jueves, 23 de junio de 2016

No ficción: Mi delirante relación con la selección de Chile

Me gusta el fútbol y mucho. Es, quizás una de las pasiones de mi vida. Sin embargo no me desvivo por algún equipo en específico, no siento la emoción desbocada que siente el hincha común cada fin de semana por saber el devenir del club de sus amores. Lo mío es más bien el placer de ver buen fútbol. Estoy siempre al tanto del presente del torneo nacional como de lo que ocurre en el extranjero y cuando el tiempo y las transmisiones televisivas me lo permiten, observo con mucho gusto los partidos que estén disponibles. 

Un fenómeno totalmente distinto es el que se apodera de mí cuando juega Chile. Desde que tengo memoria, acaso la herencia de una familia futbolizada, la selección chilena me ha estado acompañando tardes, noches y madrugadas, lo que con el tiempo ha ido en paulatino crecimiento hasta el punto de despertar en mí una euforia contenida que quizás vale por todos los fines de semana en los que estoy ausente de verdadera emoción futbolística. 

Mis primeros recuerdos de la selección chilena vienen de las eliminatorias para el Mundial de Francia 98. Se me vienen a la cabeza de manera ineludible la imagen de Salas y Zamorano, como también ciertos partidos en particular que se alojan en mi memoria. Por ejemplo un 4 a 1 a Colombia en el Estadio Nacional, partido al cual asistí con mi papá, un amigo colombiano y su hijo. 

De ahí en adelante los recuerdos son más vivos. Ver los partidos de Chile en el Mundial de Francia en la sala de clases con una televisión que un compañero facilitó para el curso; Correr muy temprano en la mañana hacia un abrazo único con mi papá -a quién no le interesa en lo más mínimo el fútbol- por uno de los goles de Chile contra España en los Juegos Olímpicos de Sidney; la debacle chilena hacia el Mundial del 2002; la despedida de Zamorano frente a la Francia de Zidane; el empate 2 a 2 de Chile frente a Argentina jugando en el Monumental de River, camino a Alemania 2006; los goles históricos de Salas frente a Bolivia; la posterior y nueva eliminación en las eliminatorias. 

Podría seguir y podría seguir nombrando momentos de amargura, los cuales fueron mayoría, por cierto. A modo de ejemplo: la primera derrota en la historia ante Venezuela, como locales y en un estadio lejos de completarse; las constantes humillaciones propinadas por Brasil; las eliminaciones en Copa América; los casos de indisciplina; los mandatos de Pedro García, Juvenal Olmos, Jorge Garcés y Nelson Acosta; el arraigado pesimismo, un pesimismo doloroso y violento, cada vez que se daba el pitazo inicial. 

Hasta esos años ser hincha de Chile era un verdadero sufrimiento, lo que no me distanciaba del televisor y algunas pocas veces del estadio cada vez que la selección chilena jugaba. No obstante hay un momento de inflexión en mi capacidad de entender lo que provocaba en mí la selección de Chile. 

Copa América 2007, Venezuela. Primer partido de la fase de grupos, Chile enfrenta a Ecuador. Son las 18:50 horas y el partido ya ha comenzado. Ecuador gana 1 a 0. Yo, un adolescente que lucha con los malos rendimientos académicos, observo el partido con atención, cuando mi mamá me dice que vaya al comedor porque llegó la profesora de matemáticas. 

Llevaba un par de meses teniendo clases particulares de matemáticas con una profesora joven, muy amable, y con la cual tenía una buena sintonía. Sin embargo aquella tarde su aparición no estaba en mis planes. Por supuesto su llegada a mi casa no fue producto de su antojo, sino que respondía al itinerario semanal que previamente había acordado con mi mamá. El problema era que yo lo había olvidado. Y mi reacción al verla llegar con su maletita y sus tacos dando pasos silentes y sonriéndome, es algo que me persigue hasta el día de hoy.

Si bien en un principio traté de disimular el disgusto, parece que mi rostro era incapaz de demostrar lo contrario, por lo que al ser consultado por la profesora y su dulce voz sobre mi ánimo, le conté. Le conté que mientras nosotros nos disponíamos a tratar de encarrilar mi decepcionante y casi irreversible rendimiento en matemáticas, Chile debutaba en Copa América. Ella, por supuesto, no le dio demasiada importancia y volvió a poner su dedo en uno de los ejercicios que yo no entendía en lo absoluto. 

Esto fue despertando en mi una ira desconocida. Su apatía y mi desconocimiento respecto a lo que estaba ocurriendo en el partido me tenían fuera de foco. Cuando acabó la hora de clases y yo me disponía a despedirme y correr hacia mi habitación para ver el segundo tiempo, sucedió lo impensado. “Hoy haremos dos horas porque la semana pasada no pude venir, tal como acordé con tu mamá”. Perdí los estribos. Una pataleta digna de un niñito malcriado se apoderó de mí. La furia contenida se hizo presente y me negué rotundamente, provocando un escándalo que se evidenciaba en mi rostro colorado y caliente. 

Obviamente mi mamá al darse cuenta de la escena que yo estaba protagonizando me obligó a sentarme y a seguir con las clases. Pero nada fue lo mismo. A la mala intenté superar la desidia ante una profesora desconcertada por mi comportamiento. Acabadas las dos horas, me despedí prácticamente obligado de la pobre profesora que ninguna culpa tenía y me fui a mi habitación. Fue la última vez que la vi. 

Cuando prendí el televisor el enojo fue aún mayor al darme cuenta que Chile había dado vuelta el resultado y en un partido increíble había ganado agónicamente por 3 a 2. La desazón por haberme perdido el partido era algo que nunca había sentido y que con el pasar de las horas, ya más calmado, me costó comprender. Nada volvería a ser igual. 

Con la llegada de Marcelo Bielsa y la mejora en el juego me prometí no perderme nunca más un partido de Chile. Comenzaron a llegar las victorias de la mano de un juego ofensivo y vistoso, algo a lo que no estábamos acostumbrados. Para cada partido nos reuníamos con mis amigos, hacíamos asados, nos emborrachábamos y juntos conformábamos una vorágine inalterable de descontrol, al cual yo le agregaba mi propia cuota de excesiva desmesura con vociferaciones exageradas, saltos, cánticos y celebraciones eufóricas, todo demasiado alejado de mi verdadera personalidad, más acercada a la parsimonia y el silencio.

La clasificación a Sudáfrica en ese partido de infarto ante Colombia en Medellín fue la culminación de un sueño, hecho que celebré junto a mis amigos incitados por la vehemencia desmedida que significaba para nosotros el privilegio de ser parte del certamen deportivo más importante del mundo. 

El tiempo pasó, se fue Bielsa, llegó Borghi, se fue Borghi, llegó Sampaoli, fuimos a otro Mundial, ganamos la Copa América, se fue Sampaoli y llegó Pizzi (casi siempre viendo los partidos con amigos, siguiendo la misma línea de comportamiento). Mientras tanto el éxtasis incontrolable que me producía ver a Chile seguía creciendo hasta el punto de comenzar a manifestarse con pequeños indicios, primero durante el día previo y luego, más gravemente, una semana antes… ¡Una semana antes!

Dolores de estómago, nerviosismo, falta de concentración y una sensación de angustia en el pecho eran los síntomas que hasta el día de hoy me acompañan cada vez que se acerca un partido de importancia (para los amistosos, debo decir, he sabido regular las expectativas). 

De alguna u otra forma he logrado arreglármelas para ver todos los partidos de Chile y puedo decir con certeza que no me he perdido ninguno. Hasta este año. 

Otro antecedente antes de seguir: Cuatro veces he llorado por la selección. En el himno de Chile ante Australia, en el debut por el Mundial del 2014; cuando le ganamos a España y los eliminamos, en el mismo Mundial; cuando perdimos por penales ante Brasil, mismo torneo; cuando ganamos la Copa América. Normalmente me avergonzaría, no me cuesta hacerlo, pero por alguna razón inexplicable es algo que no tengo temor en admitir. 

Llevo viviendo en Madrid casi siete meses y una de mis grandes preocupaciones antes de venirme era la logística para no perderme ningún partido ya que debido a la diferencia horaria y a la desconocida oferta de transmisiones ya sea en bares, televisión o Internet no había certeza respecto a la verdadera posibilidad de ver los partidos. 

Durante ese periodo Chile ha jugado en nueve ocasiones. Dos amistosos, dos partidos por clasificatorias (hay que hacer la distinción ahora que somos un país que se obligó a tener mentalidad ganadora) y cinco veces por la Copa América Centenario. 

El balance hasta ahora: Sólo he podido ver cinco partidos completos. El 2 a 1 frente a Argentina por las clasificatorias, el cual terminé viéndolo con dos argentinos en un bar Argentino… lleno de Argentinos. Peor imposible. Debí tratar de contener mis emociones y terminé sucumbiendo ante la derrota y mi soledad en calidad de doble extranjero (en el bar y en el país). 

Decidí ver el partido ante Venezuela, el cual ganamos por 1 a 4 en calidad de visitantes, en la tranquilidad de mi habitación. Debo decir que la transmisión era bastante decente y no me trajo inconveniente alguno. Lo malo fue que no pude gritar los goles como quise porque, claro, acá eran las dos de la mañana en día laboral.

Frente a Jamaica perdimos y me quedé dormido. Frente a México, lo mismo. Por primera vez estaba traicionando mi lealtad a la roja, algo que me ahuyentó cada noche posterior, pero logré calmar la irrisoria sensación haciéndome entender que eran amistosos. 

No obstante la situación empeoró. Chile venía jugando mal, con muchas dudas y debutaba ante la Argentina de Messi. ¿El problema? Había recién llegado a Berlín, el partido era a las cuatro de la mañana y si bien puse la alarma (dormí antes un par de horas) falló la transmisión. No pude dormir tranquilo, soñé que ganábamos y cuando desperté y supe el resultado algo cambió. Habíamos perdido y de alguna u otra forma me había ahorrado el disgusto. 

Obviamente no me gusta que Chile pierda, pero el no haberlo visto era menos doloroso, no así se alejaba la sensación de culpa. Luego sería lo mismo. Aún en Berlín, Chile juega con Bolivia y debe ganar para seguir vivo. Pero yo estoy en otra, viendo a un grupo de Electrocumbia peruana, sin internet en el teléfono y un poco decepcionado del fútbol de Chile y de mí. Cuando tuve acceso a Internet y supe que Chile había ganado con un penal en el minuto 100, no sentí nada. 

De vuelta en Madrid, sin arrepentirme de haberme perdido los partidos, traté de redimirme y volví a presenciar cada uno de los siguientes. Panamá, México y ayer, Colombia, partido que terminé de ver a eso de las seis de la mañana. 

No tardaron en volver los síntomas previos a los partidos. Volví a sentir el éxtasis de los goles y la angustia con cada contragolpe contrario. Celebré en silencio y en soledad el paso a la final de la Copa América Centenario y antes de acostarme me di cuenta de algo: Aprendí a matizar los sentimientos. 

Es que claro, no me queda otra. Estamos a una victoria de volver a hacer historia. Cómo me gustaría estar el domingo con mis amigos, volver a transformarme en eso que sólo la selección logra y emborracharme en el delirio que sólo el fútbol puede llegar a convocar. 

He de conformarme con tener un buen resultado. Pero más allá de eso, más que lidiar con la desmesura, seguiré trabajando el desconsuelo de no poder compartir un momento tan importante con los que saben de mi afición por el fútbol de la selección. Alentaré a la roja a mi manera, a mi nueva manera, y volveré a Chile sabiendo que sobreviví una Copa América, una muy buena Copa América, luchando con mis particularidades a casi 11.000 kilómetros de distancia. 





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