, o Jorge pretendía estar dormido a la espera de mi vuelta a la vigilia. Cualquiera sea el caso, pareció que abrimos los ojos al mismo tiempo, justo cuando llegábamos a la estación central de München. Los vidrios empañados eran la huella de un invierno del que tanto se había hablado, con una anticipación temerosa que rozaba el delirio. Habíamos comentado en el inicio de nuestra travesía, mientras ubicábamos el vagón 17 en la estación de Amsterdam, lo excesiva que nos parecían las medidas tomadas por los principales gobiernos de la Unión Europea respecto a un invierno que, hasta el momento, nos había parecido inofensivo. 

Soslayando el clarísimo frío que resquebrajaba nuestros trémulos cuerpos, pretendíamos no darnos por aludidos, comentando la arquitectura y la diversidad cultural que se mostraba desde el inicio. Nos quedaban varias horas de espera para el próximo tren, por lo que mantenernos sólo en el Hauptbahnhoff parecía un desperdicio, teniendo la oportunidad única de recorrer una ciudad aún desconocida y con tantos presuntos atributos. 

Conforme nos acercábamos al Marienplatz, plaza central de la ciudad, la tímida llovizna comenzaba a tomar peso. El aguanieve se nos colaba entre las ropas, y mientras luchábamos en silencio contra un orgullo que a estas alturas no era posible de retractar, veíamos como algunas valientes señoras de aspecto roñoso y poco amigable, vociferaban cosas indescifrables en un idioma que no sabíamos si era alemán o árabe, en búsqueda clara de una colaboración financiera. 

Yo pensaba que acá no había eso, me dice Jorge, mirando con desafiante lástima directamente a los ojos de una de las señoras, a la que le faltaba un diente, y su doble papada parecía curtir vellos indómitos que alegaban libertad. Yo tampoco, respondo escuetamente, introduciendo disimuladamente las manos dentro de mi abrigo. Que pena me da, concluyo rozando un par de monedas que prefiero mantener junto a mí, a ver si las gasto en algún souvenir. 

Tras escuchar, porque ver a estas alturas resultaba imposible debido a la blanca cortina de nieve que caía en completo silencio, el Glockenspiel del Rathaus, le comento a Jorge que me gustaría beber una cerveza local, a ver si efectivamente es tan buena como dicen. Un poco más allá hay un mercadito, me dice indicando con tembloroso gesto en la mojada pantalla de su teléfono, en el que al parecer hay lugares para sentarse y tomar. 

Bajo un toldo que no cumple su función ya que las leves ráfagas de viento traen la nieve de lado, no importando estar bajo él o teniendo a las nubes como techo, bebemos una Paulaner  que efectivamente está muy buena, realmente buena, pero parecemos dos inútiles que no saben qué están haciendo. Se nota la incomodidad, ya que las señoras que cacarean entre sí, un par de mesas más allá, ríen y hablan a volumen alemán, al contrario de nuestro silencio doloroso, que se prolonga con cada sorbo, que con el pasar de los minutos se hacen más largos, más fríos. 

Sorteando la nieve y estando siempre al límite del descalabro, cuidando los pasos y el equilibrio, pasamos cerca de la Frauenkirche -en reparaciones- y usamos esas escasas moneditas que tanto querían las señoras roñosas, en un par de llaveros y tonterías que de seguro terminarán en algún cajón polvoriento. Entramos y salimos en distintas tienditas, luchando para hacernos entender, minimizando la comunicación a miradas corteses y pagos justos. 

Cuando el hambre se nos aparecía y se coludía con el frío para hacer de nuestra estancia pasajera aún más sufrida, nos acercamos a un boliche, como le gustaba decir a Jorge, típicamente ambientado, con mesas largas de madera, tenue luminosidad, bullicio de gritos, risas y cervezas, muchas cervezas, y la temperatura perfecta para olvidar ese frío polar que habíamos obviado comentar, porque queríamos evitar la incómoda aceptación de nuestros presentes. 

El almuerzo fue contundente. La cerveza, Augustiner, fue un bálsamo inesperado que aclaraba nuestras gargantas de las papas, el chucrut y las chuletas. Volvimos a ser nosotros, a conversar fluidamente, a reírnos, a balbucear en torpe alemán un “ein bier, bitte”, reivindicando la dicha de estar donde estábamos. No sabré decir si nos fuimos borrachos, pero desde luego las cervezas nos dieron un nuevo impulso, que nos llevó nuevamente a aventurarnos a las gélidas calles resbaladizas. 

Divorciados de nuestras pretéritas inquietudes, nos animábamos a hablar, sacando las manos de las chaquetas para apuntar a destinos prácticamente indescifrables. Nuestras ropas eran agua y hielo, y a pesar de nuestro positivismo, el frío volvió golpeando nuestros cuerpos con la fuerza que merecen los que porfían, una y otra vez, como ignorantes tarados, las inclemencias del verdadero invierno europeo. 

Nos quedaba una hora para subirnos al próximo tren con destino a París, y la permanencia en la intemperie se vislumbraba como una odisea funesta, en la que de no aceptar nuestra falta de criterio,   terminaríamos sucumbiendo como estatuas hechas de lamento, hielo y torpeza. 

Como llevados por fuerzas imaginarias que nos enlazaban secretamente haciéndonos uno, nos fuimos devolviendo a la estación de trenes, procurando un despiste falso que nos haría perdernos cuales aventureros, para luego encontrarnos de frente con ella. Y claro, haríamos un llamamiento a la sensatez, tan abundante en nuestro discurso y actuar, y nos quedaríamos ahí, a la espera de nuestro próximo tren. 

Y así lo hicimos. Cuando entre la bruma comenzó a mostrarse la fachada del edificio, una sensación  histérica se nos introdujo secretamente, la que debía ser manifestada pronto, o el frío nos terminaría por hacer desvanecer y perecer en los vacuos asfaltos. Aquí se toman muy en serio las cosas que dicen respecto al invierno, digo como concluyendo nuestra peripecia, jugando con los límites, desafiando a ese clima ignoto. 

Pero Jorge hace silencio y yo de inmediato me arrepiento de lo dicho. Estando tan cerca no podemos darnos el lujo de provocar las fuerzas naturales y universales. Callamos. Nos sentamos en el gleis 4, en donde nos estremecemos sin pausa, al borde del delirio, uno del que nos habíamos mofado horas antes, pero que ahora parecía tan cerca, tan real, tan abismante. 

Llegó el tren y no, no buscamos nuestro vagón. Simplemente nos subimos en la primera puerta que tuvimos en frente, con el cuerpo duro, las ropas empapadas, los bigotes húmedos y las narices inservibles. Ya todo había terminado y nuestra visita a München, en medio del invierno delirante, había acabado. No pude evitar sentirme avergonzado de nuestra actitud. Sentado, suspiré y cerré los ojos. Frío de mierda, frío de la puta mierda, dije con las manos empuñadas, soltando las tensiones.