La señora Julia lleva varios años yendo a todos los programas que admitan público de su canal de televisión favorito. Temprano en la mañana arma más de veinte panes con jamón y queso, se sube a la micro y espera pacientemente hasta que la dejen entrar al set. A la señora Julia la saludan los auxiliares técnicos, las maquilladoras, los camarógrafos y, cuando tiene suerte, los animadores. Comparte los panes con las personas que se sientan cerca de ella; conversa con todos, les cuenta con orgullo su rutina diaria, que después del matinal corre hacia un set mucho más grande en donde se graba el programa de los domingos. Las señoras que la escuchan anuncian sorprendidas que no sabían que ese programa era grabado, que pensaban que era en vivo, y ella asiente con la cabeza derrochando conocimiento. Tras almorzar en uno de los patios del canal se prepara para el siguiente programa, el de las cuatro de la tarde, su favorito. Aplaude con fuerza, corea las canciones, se emociona con las sorpresas sospechosamente coincidentes, y a pesar de que sabe que todo lo que ve se trata de un show cuidadosamente diseñado, no deja que la lógica la gobierne durante su participación como espectadora. Luego, cuando las luces se apagan y es hora de irse, se despide de todos y toma la micro. Se baja una parada antes y en un almacén compra un cigarro, panes, jamón y queso. Camina fumando y espera a que den las 21:50. Saluda a Jorge o a Luis, dependiendo quién esté de guardia; deja lo comprado en Custodia, pasa por la revisión de seguridad, firma, y se adentra en la 104. Conversa con María, que ya no llora al despedirse de su hija, y después de rezar en silencio se duerme pensando en el fin de su condena, que se acerca a pasos agigantados, y que tanto le gustaría prolongar. Entonces ya es otro día, una voz que viene desde algún lugar del set pide aplausos, y la señora Julia que aplaude de pie.
viernes, 1 de julio de 2016
sábado, 25 de junio de 2016
La primera vez
Cuando entré a la habitación me puse muy nervioso. Tranquilo, es normal, me dijo. Tantos años esperando este momento, tantas películas, libros, testimonios escuchados, y ahí estaba, ad portas de mi primera vez. Hasta el momento no era como lo había imaginado. La habitación era grande, quizás demasiado, las paredes blancas y el techo también. Ropa interior en el suelo cerca del baño y un cenicero junto al velador llamaron mi atención. A medida que nos acercábamos a la cama el pecho se me apretaba y el aire comenzaba a faltarme, pero no me permití arruinar el momento. Las sábanas eran también blancas, de seda. Cuidadosamente movió el cubrecamas y la impresión me dejó sin habla. Tranquilo, volvió a decir, si te sientes incómodo puede esperar. Negué con la cabeza y luego de tomar aire comencé. Enfoqué y oprimí el obturador. Repetí el ejercicio diez veces más, por toda la habitación. De vuelta en el laboratorio no podía sacarme de la cabeza sus ojos, todavía abiertos, el anillo en la mano izquierda y la sangre seca como tatuada en el colchón. Tranquilo, me dijo, con el tiempo se pasa; la primera vez siempre es la más difícil.
viernes, 24 de junio de 2016
Pareja en un café
En la ventanilla hay pegado con scotch un papel blanco con el dibujo hecho a carboncillo de la iglesia del pueblo. En la mesa hay una taza de té aún hirviendo y las gotas de lluvia todavía se pueden apreciar en el plástico del ramo de flores. La mujer mira hacia afuera mientras el hombre revuelve con la cuchara el té que parece destinado a no enfriar. El mesero, que notó desde el principio la tensión, espera un tiempo prudente para acercarse y preguntar si necesitan algo más. Los mira desde la barra como escondido detrás de la máquina de café y especula con las razones del evidente distanciamiento de la pareja. La mujer se lleva las manos a la cara y leves estertores anuncian un llanto que debería desencadenarse demasiado pronto. El hombre sigue revolviendo el té, de vez en cuando sopla, no levanta la mirada. El mesero sabe que no es un buen momento para hacer la pregunta, pero el protocolo del café es estricto y el jefe lo supervisa cada vez que puede. Se acerca tratando de aparentar naturalidad, pregunta si necesitan algo más, la mujer sigue con las manos tapando su cara, el hombre masculla algo, quiere la cuenta, el mesero la trae. Todo seguirá igual. El hombre pagará, la mujer seguirá estando siempre a punto del llanto, el hombre no beberá su té, afuera la lluvia se hará cada vez más fuerte y las flores terminará siendo la cruel ironía del asunto.
jueves, 23 de junio de 2016
No ficción: Mi delirante relación con la selección de Chile
Me gusta el fútbol y mucho. Es, quizás una de las pasiones de mi vida. Sin embargo no me desvivo por algún equipo en específico, no siento la emoción desbocada que siente el hincha común cada fin de semana por saber el devenir del club de sus amores. Lo mío es más bien el placer de ver buen fútbol. Estoy siempre al tanto del presente del torneo nacional como de lo que ocurre en el extranjero y cuando el tiempo y las transmisiones televisivas me lo permiten, observo con mucho gusto los partidos que estén disponibles.
Un fenómeno totalmente distinto es el que se apodera de mí cuando juega Chile. Desde que tengo memoria, acaso la herencia de una familia futbolizada, la selección chilena me ha estado acompañando tardes, noches y madrugadas, lo que con el tiempo ha ido en paulatino crecimiento hasta el punto de despertar en mí una euforia contenida que quizás vale por todos los fines de semana en los que estoy ausente de verdadera emoción futbolística.
Mis primeros recuerdos de la selección chilena vienen de las eliminatorias para el Mundial de Francia 98. Se me vienen a la cabeza de manera ineludible la imagen de Salas y Zamorano, como también ciertos partidos en particular que se alojan en mi memoria. Por ejemplo un 4 a 1 a Colombia en el Estadio Nacional, partido al cual asistí con mi papá, un amigo colombiano y su hijo.
De ahí en adelante los recuerdos son más vivos. Ver los partidos de Chile en el Mundial de Francia en la sala de clases con una televisión que un compañero facilitó para el curso; Correr muy temprano en la mañana hacia un abrazo único con mi papá -a quién no le interesa en lo más mínimo el fútbol- por uno de los goles de Chile contra España en los Juegos Olímpicos de Sidney; la debacle chilena hacia el Mundial del 2002; la despedida de Zamorano frente a la Francia de Zidane; el empate 2 a 2 de Chile frente a Argentina jugando en el Monumental de River, camino a Alemania 2006; los goles históricos de Salas frente a Bolivia; la posterior y nueva eliminación en las eliminatorias.
Podría seguir y podría seguir nombrando momentos de amargura, los cuales fueron mayoría, por cierto. A modo de ejemplo: la primera derrota en la historia ante Venezuela, como locales y en un estadio lejos de completarse; las constantes humillaciones propinadas por Brasil; las eliminaciones en Copa América; los casos de indisciplina; los mandatos de Pedro García, Juvenal Olmos, Jorge Garcés y Nelson Acosta; el arraigado pesimismo, un pesimismo doloroso y violento, cada vez que se daba el pitazo inicial.
Hasta esos años ser hincha de Chile era un verdadero sufrimiento, lo que no me distanciaba del televisor y algunas pocas veces del estadio cada vez que la selección chilena jugaba. No obstante hay un momento de inflexión en mi capacidad de entender lo que provocaba en mí la selección de Chile.
Copa América 2007, Venezuela. Primer partido de la fase de grupos, Chile enfrenta a Ecuador. Son las 18:50 horas y el partido ya ha comenzado. Ecuador gana 1 a 0. Yo, un adolescente que lucha con los malos rendimientos académicos, observo el partido con atención, cuando mi mamá me dice que vaya al comedor porque llegó la profesora de matemáticas.
Llevaba un par de meses teniendo clases particulares de matemáticas con una profesora joven, muy amable, y con la cual tenía una buena sintonía. Sin embargo aquella tarde su aparición no estaba en mis planes. Por supuesto su llegada a mi casa no fue producto de su antojo, sino que respondía al itinerario semanal que previamente había acordado con mi mamá. El problema era que yo lo había olvidado. Y mi reacción al verla llegar con su maletita y sus tacos dando pasos silentes y sonriéndome, es algo que me persigue hasta el día de hoy.
Si bien en un principio traté de disimular el disgusto, parece que mi rostro era incapaz de demostrar lo contrario, por lo que al ser consultado por la profesora y su dulce voz sobre mi ánimo, le conté. Le conté que mientras nosotros nos disponíamos a tratar de encarrilar mi decepcionante y casi irreversible rendimiento en matemáticas, Chile debutaba en Copa América. Ella, por supuesto, no le dio demasiada importancia y volvió a poner su dedo en uno de los ejercicios que yo no entendía en lo absoluto.
Esto fue despertando en mi una ira desconocida. Su apatía y mi desconocimiento respecto a lo que estaba ocurriendo en el partido me tenían fuera de foco. Cuando acabó la hora de clases y yo me disponía a despedirme y correr hacia mi habitación para ver el segundo tiempo, sucedió lo impensado. “Hoy haremos dos horas porque la semana pasada no pude venir, tal como acordé con tu mamá”. Perdí los estribos. Una pataleta digna de un niñito malcriado se apoderó de mí. La furia contenida se hizo presente y me negué rotundamente, provocando un escándalo que se evidenciaba en mi rostro colorado y caliente.
Obviamente mi mamá al darse cuenta de la escena que yo estaba protagonizando me obligó a sentarme y a seguir con las clases. Pero nada fue lo mismo. A la mala intenté superar la desidia ante una profesora desconcertada por mi comportamiento. Acabadas las dos horas, me despedí prácticamente obligado de la pobre profesora que ninguna culpa tenía y me fui a mi habitación. Fue la última vez que la vi.
Cuando prendí el televisor el enojo fue aún mayor al darme cuenta que Chile había dado vuelta el resultado y en un partido increíble había ganado agónicamente por 3 a 2. La desazón por haberme perdido el partido era algo que nunca había sentido y que con el pasar de las horas, ya más calmado, me costó comprender. Nada volvería a ser igual.
Con la llegada de Marcelo Bielsa y la mejora en el juego me prometí no perderme nunca más un partido de Chile. Comenzaron a llegar las victorias de la mano de un juego ofensivo y vistoso, algo a lo que no estábamos acostumbrados. Para cada partido nos reuníamos con mis amigos, hacíamos asados, nos emborrachábamos y juntos conformábamos una vorágine inalterable de descontrol, al cual yo le agregaba mi propia cuota de excesiva desmesura con vociferaciones exageradas, saltos, cánticos y celebraciones eufóricas, todo demasiado alejado de mi verdadera personalidad, más acercada a la parsimonia y el silencio.
La clasificación a Sudáfrica en ese partido de infarto ante Colombia en Medellín fue la culminación de un sueño, hecho que celebré junto a mis amigos incitados por la vehemencia desmedida que significaba para nosotros el privilegio de ser parte del certamen deportivo más importante del mundo.
El tiempo pasó, se fue Bielsa, llegó Borghi, se fue Borghi, llegó Sampaoli, fuimos a otro Mundial, ganamos la Copa América, se fue Sampaoli y llegó Pizzi (casi siempre viendo los partidos con amigos, siguiendo la misma línea de comportamiento). Mientras tanto el éxtasis incontrolable que me producía ver a Chile seguía creciendo hasta el punto de comenzar a manifestarse con pequeños indicios, primero durante el día previo y luego, más gravemente, una semana antes… ¡Una semana antes!
Dolores de estómago, nerviosismo, falta de concentración y una sensación de angustia en el pecho eran los síntomas que hasta el día de hoy me acompañan cada vez que se acerca un partido de importancia (para los amistosos, debo decir, he sabido regular las expectativas).
De alguna u otra forma he logrado arreglármelas para ver todos los partidos de Chile y puedo decir con certeza que no me he perdido ninguno. Hasta este año.
Otro antecedente antes de seguir: Cuatro veces he llorado por la selección. En el himno de Chile ante Australia, en el debut por el Mundial del 2014; cuando le ganamos a España y los eliminamos, en el mismo Mundial; cuando perdimos por penales ante Brasil, mismo torneo; cuando ganamos la Copa América. Normalmente me avergonzaría, no me cuesta hacerlo, pero por alguna razón inexplicable es algo que no tengo temor en admitir.
Llevo viviendo en Madrid casi siete meses y una de mis grandes preocupaciones antes de venirme era la logística para no perderme ningún partido ya que debido a la diferencia horaria y a la desconocida oferta de transmisiones ya sea en bares, televisión o Internet no había certeza respecto a la verdadera posibilidad de ver los partidos.
Durante ese periodo Chile ha jugado en nueve ocasiones. Dos amistosos, dos partidos por clasificatorias (hay que hacer la distinción ahora que somos un país que se obligó a tener mentalidad ganadora) y cinco veces por la Copa América Centenario.
El balance hasta ahora: Sólo he podido ver cinco partidos completos. El 2 a 1 frente a Argentina por las clasificatorias, el cual terminé viéndolo con dos argentinos en un bar Argentino… lleno de Argentinos. Peor imposible. Debí tratar de contener mis emociones y terminé sucumbiendo ante la derrota y mi soledad en calidad de doble extranjero (en el bar y en el país).
Decidí ver el partido ante Venezuela, el cual ganamos por 1 a 4 en calidad de visitantes, en la tranquilidad de mi habitación. Debo decir que la transmisión era bastante decente y no me trajo inconveniente alguno. Lo malo fue que no pude gritar los goles como quise porque, claro, acá eran las dos de la mañana en día laboral.
Frente a Jamaica perdimos y me quedé dormido. Frente a México, lo mismo. Por primera vez estaba traicionando mi lealtad a la roja, algo que me ahuyentó cada noche posterior, pero logré calmar la irrisoria sensación haciéndome entender que eran amistosos.
No obstante la situación empeoró. Chile venía jugando mal, con muchas dudas y debutaba ante la Argentina de Messi. ¿El problema? Había recién llegado a Berlín, el partido era a las cuatro de la mañana y si bien puse la alarma (dormí antes un par de horas) falló la transmisión. No pude dormir tranquilo, soñé que ganábamos y cuando desperté y supe el resultado algo cambió. Habíamos perdido y de alguna u otra forma me había ahorrado el disgusto.
Obviamente no me gusta que Chile pierda, pero el no haberlo visto era menos doloroso, no así se alejaba la sensación de culpa. Luego sería lo mismo. Aún en Berlín, Chile juega con Bolivia y debe ganar para seguir vivo. Pero yo estoy en otra, viendo a un grupo de Electrocumbia peruana, sin internet en el teléfono y un poco decepcionado del fútbol de Chile y de mí. Cuando tuve acceso a Internet y supe que Chile había ganado con un penal en el minuto 100, no sentí nada.
De vuelta en Madrid, sin arrepentirme de haberme perdido los partidos, traté de redimirme y volví a presenciar cada uno de los siguientes. Panamá, México y ayer, Colombia, partido que terminé de ver a eso de las seis de la mañana.
No tardaron en volver los síntomas previos a los partidos. Volví a sentir el éxtasis de los goles y la angustia con cada contragolpe contrario. Celebré en silencio y en soledad el paso a la final de la Copa América Centenario y antes de acostarme me di cuenta de algo: Aprendí a matizar los sentimientos.
Es que claro, no me queda otra. Estamos a una victoria de volver a hacer historia. Cómo me gustaría estar el domingo con mis amigos, volver a transformarme en eso que sólo la selección logra y emborracharme en el delirio que sólo el fútbol puede llegar a convocar.
He de conformarme con tener un buen resultado. Pero más allá de eso, más que lidiar con la desmesura, seguiré trabajando el desconsuelo de no poder compartir un momento tan importante con los que saben de mi afición por el fútbol de la selección. Alentaré a la roja a mi manera, a mi nueva manera, y volveré a Chile sabiendo que sobreviví una Copa América, una muy buena Copa América, luchando con mis particularidades a casi 11.000 kilómetros de distancia.
martes, 21 de junio de 2016
(A veces) es mejor seguir recordando
Uno no elige los recuerdos que almacena en la memoria. Hay, claro, muchos que tienen importancia y que de alguna u otra forma nos definen como personas, o tal vez son indicios de lo que éramos y cómo veíamos el mundo en ese entonces. En cambio hay otros que sólo están ahí, como puestos por el azar, acompañándonos toda la vida y apareciendo de vez en cuando.
Este recuerdo es uno de los segundos, esos que aparentemente no importan. Hace mucho tiempo que no lo recordaba por lo que me sorprendió encontrarme en la fila del banco, una fila extensa y lenta, pensando en este particular momento.
Cuando era pequeño me gustaba jugar con legos. Con ayuda de mi madre armaba complejas construcciones y a veces, por cuenta propia, construía objetos de nula estética pero cargados con toneladas de imaginación. Me gustaba ir ensamblando de manera antojadiza y luego tejer historias fantásticas en cada recoveco de mi casa, cuyos protagonistas eran siempre los pequeños hombrecitos de lego de color amarillo.
Pero a medida que iba perdiendo el interés, sin importar en qué lugar de la casa estuviera, dejaba desparramadas las piezas, lo que provocaba una reprimenda por parte de mi madre y la pérdida inevitable de una que otra pieza o figura.
Fue así como una tarde después de llegar del colegio y hacer mis tareas me fui arrastrando, porque por alguna razón tenía la costumbre de aprovechar el suelo resbaladizo, hacia el living, en donde después de saltar sobre el sillón encontré detrás de la puerta que daba hacia la entrada de la casa uno de los hombrecitos de lego.
No sé por qué pero me quedé observándolo con asombro, preguntándome cuánto tiempo llevaba allí ese solitario hombrecito, cuyo cuerpo seguía en posición de asiento con los brazos alzados hacia arriba, esperando tal vez el rescate que no le daría.
Desde aquella tarde y cuando su imagen de soledad se aparecía en mi cabeza, rondándome junto a la leve reprimenda que me llegaría si alguien lo encontrara, fui asiduo testigo de su presencia, detrás de esa puerta, junto al polvo y pronto a las telarañas.
Pasó el tiempo y ese espacio de la casa, tan accesible para todos pero a la vez tan escondido, se transformó en lugar de peregrinaje, hacia el cual yo llegaba con ánimos de meditación, extrañado aún por la inexorable soledad del hombrecito de lego.
Nunca hubo tentación para llevarlo conmigo, parecía correcto verlo en su designio y esperar algún cambio en la norma. Tardes enteras éramos sólo él y yo. Toda una vida suya la de quietud y desamparo.
“Siguiente” escuché por segunda vez y una mano me tocó el hombro. Como despertando de un sueño caminé hacia la caja, entregué el depósito y luego me fui a casa pensando en que no tengo recuerdos respecto al destino del hombrecito de lego.
Al llegar lo primero que hice fue ir hacia el living con la extraña sensación de querer volver a mirar detrás de la puerta. Algo me decía, una especie de corazonada, que allí podía seguir estando el hombrecito de lego, envuelto en polvo y soledad, pero a la vez parecía un escenario demasiado improbable.
Aún así inexplicablemente sentí una batalla de fuerzas, una que me llamaba a asomarme detrás de la puerta y otra que me decía que dejase todo como estaba. Qué idiota, pensé. Era como si en caso de no estar, el último retazo de infancia se hubiese ido, y en el caso contrario, como si la soledad siguiera siendo una constante de la vida del hombrecito de lego, acaso espejo de la mía.
Entonces tomé la manilla de la puerta.
Pero desistí.
miércoles, 15 de junio de 2016
El joven de las palomas
Un joven que padece de un desgano creciente, se sienta en una banca a mirar a las palomas. Las ve mover sus cuerpos torpemente y sin un destino claro.
De pronto una de las palomas se le acerca y con el asco de toda la vida estira la pierna para que la paloma se aleje.
Pero la paloma no se aleja.
Se comienzan a acercar las demás palomas, hasta rodear sus piernas. El joven deja de sentir asco y pronto se siente extrañamente acompañado.
Parece sólo lógico retribuir la compañía con las migas del pan que había preparado para más tarde.
Después de un tiempo, se levanta y sigue con su día, inusitadamente contento.
El desgano volvió a penas llegó a casa, esa misma noche.
A la mañana siguiente apareció en el mismo parque, se sentó en la misma banca, reconoció a un par de palomas y volvió a repetir lo del día anterior.
En un principio sentía culpa, pero conforme el tiempo pasaba y la soledad dejaba de ser una preocupación, comprendió su nueva vida: era el joven de las palomas.
La voz comenzó a correrse y grupos de curiosos se acercaban a ver cómo el joven compartía y alimentaba a sus amigas las palomas.
Él pretendía no verlos, pero aún así le incomodaba la curiosidad de los presentes.
Días después apareció un equipo de televisión queriendo hacerle una nota para el noticiero de las nueve.
Aceptó.
Tal fue el éxito de su aparición en televisión que se transformó en todo un atractivo para un lugar de la ciudad sin mayores atributos.
Poleras y toallas con su rostro, tituladas con “El joven de las palomas” comenzaron a comercializarse.
Más de alguno quiso ser su representante y más de alguno le ofreció grandes sumas de dinero para contratarlo para eventos privados.
Comenzó a ganar dinero y la fama, por supuesto, no tardó en llegar.
Pero nada era como antes.
La soledad y el desgano volvieron a hacerse cargo de sus preocupaciones.
Se recluyó y pronto el interés de la gente desapareció.
Hoy se habla de la leyenda del joven de las palomas.
Hay quienes dicen que todavía se le puede ver, a horas irrisorias de la noche, sentado en la misma banca, tratando de recuperar lo perdido.
martes, 14 de junio de 2016
Tres cuentos de aeropuerto
Retraso
A las 15:00 debían abordar. A las 15:15 anuncian que hay un retraso de entre 20 y 30 minutos. A las 16:00 personal de la aerolínea se disculpó por los altavoces ya que el avión se encontraba con problemas técnicos en la zona de la bodega, por lo que no había certeza sobre la hora de embarque y despegue. A las tres horas los pasajeros se dieron cuenta que esto no era el aeropuerto, sino el hospital, cuyo único doctor aún no llegaba desde su consulta privada, por lo cual la espera debía continuar. A veces la vida es confusa. Y rara. Confusa, rara e injusta.
Embarque
Hay personas que tienen esa costumbre de situarse en la fila para embarcar cuando en realidad aún faltan quince, veinte minutos para que comience el proceso. Se apresuran y resguardan celosamente sus puestos, ofrecen miradas desconfiadas a todo el que se les acerque, sudan sosteniendo sus chaquetas y bolsos de mano, sintiéndose quizás mejores viajeros. No lo sé, los miro con detención pero no detecto verdaderas razones para esa prisa intranquila que los llevará a estar sentados antes, como aventajados sobre los demás.
Yo prefiero esperar a que todos se suban y escribir cosas como esta.
De película
Con el tiempo he estado desarrollando un leve temor a los aviones. Cada breve movimiento me sobresalta y pienso que es el fin, pero a penas vuelve la normalidad, me doy cuenta de lo estúpido que fui. Hasta que otro sacudón me alerta, y así hasta que aterrizamos.
Hoy se sentó junto a mí una rubia de idioma y país distinto. Con miradas nos bastaba para comunicarnos. Si ella miraba hacia el pasillo, entonces quería salir. Si yo la miraba sonriente, le daba las gracias por pasarme una de las almohadas.
En medio de la noche una turbulencia muy fuerte me hizo despertar de un incómodo sueño y entonces me aterré nuevamente. Cerré los ojos, estiré el cuello y mantuve la cabeza en alto, cuando de pronto sentí una mano posarse sobre la mía. Era la rubia de otro idioma y país.
El miedo se disipó con el tacto y pronto creí real la posibilidad de vernos enfrascados en un amorío de aeropuerto. Al bajarnos del avión se encontró con el que presumo era su novio y tomados de la mano se despidieron de mi, como agradecidos de mi amabilidad por apoyarla en las turbulencias.
Hollywood le ha hecho muy mal a mis expectativas.
lunes, 30 de mayo de 2016
Antes de llegar
Cuando bajamos del tren ninguno de los dos quisimos decir nada. De alguna forma la estación hablaba por nosotros, que preferíamos callar ante tanta precariedad, como si el silencio calmase la enorme decepción que estábamos secretamente sintiendo al darnos cuenta que muy a pesar de ser Italia el país en el que nos encontrábamos, Tortona y su estación de trenes no eran precisamente un parangón de belleza histórica y modernidad, sino más bien todo lo contrario.
Los dos andenes eran absorbidos por una penumbra indescifrable desde la cual podían surgir todo tipo de personajes y situaciones que preferimos evitar rápidamente adentrándonos en una pequeña cafetería, en la cual pretendíamos permanecer durante nuestra estadía de dos horas hasta que nuestro próximo tren nos llevase a Bologna, última parada antes de Venecia, destino final de nuestra travesía.
La noche caminaba en paralelo con el frío seco como haciendo una carrera sin prisa hasta el amanecer, para el cual aún faltaban unas siete u ocho horas. La calma resultaba inquietante sobre todo porque en los pocos que estaban en la cafetería con nosotros no parecían haber planes para el futuro próximo; es difícil explicarlo, pero en sus rostros y en sus posturas, en el revolver desalmado del café y en el mordisco obligado a la galletita, no había más que acciones comandadas por el desgano, lo que me daba la sensación de que estos hombres permanecían en un estado de automatismo prolongado, como si a sus vidas se les hubiesen acabado las energías y se mantuvieran andando con un estanque de reserva al cual le quedaban las últimas gotas de inercia.
Nos sentamos en una mesita la cual cojeaba al apoyarse sobre mi lado, pero la preocupante calma de la noche nos aterraba e impedía reaccionar hasta para hacer un cambio tan simple como ese. Ordenamos un café cada uno y calculé que en dos horas tendría que pasar nuestro próximo tren. Mientras tanto me distraía con un señor que en una esquina jugaba en una de las máquinas de apuestas, una máquina azul y de cuya pantalla se desprendían colores como el amarillo y el rojo cada vez que se realizaba algún movimiento. Mascullaba con una voz que a mi parecer parecía de enojo, pero su borrachera y mi nulo entendimiento del italiano y menos del italiano de un borracho, hacían más difícil la interpretación.
Todavía no terminábamos nuestros cafés cuando la mesera nos señaló amablemente que cerrarían en cinco minutos y que teníamos que pagar para luego salir del establecimiento. El anuncio no me sorprendió teniendo en cuenta que nos acercábamos a medianoche, no obstante alimentó la tensión en el ambiente ya que desde ese momento perteneceríamos a la indómita naturaleza de la pequeña y peculiar estación, a la cual estábamos confinados sin variedad de posibilidades.
Miró a mis ojos tal vez buscando seguridad, o quizás esperando encontrar el mismo temor que ella sentía al imaginarse las próximas horas a merced de la estación. Cualquiera fuera el caso, sin gran éxito esbocé una sonrisa y le dije que todo estaría bien. Pagamos la cuenta, tomamos nuestras maletas y salimos de la cafetería.
El aspecto de la estación no era el mejor. Además de la tenue iluminación que hacía que las paredes palidecieran, se oían murmullos preocupantes que venían desde el otro extremo. Lentamente caminamos por el único pasillo que servía de conexión entre la cafetería, la sala de espera, los baños y una pequeña salita en la que sólo había una máquina para comprar pasajes, lo que nos permitía dimensionar la pequeñez del edificio.
A medida que con breves pasos nos acercábamos a la sala de espera los murmullos se dilucidaban y llegaban hacia nosotros como alaridos llenos de fervor o rabia. A penas asomé mi cuerpo, cada una de las personas que allí estaban (repartidas entre los cuatro largos y fríos bancos de madera) fijaron la mirada en nosotros por segundos que parecieron ser una condena eterna, y luego, tras un escrutinio breve pero severo en el cual gobernó el silencio más cruel, volvieron a lo suyo.
Eran cuatro: Dos vagabundos ebrios que bebían cerveza y discutían justo al final de la sala; un tipo de unos veinticinco o treinta años, difícil decirlo por su barba y ojos idos, que se paseaba como predicando o definitivamente hablando solo; un hombre de aspecto común y corriente, impasible y aparentemente acostumbrado a convivir con personajes como los que veíamos con incredulidad, que yacía sentado y completamente inmóvil.
Sin otra opción nos sentamos en las primeras bancas, justo debajo del televisor que colgaba desde una esquina y que mostraba el triste y solitario itinerario de la estación, cuyo único y próximo tren era al que debíamos subirnos con dirección a Bologna Centrale. Dejamos nuestras maletas apoyadas en la pared, resguardadas por mi indefensa figura y nos dispusimos a esperar en ese extraño ambiente.
Mi única preocupación era el tipo de la barba que hablaba solo y que se paseaba dando la sensación de que no estaba al tanto de dónde se encontraba. En su mirada se adivinaban ilusiones desconcertantes que lo tenían ataviado, protagonizando una perorata en la que parecía no haber grandes tópicos, lo que confundía aún más sus dictámenes. Peligrosamente (digo peligrosamente porque en el momento todo parecía sentirse demasiado próximo a lo pernicioso) se acercaba hacia nosotros y buscaba en su caótico universo alguna razón como para hacernos parte de él, pero luego, comprendiendo con decepción que no había por qué, o tal vez sin darse cuenta de nuestras presencias, se volvía balbuceando hacia los vagabundos.
Nos mantuvimos siempre en los confines de su locura con los alaridos de los vagabundos, cuya discusión parecía subir de temperatura, y a veces me daba vuelta y buscaba la mirada del hombre de aspecto común y corriente que permanecía en envidiable quietud y calma, sin darse por aludido y quizás a la espera del tren que nosotros también ansiábamos.
El cansancio nos azotaba cual flagelo y por un momento pareció oportuno descansar cerrando los ojos. Recordé los días de infancia en los que el mejor refugio ante el miedo era cerrar los ojos y esperar a que las cosas malas se acaben, como si en la oscuridad de mis ojos cerrados no existiesen riesgos, ni miedos, ni responsabilidades. Fue así como comenzábamos a quedarnos dormidos cuando un grito ensordecedor nos despertó de súbito.
El loco de barba, angustiado como siempre, seguía su paseo inquieto, y el tipo de aspecto común y corriente mantenía la mirada en el ventanal que tenía justo enfrente. Me inquietaba gravemente el hecho de que no se dieran por aludidos ante lo que según mi parecer, se trataba de algo terrible. Me levanté y lo que vi me aterró: uno de los vagabundos yacía en el suelo, ensangrentado y al parecer agonizando, mientras el otro encendía un cigarro y luego daba un largo sorbo a su cerveza.
Atemorizado la desperté, tomé las maletas y salimos raudos hacia la calle. Creo que aún dormida no alcanzó a darse cuenta de lo que ocurría, pero a penas le conté lo sucedido el pánico amenazó con apoderarse de ella y por consiguiente de mí. Dimos una breve caminata por los alrededores de la estación pero nada parecía lo suficientemente seguro pues la oscuridad reinaba, al igual que el silencio y la soledad, y el frío era el gran impedimento como para permanecer alejados de esa sala de espera llena de personajes indescifrables.
Azuzados por el frío, que curiosamente resultó ser más poderoso que el miedo, volvimos a la estación. Me asomé por la sala y ningún cambio se manifestaba; tan sólo la sangre del que ahora era cadáver se escurría lentamente como un fino hilo desde el cuello hacia una de las puertas. Tras sopesar los próximos movimientos parecía que lo más lógico era ir hacia los andenes, en los cuales habían cámaras de seguridad y bajo cuya vigilancia era menos probable que fuéramos víctimas de cualquiera de los hombres que ahí se encontraban (o al menos el crimen no quedaría impune, aunque a esas alturas nada garantizaba su funcionamiento).
El problema era que para llegar a los andenes la sala de espera era el único camino disponible a esas horas. Tomamos aire y tratando de fingir tranquilidad entramos y comenzamos a cruzar. Sin embargo, como si la maldición de Tortona (si es que la había) se estuviese haciendo presente en nosotros, el loco pareció despertar de su ensimismamiento y nos dirigió una mirada absorta que amenazó con violentarnos. Apuramos el paso y lo dejamos atrás, pero no tardó en soltar una letanía de palabras y recriminaciones que venían con una gran carga de violencia, la cual nos angustió terriblemente.
Fue en el momento cuando siento su mano, una mano dura y pequeña que se posó sobre mi hombro, señal inequívoca de que el peligro se tornaba real, que me doy vuelta listo para defenderme y me enfrento a la realidad, una que minimizaba cualquier temor o vivencia anterior y que terminó por sacarme de mis cabales: la soledad, la soledad absoluta de una sala de espera en completo orden, sin personas, sin el hilo de sangre, sin nada de lo que habíamos estado temiendo, sin, por supuesto, el loco que recientemente nos gritaba y tocaba mi hombro.
Corrimos, al borde del colapso, hacia el andén y dejamos nuestras maletas en el suelo mientras nos paseábamos inquietamente, buscando explicación, aterrorizados a más no poder y queriendo dejar atrás esa estación terrible. De pronto, sin previo aviso, nuestro tren apareció entre la niebla y la emoción casi nos hace perderlo, pero tras una carrera desesperada logramos entrar a nuestro vagón y sentarnos en nuestros asientos.
Aún sin saber qué es lo que había ocurrido, dejamos atrás la estación de trenes de Tortona, aquél pequeño pueblo perdido en la provincia de Alessandria que una noche de febrero de hace algunos años fue el escenario que desafió nuestros temores más recónditos.
Nos sentamos, di un resoplido y luego me quedé dormido. Cuando desperté llegamos a la estación central de Bologna, la cual esperaba que fuera grande y cómoda para que las próximas cuatro horas de espera no tuvieran parecido alguno con nuestra permanencia en Tortona. Sin embargo nunca imaginé el calvario que significaría esa espera, sobre todo porque al bajar de nuestro vagón, no mucho más lejos de nosotros, un tipo de barba y ojos idos se paseaba por el andén balbuceando cosas que no entendería jamás.
martes, 10 de mayo de 2016
Pereza
Salí de mi casa después de una semana de encierro provocado por las lluvias y la pereza. La excusa para dejar atrás el claustro (de películas, prolongadas siestas y añoranzas) era salir a comprar un poco de alimento ya que las sobras se me habían acabado y parecía necesario volcarse al contacto con el aire y las personas. Ya no había lluvia que me espantase ni un frío inaguantable, es más, se podía ver el cielo con ese azul que sorprende a los que nos hemos privado de detenernos en él en mucho tiempo, lo que me incitó a dar una vuelta por el barrio antes de meterme en el supermercado y hacer de mi salida un breve episodio de mesura. Caminé a través de un pequeño parque que separa dos avenidas principales, oyendo a los pájaros y a los perros, golpeando de vez en cuando alguna piedra que se me aparecía en el camino, observando los árboles y la hierba de verde explosivo. Luego crucé una de las avenidas y caminé un poco más hasta llegar a un parque grande, con un lago artificial de considerables dimensiones y en el cual se pueden ver todo tipo de animales acuáticos. Bordeé el lago y la fuente escupía agua con manipulada elegancia, algunos niños le tiraban pedazos de pan a los pavos reales (sueltos durante el día) y una que otra pareja de enamorados yacía tendida en el pasto dándose besos y caricias. Crucé bajo el puente y terminé de recorrer el resto del parque, saliendo al lado contrario del de mi entrada. Mi chapa de reciente sedentario me hubiese hecho volver camino al supermercado y luego al encierro de mi casa, pero seguí caminando por una pequeña calle que me pareció atractiva. Una calle angosta con bancas a cada lado que culminaba en un edificio de color ladrillo. Nunca me había tomado el tiempo de recorrer aquellos sitios y todo parecía sumamente interesante a pesar de que lo que yo veía se regía por lo ordinario y lo indefectible. Al llegar al edificio continué mi camino hacia la izquierda y luego hacia la derecha y luego una rotonda y luego otro parque. Debo haber estado caminando dos horas, aunque cuando uno pasa tanto tiempo encerrado se atrofia la percepción del tiempo y nada parece condecirse con el verdadero paso del tiempo. Cansado, me senté en un banco que daba hacia una extensa planicie, una especie de campo eterno que se prolongaba hasta el horizonte. Desde allí dejé pasar las horas y vi ocurrir el atardecer con asombro renovado. La noche, lejos de ahuyentarme, propició mi estancia, la que acompañé con imaginaciones y pensamientos. De pronto el cielo comenzó a cubrirse y la lluvia parecía acercarse temerosa. Sin la ropa adecuada para enfrentar la inminencia del agua, y sin tener claro como volver a casa, me dispuse a caminar a voluntad de intuiciones. Se dejó caer la lluvia sobre mi caminata mientras yo me introducía en calles desconocidas y oscuras, y debido a que mis opciones no eran muchas seguí mi desorientada andanza. Tras varias horas de parsimoniosa incertidumbre di con una de las calles que yacían en mi malograda memoria y poco a poco me fui acercando temerosamente a mi casa, hasta que llegué. Pero la lluvia caía sobre mí con una honestidad brutal, una demasiado palpable como para ignorarla en el encierro y confort de mis paredes. Tomé las llaves y las lancé hacia el interior del jardín, miré hacia el cielo y seguí caminando, esta vez por el sentido contrario, perdiéndome rápidamente en parques y calles que no había tenido el placer de conocer debido al poder de la pereza.
viernes, 6 de mayo de 2016
Nadie tiene que enterarse
Eduardo Cárcamo
@eduardocarcajadas
Publicista / Melómano / Cinéfilo / Animalista / Adicto a la democracia / 25 años / Enamorado de las mujeres / Ácido e irreverente / If you don’t like what you see, go fuck yourself / Escritor aficionado
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Hace 22 h: Ésta hueá está llena de #flaites exclusividad mis pelotas.
Hace 22 h: Cuando conocí la música de Metronomy la mayoría de los que están aquí todavía no perdían su virginidad. Al parecer, algunos todavía no la pierden. #lascosascomoson #Metronomy
Hace 22 h: Me pregunto qué pensara Joseph Mount de esta cagá de local. Será como volver a sus inicios en Inglaterra. Al menos eso espero. #Metronomy
Hace 22 h: Por fin! Metronomy en la casa! #Metronomy
Hace 22 h: Empezaron con The Bay y siguieron con The look. Estoy en éxtasis. Literalmente. #Metronomy #Éxtasis
Hace 22 h: Qué rabia me da que esté lleno de hueones que ni se saben las canciones. Vienen a puro aparentar.
Hace 22 h: Demás que escucharon un tema en spotify o en youtube y ahora se creen verdaderos seguidores. Pobres tipos.
Hace 22 h: Creo que explotaré: Un pseudo hipster abre la boca pero sus gestos no coinciden con la canción. #Atroz
Hace 22 h: Suenan bien, pero ni se compara el ambiente con el concierto al que fui en Los Ángeles el año pasado. #Metronomy #summer
Hace 21 h: La cagó la resolución de mi Iphone 6s. No hay teléfono que se le compare. En mi Instagram @eduardocarcajadas podrán ver las fotos. #pics #Metronomy #music
Hace 21 h: Cito a Mount: “We are truly happy to be here” Ninguno de los hueones parece entender nada. #incultos #english #Josephmount #Metronomy
Hace 19 h: En resumen: Buen concierto, tocaron los clásicos y uno que otro tema nuevo. Lo malo: la cantidad de hueones con ganas de aparentar. #apariencias #Metronomy
Hace 19 h: En la casa me espera un Chivas. Por suerte vengo inspirado, al parecer este concierto me viene como anillo al dedo para escribir algo. #writer #writing #chivasreagal
Sitúa el vaso de whisky con dos hielos junto al computador. A un lado está el tabaco, los papelillos y los filtros. Abre el word y escribe a modo de título: The Look. Pretende asociar el nombre de la canción con lo vivido esa misma noche en el concierto de Metronomy. Saca cuatro fotos perfectamente encuadradas y las revisa cuidadosamente. Selecciona la mejor y le aplica el filtro Moon y sube la foto a Instagram, Twitter y Facebook.
Hace 17 h: Qué mejor panorama después de Metronomy. Whisky, inspiración y una obra maestra por escribir. #metronomy #chivasreagal #inspiration #pic #blackandwhite #truehappiness
Después de dos primeros sorbos vomitivos, deja que el hielo se derrita durante varios minutos mientras escribe escuchando la música de Metronomy. Vuelve a beber pero el sabor es peor y bota el whisky en el masetero de la ventana. Se sirve más hielo y más whisky. Escribe sobre el pseudo hipster, el cual, misteriosamente, se ha transformado en el protagonista de su relato, un relato contado por un verdadero seguidor del grupo, un auténtico melómano que resulta que es publicista y que tiene un estilo propio. Sonríe con cada palabra y se siente inmensamente orgulloso de las dos páginas que lleva escritas. Saca otra foto, esta vez enfocándose en el texto (sin que se pueda apreciar lo que dice) pero mostrando también los elementos claves: el whisky y el tabaco. El mismo filtro a la foto y nuevamente las sube a las mismas redes sociales.
Hace 16 h: Avanzando rapidísimo. Creo que esto tiene potencial para ser novela, pero veremos cómo se van dando las cosas. #writing #writer #whisky #macbookpro #chivasreagal #tobacco
Sin recursos a los que acudir, googlea: Películas de culto. Ingresa a un ranking de las 100 películas de culto según un diario español. Están, entre ellas, La naranja mecánica, Pulp Fiction, El club de la pelea y Doce monos. Sin embargo le parecen demasiado conocidas. Vuelve a googlear: Mejores directores de cine italiano. Los resultados le sugieren que un tal Vittorio de Sica tiene películas galardonadas y merecedoras de las mejores críticas. Luego de ver en Wikipedia de qué tratan sus mejores películas, agrega a la trama de su relato una comparación de las películas de Sica con la música de Metronomy.
Hace 15 h: Imposible dejar de lado en un relato como este a mi director de cine preferido: Vittorio de Sica. Hice una comparación muy interesante con la música de Metronomy. #innovation #metronomy #vittoriodesica
Es tarde y las ideas se le acaban. Guarda el documento y cierra el computador. Se acuesta, no sin antes publicar una selfie con un libro de Borges que encontró entre cajas en la habitación de servicio.
14 h: Hora de dormir. Imposible conciliar el sueño, eso sí, sin un poco de Borges, uno escritor que llevó la lengua española a lugares impensados. Muy recomendado. #borges #selfie #sleep #literature
4 h: Soñé con mi cuento. Eso es un buen presagio. A seguir escribiendo un rato antes de ir a la exposición de fotos de Chema Madoz. #chemamadoz #photography #happy
Vuelve a escribir frases incongruentes que se mezclan con referencias de la cultura pop y de la cultura general. No cesa su búsqueda fervorosa de recursos en google, agrega a escritores de la lengua inglesa y japonesa, trae a la vida a Cortázar y lleva a su protagonista por caminos endebles acompañado de letras de canciones.
3 h: Una foto antes de salir a la expo de Chema. #Chemamadoz.
3 h: Es un genio Chema. Lo conocí hace varios años, en el colegio, creo, y nadie me pescaba. Vean quién está en lo correcto ahora. #haters #chemamadoz #genio
3 h: Es increíble lo que logra Chema con sus fotos, las miles interpretaciones que se le pueden dar.
3 h: No me sorprende que yo sea uno de los pocos que estamos aquí. País inculto e hipócrita. Piden cultura pero no la aprovechan. #incultos #culto #cultura #chemamadoz
Saca fotos a cada una de las fotografías, casi sin observarlas, y va subiendo las mejores a su instagram. Busca ángulos para obtener fotografías de toque artístico y saca un par que lo satisfacen. Cuando ya tiene registradas cada una de las piezas, se va del lugar.
2 h: Qué gran exposición. 100% recomendada. Dejen de escuchar reggaetón y ver huevás en internet y culturícense un poco. #lascosascomoson
Llega a su casa entusiasmado por los likes y Me Gusta que comienzan a llover tras la serie de publicaciones que ha subido. Se sienta nuevamente en su escritorio, saca una foto con la misma tónica que las de la noche anterior, computador, whisky y tabaco, pero el whisky no lo toca, sólo lo vierte de vez en cuando en el masetero para dar la sensación de que ha bebido. Tras varios minutos escribiendo, su relato culmina con el protagonista llegando a su casa listo para subir fotos y escribir en twitter todo lo que vivió en el concierto de Metronomy. El relato termina así: Después de una noche de ignorancia, en la que sólo se preocupó de aparentar y hacer de su presencia lo más notoria posible, llega a su casa y comienza a subir fotos y videos del concierto. Cada comentario o Me gusta le llena el corazón de orgullo y felicidad, una felicidad que sólo experimenta con la aprobación virtual de personas que con suerte conoce. Se sienta en su sofá y enciende un cigarro. Grita de alegría por su popularidad en alza”.
1 h: Terminé mi cuento. Creo que es lo mejor que he escrito. Estoy en la duda si presentarlo a algún concurso o darles la posibilidad a ustedes de leerlo. #doubts #writing #writer
1 h: Creo que lo mejor es presentarlo a un concurso así que cuando se delibere podrán leerlo. Ojalá publicado en algún lugar :) #writingcontest
Eduardo se acuesta en su cama, satisfecho por lo acometido, revisa el Timeline y mira de reojo el whisky, el cual termina de verter sobre el masetero. Se saca una selfie con la botella vacía y la publica.
1 min: Finished! Un manjar, pero de verdad. #chivasreagal #selfie #notdrunk #delicious
Cierra el computador y desde su Iphone 6s actualiza su presentación de twitter:
Eduardo Cárcamo
@eduardocarcajadas
Publicista / Melómano / Cinéfilo / Animalista / Adicto a la democracia / 25 años / Enamorado de las mujeres / Ácido e irreverente / If you don’t like what you see, go fuck yourself. / ESCRITOR
miércoles, 4 de mayo de 2016
Mentón abierto
Cuando vi la sangre me alarmé y comencé a gritar. Mi abuela se me acercó y al verme tendido en el piso, con el skate aun bajo mi cuerpo, se asustó, yo creo que por la sangre y por mis gritos. Ahora que lo pienso, pobre de ella, a cargo mío y de mi hermano, no alcanzamos a dar diez pasos de nuestro primer paseo de ese sábado cuando yo ya era protagonista del infortunio y de la pesadilla de la abuela indefensa que ve como su trabajo de veladora de nuestra seguridad se quebraba con mi estúpida osadía.
Volvimos a la casa y nos metimos en el baño. Al verme en el espejo grité todavía más y mi pobre abuela que no sabía qué hacer. Mi hermano, creo, me acompañaba en la desesperación y veía la sangre correr desde mi mentón abierto. Tratando de calmarme, mi abuela mojaba la herida y buscaba parar la salida de sangre. Con una mano me mojaba y con la otra, una mano larga y delgada, mano temblorosa, me acariciaba el cabello diciéndome que no pasaba nada, que todo estaría bien.
Mis padres estaban de viaje, quizás en Puerto Montt o en Chiloé, por lo que acudir a ellos era imposible. Mi abuela recurrió a su libreta, en la que guardaba números de teléfono, direcciones, cumpleaños y anotaciones, y tras decidir la mejor opción, llamó a una de mis tías, la que amablemente accedió ir a buscarnos y llevarnos a la clínica.
Mientras tanto y oprimiendo la herida con una pequeña toalla, me senté junto a mi hermano a ver Tom & Jerry. Reemplacé las lágrimas por pequeños sollozos que se mezclaban con breves risas provocadas por las peripecias de los dibujos animados. Mi abuela trataba de mantener la calma, pero seguramente se encontraba nerviosa por la situación y tal vez se sentía culpable al no haber podido mantenerme a salvo, cuando la realidad de los hechos decía que mi ímpetu irresponsable de niño me había llevado a deslizarme por el asfalto.
Poco tiempo después llegó mi tía y nos llevó a la clínica. Cuando ingresé, solo, a la sala de luz tenue en la que procederían a suturarme, me llamó la atención la enorme lámpara que parecía flotar sobre la camilla en la que me tendí. Unas tres o cuatro personas me rodeaban y me hacían preguntas cariñosas para mantenerme en calma. Taparon mi rostro con una especie de tela que tenía una abertura para dejar expuesta mi herida. A penas sentí la primera aproximación de las suturas, me desesperé.
No tengo recuerdos de dolor y tampoco de pinchazos anestésicos, pero seguramente habrán aplicado algún gel adormecedor porque me parecía extraño y perturbador estar siendo intervenido sin sentir nada. Aún así, propio de mi débil y aterrado carácter, volvía a sollozar y a preguntar si ya estaban listo, y las personas me decían que ya faltaba poco, que no pasaba nada. Creo haber sentido risitas entre los presentes, como de burlas, pero a mí ya no me importaba la burla, me urgía salir de ahí lo más rápido posible.
Terminada la faena me taparon la herida con una vergonzante venda que cubría todo el mentón. Al verme al espejo, lejos de sentirme avergonzado, sentí una de esas felicidades de origen desconocido. Estaba presenciando la huella de una historia que perfectamente podría contar como proeza, cuando sólo fue lágrima y desconcierto.
Volvimos a mi casa y tomamos once. Tocaba el vendaje y mi abuela y mi tía me decían que lo dejase. Cuando llegó la noche y mi hermano ya dormía, le pedí a mi abuela acostarme en la cama de mis padres. Quería sorprenderlos con la noticia y le hice prometerme que no les contaría nada y que ellos se enterarían sólo al verme en su cama con un extraño vendaje. Sólo ahora me doy cuenta de lo inverosímil de mi propuesta, pero en esa búsqueda de protagonismo y caricias creí que era perfectamente plausible.
Mi idea era permanecer despierto hasta que mis padres llegaran en la madrugada, mas perecí pronto y caí dormido. Obviamente mi abuela no cumplió con su promesa, se debe haber sentido fatal, terriblemente nerviosa al tener que darle las malas noticias a mis padres. Desperté al otro día en mi cama e inmediatamente me dirigí a mis padres, quienes me saludaron preguntándome cómo me sentía y si me dolía. Entendí que sus preguntas eran las de los que ya sabían de mi desgracia y me sentí traicionado. Miré a mi abuela que sonreía y me pedía un abrazo. Fui hacia a ella y la abracé, y mientras nos fundíamos en el abrazo le pregunté por qué les había contado. Me debe haber dicho que era necesario, no lo sé, pero me pareció justo. No obtuve la lástima que quería, por suerte, ya que ahora que lo pienso, intenté sacarle todo el provecho a un pequeño accidente que debe haber hecho sentir muy mal a mi abuela.
Al otro día llegué al colegio y las preguntas no demoraron en llegar. Por primera vez estaba teniendo tanta atención y procuré, creo, contar una historia llena de épica y heroísmo.
El niño quiere ir al bar
Es el sector del barrio en el que se concentra el comercio. Desde supermercados hasta peluquerías, estación de metro, verdulerías, tabaquerías, tiendas de mascotas, bares, farmacias y pequeñas plazas. Son las doce del día y caminan por ese lugar el padre, la madre, el hijo y la hermana de la madre. El hijo es un regordete que lleva, al parecer obligado, una pelota en sus brazos y viste la camiseta del Madrid. Luce evidentemente molesto, al borde del berrinche y pregunta hacia dónde van, a pesar de que la respuesta es bastante obvia debido a los preparativos que hicieron en el piso y que incluyeron la pelota y la camiseta. La madre, que fuma un cigarro largo y delgado, le dice que al parque, y el padre, que se ríe con un meme que su mejor amigo le publicó en el muro de Facebook, dice que a jugar fútbol. Sin embargo el niño, que sabía muy bien dónde iban y que hizo la pregunta para iniciar su coartada, no quiere ir al parque. Joder, dice, que yo no quiero ir al parque. ¿Y dónde quieres ir? pregunta su tía con voz amable y sonriéndole. Quiero ir al bar le responde. ¿Al bar? Sí, dice, y vuelve a decir, esta vez con la voz a punto de quebrarse y desencadenar un llanto espantoso, un llanto de pataleta irremediable y tardía, quiero ir al bar y sentarme. Entonces los padres que se vuelven al hijo y lo miran extrañados. ¿Al bar? Sí, quiero ir al bar y que nos sentemos. Joder, hijo, ¿tú qué crees? ¿Que nos sobra la pasta? dice la madre con enojo, soltando una humareda que se pierde rápidamente. El padre, un poco más comprensivo, le dice que sabe cuánto le gusta ir al bar, pero que ir al bar es cosa de adultos, que cuando ellos van con él es en ocasiones especiales, que cuando él sea grande podrá ir con sus colegas a tomar cerveza, pero ahora irán al parque a jugar al fútbol, como tenían planeado.
El niño, que claramente está viendo frustrados sus intentos por ir a sentarse a comer las tapas que tanto le gustan y llenarse el estómago con dos coca colas, da rienda suelta a un llanto agudo, un llanto inoportuno, propio de un acostumbrado a que se le concedan todos sus tempranos caprichos, llanto que perfectamente puede haber sido preparado como último recurso para lograr su objetivo mediante la inevitable irritación de sus mayores. Joder, Pedro, ¿Que no te he dicho que no nos sobra la pasta? Iremos al parque y punto, y por favor no llores más que estás armando un escándalo, dice la madre mientras enciende otro de sus cigarros largos y delgados. No obstante el padre, entristecido o quizás avergonzado por las palabras de su señora, parece compadecerse del pequeño regordete y la aparta unos momentos para convencerla de ir al bar. Pero su señora no está contenta, discuten en susurros, él intenta mantener un volumen bajo, pero a ella no le importa que la escuchen. Luego de unos tensos momentos, durante los cuales la tía le secaba las lágrimas a su sobrino, el padre, con enorme sonrisa (la madre mosqueada sin decir nada) le dice a su hijo que irán al bar, y le revuelve el cabello. Se sientan en la terraza, los tres adultos piden cerveza y el regordete pide una coca cola y engulle las patatas bravas. El padre, que sigue revisando su Facebook, comenta el meme que su amigo le publicó en el muro, y todos parecen interesados, menos la madre, por supuesto, que enciende un nuevo cigarro y se levanta. De un zarpazo le quita el teléfono a su marido ante la mirada estupefacta de todos, se acerca hacia uno de los cristales del bar y saca una foto. Luego vuelve, se sienta y le entrega el teléfono de vuelta. Es la foto de un papel en el cual se lee: ¿En paro? Se busca camarero.
La chaqueta
Tardó en darse cuenta que esa era su parada y casi se queda atrapado por las puertas del bus en caso de no haber reaccionado de forma felina. Trató de quitar la suciedad a las mangas de su chaqueta, como si la suciedad viniera de su reciente y brusco movimiento, hizo lo mismo con los pantalones y se arregló el pelo echándolo hacia atrás. Una tímida llovizna acompañó su caminata por las calles que en un principio eran calles de día sábado en la tarde, o sea solitarios pedazos de una ciudad en calma, al menos en ese sector, pero luego las personas comenzaron a aparecer, primero en pequeños grupos, luego en masas consolidadas, hasta que al llegar a la feria su andar se correspondía con el lento paso de una masa atrapada entre puestos de diversas índoles.
No buscaba nada en especial, tan sólo pasar el rato viendo tonteritas, a ver si se animaba a comprar alguna decoración simpática para el departamento, o tal vez una chaqueta que pudiera utilizar de reemplazo cuando la que llevaba puesta adquiriera el hedor propio de meses de uso contínuo y descarado. Antes de estar ahí y antes de casi quedar atrapado en el bus, se encargó de sacar una cantidad de dinero que sirviese para satisfacer un posible arrebato de feria, dinero que a la vez no era demasiado como para sentirse arrepentido de compras que siempre son antojadizas.
Una señora le ofreció probar el pan amasado que estaba vendiendo, sin compromiso, le dijo, y él no se negó y lo probó y mientras masticaba le sonreía a la señora, le sonreía tratando de hacerle entender sin palabras que aprovechaba su estrategia de captación de clientes llena de bondad y buenas intenciones para probar un bocado de un pan que por muy rico que estuviera (ese estaba especialmente bueno) ni por si acaso compraría. Así que aprovechando que otras personas también quisieron probar el pan, se escabulló sigilosamente y siguió su camino viendo los puestos del otro lado.
Un joven de aproximadamente su misma edad le enseñó cervezas artesanales y artículos para beber, pero él estaba luchando para no volver al trago así que esgrimiendo esa misma excusa, siguió su lento camino. Divisó un puesto con ropa que a su juicio era barata y se probó dos chaquetas y buscó entre las bufandas alguna de su gusto, pero prefirió volver a las chaquetas, revisarlas y probárselas de nuevo y verse al espejo. No tardó en aparecer el dueño del puesto para elogiarlo y decirle lo bien que se veía, le dijo también que parecía que era momento de reemplazar esa vieja chaqueta que llevaba puesta, cuyo color estaba lejos de parecerse al original.
Pero él le tenía afecto a esa chaqueta y miró por el espejo los ojos del vendedor que sólo transmitían simpatía y ganas de conversar, pero se sintió ofendido y le entregó las dos chaquetas y se fue mascullando una respuesta indescifrable.
Continuó su camino tratando de convencerse de que la chaqueta seguía teniendo un buen aspecto y que todavía le quedaban varios años de uso indiscriminado. Sin embargo los débiles argumentos del vendedor le rondaban y sonaban cada vez más adecuados. Pensó que comprar una de las chaquetas sería acabar con el presupuesto, que todavía quedaba feria por recorrer y si bien en las ferias casi siempre se ve lo mismo, no perdía la esperanza en verse sorprendido por algún artículo que siempre ignoraba pero que ahora atraería su atención.
Encendió un cigarro y a penas dio la primera fumada se le acercó un tipo con terrible aspecto, una cara magullada por el sol y la suciedad, flaco como un espíritu, maloliente y aparentemente borracho o drogado, y le pidió por favor un cigarro. Lo miró con desdén, queriendo interpelar su frescura, pero prefirió darle el cigarro y deshacerse de él lo antes posible. El hombre se alejó sonriente y por un momento le pareció que llevaba la misma chaqueta que hace unos momentos se había estado probando.
Dio media vuelta y buscó entre las personas, cada vez más lentas, al hombre de mal aspecto, sin saber por qué y sin tener claro tampoco qué hacer cuando lo viera. Pero sus esfuerzos no fueron suficientes y llegó al final de los puestos ya sin ganas de volver a meterse a la feria que ya no parecía valer la pena. Caminó como deslizándose por las veredas resbalosas y cuando se aproximaba hacia el paradero, de la nada apareció el hombre del cigarro y lo acorraló junto a un árbol.
Dame la plata, dijo el hombre. Dame la plata, conchetumare, repitió mirando para todos lados, con el cuchillo asomándose por una de las mangas de la chaqueta y haciendo presión contra el estómago. Está bien, loco, está bien, tranquilo, toma, es todo lo que tengo, y le entregó el dinero. Ya, ahora dame la chaqueta, le dijo. No, loco, la chaqueta ni cagando. ¿Cómo que no? ¿Cómo que no, conchetumare? Pasa la hueá, loco, insistió haciendo más presión en el estómago, por lo que no tuvo más opción que sacarse su preciada prenda y entregársela al asaltante.
Te di un cigarro, loco, te di un puto cigarro y así me devuelves la mano. Ah loco, verdad, pasa los cigarros también. Pero hueón, no seai maricón. ¿Cómo que maricón? ¿Cómo que maricón, hijo de la perra? Pasa la cajetilla, loco. La presión del cuchillo parecía insostenible así que le entregó los cigarros. El asaltante, satisfecho, en vez de correr y abogar por su libertad, se despojó de su violencia y sonrió mirándolo, una sonrisa de fraternidad, y le dio una palmada en el hombro mientras encendía un cigarro y luego le ofrecía uno a su reciente víctima.
Sin entender lo que pasaba, aceptó absorto, y se dispuso a fumar en la esquina, junto al árbol y junto al asaltante. Ya, loco, caminemos, dice el asaltante. ¿Por qué? Por que sí po, loco, pa que hablemos. Atemorizado de ser nuevamente amenazado con el filo de su arma, lo siguió cada vez más tembloroso, hasta una banca que daba hacia una enorme planicie de pasto que todavía gozaba de la ausencia de grandes construcciones.
No entiendo qué estamos haciendo, dijo. Nada po loco, fumar y mirar. Pero ya me asaltaste, ya me quitaste todo, hasta mi chaqueta preferida. Loco, no le di color. Pero mira, está lloviendo, me estoy mojando y tengo frío, devuélveme la chaqueta por favor, no te cuesta nada. No loco, dijo fumando y mirando hacia el horizonte, la chaqueta es mía ahora. Luego los calló el silencio y permanecieron fumando sin hacer nada más.
Ya, compare, me voy, un gustazo, toma, me diste pena. Y se sacó la chaqueta, aquella que seguramente había robado justo después de que él se la probara y se fuera indignado, y se la entregó para después perderse lentamente por el paseo. De inmediato se puso la chaqueta y se quedó mirando el horizonte, aquel que había presenciado todo desde su lejanía. Bueno, al menos salí con chaqueta nueva, pensó. Con chaqueta nueva, sin cigarros, y sin su vieja y querida chaqueta, emprendió camino al paradero. A medida que se aproximaba un agradable calor comenzó a arroparlo y entonces miró su chaqueta nueva y se rió, tratando de ver el lado bueno de las cosas.
Sin embargo a lo lejos sintió un grito. Pensó que el asaltante volvía tras él, pero al darse vuelta notó que no era el asaltante sino el dueño del puesto al que seguramente el asaltante había robado la chaqueta. Oye, conchetumare, devuelve la chaqueta, gritaba el dueño del puesto. ¡Devuelve la chaqueta, conchetumare! Y sin saber qué hacer, sin tiempo para pensar en nada, comenzó a correr por el mismo paseo por el que se perdió el asaltante, pero la lluvia y la mala suerte, porque más tarde le echaría la culpa a la mala suerte, le hicieron tropezar y caer en seco y de espaldas sobre la fría vereda, dándole todo el tiempo del mundo al dueño del puesto para alcanzarlo y sacarle la chucha a puras patadas y combos.
domingo, 1 de mayo de 2016
Tres Cuentos
Lo mismo de siempre
Todos los días me subo en la misma estación de metro, hago la misma combinación y luego me subo en el mismo tren. Me bajo en el mismo lugar, entro al mismo trabajo, corrijo los mismos documentos, almuerzo la misma ensalada y bebo de la misma botella que relleno desde la misma llave de agua. De vuelta a casa realizo el mismo trayecto de todos los días, abro la puerta de mi departamento, enciendo la radio, me asomo por el balcón, enciendo un cigarro y veo en el edifico de enfrente al mismo anciano sentado en su terraza esperando que pase la vida. A veces pienso que me estoy convirtiendo en él. Otras veces veo a un joven abatido que fuma mirándome después de haber tenido el mismo día de siempre.
Libertad condicional
El camino a casa nunca fue mejor. Treinta y cinco grados a la sombra, una micro destartalada que parece desarmarse con cada breve movimiento en medio de ese taco de día viernes. Son casi tres horas de viaje sudoroso entre malolientes y malhumorados. Afuera el panorama no parece ser mejor para los transeúntes que caminan achacados por las temperaturas y las multitudes. Llega a casa y se funde en abrazos anhelados que se hacen eternos. Lo esperan con música, asado, cerveza y vino. La emoción se palpa en el aire y el hijo lo abraza siempre que tiene posibilidad. Su hermano, con lágrimas en los ojos, le dedica unas palabras mientras él mira a los presentes, conmovido por el agasajo. Agradece a todos y pide un salud por la buena conducta. Por la buena conducta, repiten. Y por el señor, agrega. Se miran confundidos unos a otros y repiten sin mucho ímpetu: y por el señor.
Apariencias
Este es un joven de unos veintitantos que goza de una popularidad tremenda. Su lista de amigos crece día a día y se da incluso el lujo de rechazar a quienes no parecen merecedores de su amistad virtual. En la universidad todos lo saludan y él sonríe y a veces no se da por aludido. Constantemente está actualizando lo que pasa en su vida: el carrete del viernes, el carrete del sábado, las pastillas del viernes, las líneas del sábado, el after, las mujeres, el dinero, los autos. Así ha construido una imagen inquebrantable que se sostiene en la aprobación de los que admiran embobados su estilo de vida, un estilo de vida que se basa en la mantención de una apariencia que se condiga con el exceso de vanagloria que desparrama cada vez que habla.
Pero el que más cuenta es el que más esconde.
Todos los días, cuando llega a casa después de una intensa vida social, le sube el volumen a los parlantes y practica su Fouetté en Tournant mientras la sinfonía nº 7 de Beethoven se apodera de cada rincón de la habitación.
sábado, 16 de abril de 2016
De cuando fuimos al supermercado
A Joaquín y Martín
Cerca de la casa de M hay una pequeña plaza con una especie de pérgola en la mitad. Ahí nos dispusimos los tres a fumarnos un pito, a pesar de que C todavía era reticente a tales menesteres. De todas maneras, como siempre y después de hacerse de rogar, lo convencimos y terminamos volándonos de sobremanera, esas voladas que uno no espera y que al darse cuenta que las expectativas han sido sobrepasadas, agradece como mirando al cielo y sonriendo.
Esos pitos en particular los compré junto con otro amigo a una señora que le decían la Tía Paty. Sólo logré comprarle en dos ocasiones, y el resultado siempre fue extraordinario, con gramos justos y calidades que para la época resultaban fascinantes. Así que la Tía Paty nos proporcionó un fin de semana de inesperada diversión que comenzó en esa pequeña pérgola de la pequeña plaza que se encuentra justo en la esquina, un poco más allá de la casa de M.
La verdad es que no sé en qué estábamos pensando. Debíamos estar ansiosos por fumar y no pudimos aguantarnos. Caminamos dando botes sobre la oscuridad de la noche, adentrándonos en calles y callecitas, por barrios tranquilos y alertas. Mientras tanto, claro, nos cagábamos de la risa porque parecía inconcebible el poder de la marihuana que recién habíamos consumido.
Entramos al supermercado sin sopesar lo que se nos venía. Lo primero que nos abofeteó fue la absoluta claridad, las luces blancas y potentes que contrastaban con nuestra oscura caminata que nos llevó hacia ese lugar. La cantidad de personas, como todo día viernes a las ocho de la noche, era una locura, locura, por cierto, de la que participaríamos sin siquiera darnos cuenta.
Esa entrada triunfante, que de triunfante no tuvo nada, sino más bien desacertada porque por alguna razón nos pareció hilarante el súbito cambio de panorama, y las risas eran incontenibles y se podía sentir en las miradas de los que tenían la mala fortuna de pasar cerca de nosotros, que se aborrecían al vernos pasar dando carcajadas, con ojos seguramente inaceptables, fue una inserción llena de gazapo.
Creo que fuimos a comprar pisco y coca cola, y hielo. Puede que también, teniendo en cuenta nuestro estado, hayamos buscado algo para comer, quizás papas fritas o tal vez carne y carbón para un asado producto de la imaginación que nos abordaba en esos momentos y que de seguro desencadenaría un hambre voraz e incontenible. Lo cierto es que hacernos de los productos por los que íbamos no fue una empresa sencilla. Caminábamos como desorientados haciendo rutas inexpertas, rutas irrisorias que nos llevaban por el pasillo de los detergentes y luego por el de los juguetes, para finalmente, de alguna forma que no lográbamos dimensionar, aparecer en el pasillo de los copetes.
Nos debe haber tomado una media hora conseguir nuestro objetivo, y cuando por fin logramos reunir lo requerido, nos dirigimos a una de las cajas rápidas, que de rápidas no tenían nada, pero tampoco confiaría en nuestra percepción del tiempo, averiada por la planta. De todas maneras no teníamos apuro, porque el paroxismo nos gobernaba y nos reíamos sin detenernos en nuestro comportamiento que de seguro tenía a las señoras que nos rodeaban muy alteradas y preocupadas.
En esa espera llena de risa y despropósito, la señora que iba adelante de nosotros y que en su carro llevaba a su hija, que según mis cálculos inexactos no superaba el año, año y medio, nos pidió que cuidásemos a su corazoncito mientras ella iba a buscar algún producto que había olvidado. Estupefactos ante su petición, demasiado volados como para argüir una negación, aunque el rechazo no parecía viable, la señora desapareció rauda y nosotros nos quedamos pensando cómo era posible que una señora le entregara la responsabilidad de su corazoncito a tres pendejos que estaban lejos de estar dentro de sus cabales. Luego pensamos que no era para tanto, que tampoco era tan difícil. Yo sólo rogaba en silencio que el corazoncito no se pusiera a llorar porque ahí si que el asunto se pondría difícil. Las risas me contagiaron nuevamente y de reojo me detenía en la niña que nos miraba con asombro.
Cuando llegó la señora con su lavaplatos nosotros seguíamos en nuestra dinámica de goce, y ella pudo darse cuenta que su corazoncito estaba lejos de ser nuestra prioridad número uno, pero resignada no dijo nada, tal vez entrando en razón, dándose cuenta de la irresponsabilidad acometida, una que, por cierto, callaría secretamente y trataría de olvidar.
Todavía no era nuestro turno y nuestras risas impacientaban a las demás personas de la fila. Cuando C se dio vuelta y cruzó su mirada con una señora, ésta le dijo que debería comprarse gotitas para los ojos, sobre todo ustedes dos, apuntándolos a ellos y luego mirándome a mí como decepcionada, y nosotros que nos callamos y cambiamos la algarabía por la seriedad irrefutable, y nos dimos vuelta y en clave de murmullos festinamos con la situación.
Cuando por fin fue nuestro turno y nos tocaba pagar, C, como de costumbre, azuzado por el ímpetu morboso de su estado, entró en un juego con la cajera, la cual le recriminaba nuestros presentes, niños irresponsables, al supermercado no se viene así, le decía, y C que negaba las acusaciones sin argumentos a su favor, tan sólo con una sonrisa irónica en el rostro que sólo contribuía para emputecer a la cajera y concederle la conjetura. C es un gran defensor de sus argumentos, pero en ese momento le carecían y, creo, su intención por hacerse respetar como era de costumbre, yacía extraviada en un pasado no muy lejano.
Mientras tanto yo y M nos mirábamos como avergonzados, nos deteníamos en nuestros ojos enrojecidos e hinchados por la risa, y cuando nos dimos cuenta que el conato de la cajera concluía y éramos libres de abandonar el supermercado, lugar del cual usufructuamos todo lo posible y al que, por supuesto, no pertenecíamos, no en ese estado, nos escabullimos entre las personas, bajando por las escaleras mecánicas, soltando un suspiro interminable, como si hubiésemos hecho esfuerzos encomiables para no ser descubiertos.
Volvimos a la noche, a los barrios de silencio y soledad, a esa oscuridad impoluta que se nos ofrecía, aún riéndonos pero con menos fuerza, recordando la dudosa interpretación de C, interpretación común en él, pero que en esta ocasión había fallado estrepitosamente, y nos volvimos a reír y cuando llegamos a la casa de M nos servimos nuestros primeros vasos, y nos miramos a los ojos y con secreto consenso acordamos encender otro pito.
De ese fin de semana no me acuerdo de nada más. Pero no importa. Tengo la sensación de que fue un buen fin de semana.
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