sábado, 16 de abril de 2016

De cuando fuimos al supermercado

A Joaquín y Martín

Cerca de la casa de M hay una pequeña plaza con una especie de pérgola en la mitad. Ahí nos dispusimos los tres a fumarnos un pito, a pesar de que C todavía era reticente a tales menesteres. De todas maneras, como siempre y después de hacerse de rogar, lo convencimos y terminamos volándonos de sobremanera, esas voladas que uno no espera y que al darse cuenta que las expectativas han sido sobrepasadas, agradece como mirando al cielo y sonriendo. 

Esos pitos en particular los compré junto con otro amigo a una señora que le decían la Tía Paty. Sólo logré comprarle en dos ocasiones, y el resultado siempre fue extraordinario, con gramos justos y calidades que para la época resultaban fascinantes. Así que la Tía Paty nos proporcionó un fin de semana de inesperada diversión que comenzó en esa pequeña pérgola de la pequeña plaza que se encuentra justo en la esquina, un poco más allá de la casa de M. 

La verdad es que no sé en qué estábamos pensando. Debíamos estar ansiosos por fumar y no pudimos aguantarnos. Caminamos dando botes sobre la oscuridad de la noche, adentrándonos en calles y callecitas, por barrios tranquilos y alertas. Mientras tanto, claro, nos cagábamos de la risa porque parecía inconcebible el poder de la marihuana que recién habíamos consumido. 

Entramos al supermercado sin sopesar lo que se nos venía. Lo primero que nos abofeteó fue la absoluta claridad, las luces blancas y potentes que contrastaban con nuestra oscura caminata que nos llevó hacia ese lugar. La cantidad de personas, como todo día viernes a las ocho de la noche, era una locura, locura, por cierto, de la que participaríamos sin siquiera darnos cuenta. 

Esa entrada triunfante, que de triunfante no tuvo nada, sino más bien desacertada porque por alguna razón nos pareció hilarante el súbito cambio de panorama, y las risas eran incontenibles y se podía sentir en las miradas de los que tenían la mala fortuna de pasar cerca de nosotros, que se aborrecían al vernos pasar dando carcajadas, con ojos seguramente inaceptables, fue una inserción llena de gazapo. 

Creo que fuimos a comprar pisco y coca cola, y hielo. Puede que también, teniendo en cuenta nuestro estado, hayamos buscado algo para comer, quizás papas fritas o tal vez carne y carbón para un asado producto de la imaginación que nos abordaba en esos momentos y que de seguro desencadenaría un hambre voraz e incontenible. Lo cierto es que hacernos de los productos por los que íbamos no fue una empresa sencilla. Caminábamos como desorientados haciendo rutas inexpertas, rutas irrisorias que nos llevaban por el pasillo de los detergentes y luego por el de los juguetes, para finalmente, de alguna forma que no lográbamos dimensionar, aparecer en el pasillo de los copetes. 

Nos debe haber tomado una media hora conseguir nuestro objetivo, y cuando por fin logramos reunir lo requerido, nos dirigimos a una de las cajas rápidas, que de rápidas no tenían nada, pero tampoco confiaría en nuestra percepción del tiempo, averiada por la planta. De todas maneras no teníamos apuro, porque el paroxismo nos gobernaba y nos reíamos sin detenernos en nuestro comportamiento que de seguro tenía a las señoras que nos rodeaban muy alteradas y preocupadas. 

En esa espera llena de risa y despropósito, la señora que iba adelante de nosotros y que en su carro llevaba a su hija, que según mis cálculos inexactos no superaba el año, año y medio, nos pidió que cuidásemos a su corazoncito mientras ella iba a buscar algún producto que había olvidado. Estupefactos ante su petición, demasiado volados como para argüir una negación, aunque el rechazo no parecía viable, la señora desapareció rauda y nosotros nos quedamos pensando cómo era posible que una señora le entregara la responsabilidad de su corazoncito a tres pendejos que estaban lejos de estar dentro de sus cabales. Luego pensamos que no era para tanto, que tampoco era tan difícil. Yo sólo rogaba en silencio que el corazoncito no se pusiera a llorar porque ahí si que el asunto se pondría difícil. Las risas me contagiaron nuevamente y de reojo me detenía en la niña que nos miraba con asombro. 

Cuando llegó la señora con su lavaplatos nosotros seguíamos en nuestra dinámica de goce, y ella pudo darse cuenta que su corazoncito estaba lejos de ser nuestra prioridad número uno, pero resignada no dijo nada, tal vez entrando en razón, dándose cuenta de la irresponsabilidad acometida, una que, por cierto, callaría secretamente y trataría de olvidar. 

Todavía no era nuestro turno y nuestras risas impacientaban a las demás personas de la fila. Cuando C se dio vuelta y cruzó su mirada con una señora, ésta le dijo que debería comprarse gotitas para los ojos, sobre todo ustedes dos, apuntándolos a ellos y luego mirándome a mí como decepcionada, y nosotros que nos callamos y cambiamos la algarabía por la seriedad irrefutable, y nos dimos vuelta y en clave de murmullos festinamos con la situación. 

Cuando por fin fue nuestro turno y nos tocaba pagar, C, como de costumbre, azuzado por el ímpetu morboso de su estado, entró en un juego con la cajera, la cual le recriminaba nuestros presentes, niños irresponsables, al supermercado no se viene así, le decía, y C que negaba las acusaciones sin argumentos a su favor, tan sólo con una sonrisa irónica en el rostro que sólo contribuía para emputecer a la cajera y concederle la conjetura. C es un gran defensor de sus argumentos, pero en ese momento le carecían y, creo, su intención por hacerse respetar como era de costumbre, yacía extraviada en un pasado no muy lejano. 

Mientras tanto yo y M nos mirábamos como avergonzados, nos deteníamos en nuestros ojos enrojecidos e hinchados por la risa, y cuando nos dimos cuenta que el conato de la cajera concluía y éramos libres de abandonar el supermercado, lugar del cual usufructuamos todo lo posible y al que, por supuesto, no pertenecíamos, no en ese estado, nos escabullimos entre las personas, bajando por las escaleras mecánicas, soltando un suspiro interminable, como si hubiésemos hecho esfuerzos encomiables para no ser descubiertos. 

Volvimos a la noche, a los barrios de silencio y soledad, a esa oscuridad impoluta que se nos ofrecía, aún riéndonos pero con menos fuerza, recordando la dudosa interpretación de C, interpretación común en él, pero que en esta ocasión había fallado estrepitosamente, y nos volvimos a reír y cuando llegamos a la casa de M nos servimos nuestros primeros vasos, y nos miramos a los ojos y con secreto consenso acordamos encender otro pito. 

De ese fin de semana no me acuerdo de nada más. Pero no importa. Tengo la sensación de que fue un buen fin de semana. 




viernes, 15 de abril de 2016

Solitario

En algún aeropuerto. 

2 palos. Tréboles son negros. Corazones son rojos. 

Q negra. Q rojo. 6 rojo. 5 rojo. 7 rojo. K negra. A negro. J roja. J roja. 4 rojo. 

Mueve el 6 rojo hacia el 7 rojo, surge un 3 negro. El 5 rojo hacia el 6 rojo, se descubre una J negra. El 4 rojo se mueve hacia el 5 rojo y se descubre un 7 negro. La primera J roja, de izquierda a derecha, se va detrás de la Q roja. Se descubre un 9 negro. La J negra detrás de la Q negra. Aparece un 10 rojo. La Q y la J negra detrás de la K negra. Surge un 9 rojo que es desplazado detrás del 10 rojo, y aparece un 2 rojo. El 10 y 9 rojo detrás de las Q y J rojas. Un 3 negro se le muestra. Está la posibilidad de mover el 2 rojo detrás de alguno de los 3 negros. Puede también tirar el A negro detrás del 2 rojo. Cualquiera de las dos opciones puede abrir nuevos destinos, pero prefiere no mezclar. Hasta el momento, las cosas quedan distribuidas de este modo: 

2 rojo. Q, J, 10, 9 rojos. 3 negro. 3 negro. 7, 6, 5, 4 rojos. K, Q, J negros. A negro. 9 negro. J rojo. 7 negro. 

Se abren las primeras diez cartas. Las cosas quedan así: 

2, 5 rojos. Q, J, 10, 9 rojos, 10 negro. 3, 2 negros. 3, 5 negros. 7, 6, 5, 4 rojos, 5 negro. K, Q, J, K negros. A negro, K rojo. 9, 9 negros. J, J rojos. 7 negro, 10 rojo. 

Mueve el 9 negro detrás del 10 rojo, queda libre el otro 9 negro. El 10 rojo va detrás de la J roja, queda libre el 7 negro. No queda nada más por hacer y esa ronda la define como fracaso. 

Las cosas quedan así: 

2, 5 rojos. Q, J, 10, 9 rojos, 10, 9 negros. 3, 2 negros. 3, 5 negros. 7, 6, 5, 4 rojos, 5 negro. K, Q, J, K negros. A negro, K rojo. 9 negro. J, J, 10 rojos. 7 negro. 

Nuevas diez cartas. Nueva disposición: 

2, 5, A rojos. Q, J, 10, 9 rojos, 10, 9 negros, 3 rojo. 3, 2, Q negros. 3, 5, 7 negros. 7, 6, 5, 4 rojos, 5, 9 negros. K, Q, J, K, 6 negros. A negro, K, 7 rojos. 9, 10 negros. J, J, 10 rojos, A negro. 7, 6 negros. 

El 6 negro sobre la K negra se va hacia el 7 negro. La Q negra hacia la K negra. El 9 negro hacia el 10 negro y se descubre un 5 negro que se va detrás de los últimos 7 y 6 negros. Mueve el 3 rojo hacia el 4 rojo. El A negro hacia el 2 negro. Podría mover la J y 10 rojos detrás de la K y Q negros, pero desiste. No es una buena ronda, tampoco. 

Así quedamos: 

2, 5, A rojos. Q, J, 10, 9 rojos, 10, 9 negros. 3, 2, A negros. 3, 5, 7, 6 negros. 7, 6, 5, 4, 3 rojos. K, Q, J, K, Q negros. A negro, K, 7 rojos. 9, 10, 9, negros. J, J, 10 rojos. 7, 6, 5 negros. 

Diez cartas más: 

2, 5, A rojos, Q negra. Q, J, 10, 9 rojos, 10, 9, 8 negros. 3, 2, A negros, 8 rojo. 3, 5, 7, 6 negros, A rojo. 7, 6, 5, 4, 3, Q rojos. K, Q, J, K, Q negros, 2 rojo. A negro, K, 7 rojos, 4 negro. 9, 10, 9, negros, 2 rojo. J, J, 10 rojos, 4 negro. 7, 6, 5, 8 negros. 

El A rojo que está sobre el 6 negro se va detrás del primer 2 rojo, el que está encima de la K y Q negras. Se liberan un 7 y 6 negros que van a parar detrás del 10, 9, 8 negros. Se libera un 5 negro que va detrás de los recién movidos, o sea detrás del 6 negro, y se libera un 3 negro que va detrás del 4 negro que está sobre el 7 negro, así, al mover ese 4 y 3 negro hacia el 5 negro, se libera un 7 rojo que va sobre el 8 rojo. La Q roja sobre la K roja. El 2 y A rojo sobre el 3 rojo recientemente liberados. Ojo aquí: de la columna 7, 6, 5, 4, 3, 2, A rojos se desprenden del 6 hacia el A hasta el 8 y 7 rojos, para así sumar un 8. Aquí lo importante: El 2 rojo que está sobre el 9 negro se va detrás del 3 negro, jugada de riesgo, pero así quedan liberados un 10 y un 9 negro, sobre los cuales se pondrá el último 8 negro, el cual a su vez libera un 7, 6 y 5 negros que van a parar detrás del 10, 9 y 8 negros, y se descubre un 10 negro. El 7 rojo lo mueve sobre el 8 negro que parece estar demasiado solo. Se descubre un A negro. Casi lo olvida, el 4 negro sobre el 5 negro. Puede mover el A negro sobre el 2 rojo, pero eso ya sería entorpecer mucho a esa columna, no quiere que se sature. Casi lo olvida también. La J y el 10 rojos sobre la Q roja. Se libera la otra J roja. Para darle picante, el 10 negro sobre la J roja. Se descubre un 7 rojo y la jugada pareció inútil. Podría haber probado desplazar la J roja en vez del 10 negro hacia la primera Q negra. 

Así está la repartición: 

2, 5, A rojos, Q negra. Q, J, 10, 9 rojos, 10, 9 , 8, 7, 6, 5, 4, 3 negros, 2 rojo. 3, 2, A negro, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, A rojos. 8 negro, 7 rojo. A negro. K, Q, J, K, Q negros. A negro, K, Q, J, 10 rojos. 9, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4 negros. J roja, 10 negro. 7 rojo. 

Diez más, por favor: 

2, 5, A rojos, Q, 3 negros. Q, J, 10, 9 rojos, 10, 9 , 8, 7, 6, 5, 4, 3 negros, 2, 3 rojos. 3, 2, A negro, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, A, 9 rojos. 8 negro, 7 rojo, 6 negro. A negro, A rojo. K, Q, J, K, Q, K negros. A negro, K, Q, J, 10 rojos, J negra. 9, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4 negros, 4 rojo. J roja, 10 negro, 6 rojo. 7 rojo, 4 negro.

No es un buen sorteo. Aunque puede serlo. El 3 rohjo sobre el 4 rojo, se libera el 2 rojo que va a parar sobre de ese mismísimo 3. El A rojo sobre del reciente 2 rojo. La columna que tiene desde el 10 hasta el 3 negro se mueve sobre de la J negra. El 3 negro, el primero, que está sobre una Q negra, se va sobre del 4 negro, allá lejos, al último. Se libera una Q negra, sobre la cual va a parar la columna negra, desde la J hasta el 3. Luego esa misma columna, Q hacia 3 sobre la K negra. El 9 rojo que yace impertérrito sobre una columna roja desde el 8 hacia el A se va detrás del 10 rojo. Hay emoción, porque esa columna llena de libertad se va detrás de la K, 1, J, 10 y 9 rojos. Se ACABA el primer objetivo. Esto parece prometedor, pero debe ser cauto. Con ese movimiento se liberó un A negro y un 3, 2 y A negros desde el cual saca solo el 2 y el A para ir sobre la columna negra de K hasta 3 y nuevamente se ACABA otro objetivo. La emoción, sin embargo, se acaba de inmediato al darse cuenta que no hay más movimientos disponibles y sólo queda el último lote de diez cartas para repartir. Es un momento importante. 

Las cosas están así: 

2, 5, A rojos. Q, J, 10, 9 rojos. 3 negro. 8 negro, 7 rojo, 6 negro. A negro. K, Q, J, K, Q negros. A negro. 9, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4 negros, 4, 3, 2, A rojos. J roja, 10 negro, 6 rojo. 7 rojo, 4, 3 negros. 

Las últimas diez cartas, y entonces: 

2, 5, A, 5 rojos. Q, J, 10, 9, A rojos. 3 negro, 3 rojo. 8 negro, 7 rojo, 6 negro, 10 rojo. A negro, Q negro. K, Q, J, K, Q negros, 2 rojo. A, K negros. 9, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4 negros, 4, 3, 2, A, Q rojos. J roja, 10 negro, 6 rojo, 5 negro. 7 rojo, 4, 3, 2 negros.

¿Serán estos sus últimos movimientos? ¿Habrá posibilidad de hacerlas desaparecer a todas? Toma un poco de agua, suspira y comienza: De la última columna de izquierda a derecha, la negra de 4 a 2 se va sobre el 5 negro. El 2 rojo sobre el 3 rojo y el A rojo sobre ese 2 rojo. La Q negra que está sobre el A negro se va hacia la K negra, liberando el A negro que camina lentamente hacia el 2 negro, precedido por 3, 4 y 5 del mismo color. Se muestra un 3 negro que no ayuda en nada. Le da un repaso a todo lo que tiene, pero al parecer no hay más movimientos disponibles. Está decepcionado, pensaba que esto podría llegar a alguna parte. La verdad es que su estrategia, piensa, no fue la adecuada, quizás debió mezclar más los colores. Pero no se puede jugar con el destino, piensa. 

Esta es la disposición final: 

2, 5, A, 5 rojos. Q, J, 10, 9 rojos. 3 negro, 3, 2, A rojos. 8 negro, 7 rojo, 6 negro, 10 rojo. 3 negro. K, Q, J, K, Q negros. A, K, Q negros. 9, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4 negros, 4, 3, 2, A, Q rojos. J roja, 10 negro, 6, rojo, 5, 4, 3, 2, A negros. 7 roja. 

Borra todo lo hecho y comienza un juego nuevo. Aún queda una hora para abordar. 



martes, 12 de abril de 2016

Espejo

Todas las noches, antes de acostarse, Robert abría su ventana y encendía un cigarro. Lo fumaba pacientemente viendo a los últimos hombres y mujeres pasear a sus perros. Observaba las terrazas del edificio de más allá, las ventanas generalmente cerradas y las siluetas moverse a través de las habitaciones cuyos murmullos transcurrían sobre el silencio como hormigas desorientadas. Echaba el humo que se hundía en la noche según la vehemencia del viento, siempre viéndolo escapar y repartirse por el aire hasta desaparecer. 

Parecía que las personas rehuían de las ventanas porque nunca se dejaban ver completamente, siempre escondidas detrás de cortinas u oscuridades que a esas horas, cuando la noche ya era definitiva, eran lógicas, acaso demasiado tarde para encontrarse en la distancia de los edificios. 

Sin embargo una noche, tras encender el cigarro correspondiente y buscar en la callecita el rastro de algún peatón tardío, se dio cuenta que en el edificio de enfrente había una ventana abierta desde la cual una mujer se erigía en medio de la oscuridad de su habitación. De inmediato Robert se detuvo en la mujer que parecía petrificada en una quietud inexorable bajo una sombra viciada por la soledad. 

A lo largo de su cigarro la mujer no se movió, o al menos eso pensó Robert, que intentaba variar la mirada, pero inevitablemente volvía siempre a ella. Cuando acabó el cigarro esperó alguna reacción, mas nada ocurrió y cerró su ventana y se acostó a dormir. 

La siguiente noche y como todas las noches abrió la ventana y encendió el cigarro y no tardó en darse cuenta que la mujer nuevamente le hacía compañía, una compañía, por cierto, distante y difícil de interpretar. Esta vez no quitó la vista de ella, que tampoco hizo amagos por derrotar su acostumbrado sosiego. 

A partir de ese momento todos los días esperaba ansioso el último cigarro de la noche para enfrentarse a su enigmática acompañante, esperando secretamente algún movimiento o indicio. A veces imaginaba que la mujer era una estudiante de finanzas y otras veces que era la enfermera de un anciano moribundo. 

Una vez incluso la saludó moviendo las manos, silbando suavemente, pero no encontró respuesta. A medida que pasaban las noches la inquietud se hacía más evidente hasta el punto de no poder pegar un ojo, desvelándose toda la noche, abriendo nuevamente la ventana a horas irrisorias, confirmando con desgarrado asombro cómo la mujer permanecía inmóvil. 

Los días de Robert comenzaron a ser días rotos en los que abundaban conjeturas inconclusas sobre la mujer que sólo bullía de noche, que parecía esperarlo a él como el espejo que adolece de sórdidas verdades y al que bastaba enfrentar para descubrir que el polvo que lo cubría estaba hecho de fragmentos derruidos por la desmesura de una vida carente de preguntas correctas. 

Sus cigarros nocturnos estaban acompañados de miedo, y el que antes era el último ahora era uno más de muchos que se quemarían sucesivamente a lo largo de noches insomnes adornadas por esa presencia maldita. 

El dormir se hizo quimera y su vida evidenciaba la falta de sueño. El cansancio era inherente, perdió el trabajo, dejó de comer, lloraba mientras fumaba pero luego ya no le quedaban energías y sólo observaba a la mujer con resignación, preguntándose con dificultades la razón de sus exasperantes apariciones. 

En una ocasión Robert abrió la ventana y se dispuso a fumar el tercer cigarro de la noche. La mujer seguía sumida en sus usanzas, cuando de pronto una serie de delicados movimientos quebraron la oscura costumbre que los separaba, desapareciendo increíblemente ante sus ojos en medio de la oscuridad de su habitación. 

Asombrado por el inusual suceso soltó el cigarro que cayó al vacío en un vaivén veloz y sostenido. Refregó sus ojos, buscó sus lentes y observó nuevamente para confirmar el hecho de que la mujer se había movido, que el espejo se había roto y ya no quedaban más fragmentos a la vista. 

Encendió otro cigarro que fumó trémulo y con expectación, preparándose para una nueva aparición de la mujer. Sin embargo, acabado el cigarro, la soledad era absoluta y así también el cansancio. Esperó quince minutos, aunque podrían haber sido horas, ya nada parecía regirse por cierta lógica, cerró la ventana, pensó por última vez en la mujer, y se quedó dormido. 



lunes, 11 de abril de 2016

Un tal Robert Sasel

A las afueras del bar El Jaime, mientras caminaba mirando la noche sin estrellas, me encontré a Robert Sasel meando unos arbustos y silbando. Poco después me daría cuenta que Sasel silbaba todo el tiempo. Nunca lo había visto en mi vida pero sí había oído de él. Un estudiante de mi misma carrera que pasaba desapercibido y que según varios amigos, era un acérrimo defensor de los silencios y los anonimatos. Meaba balanceándose de atrás hacia adelante y el chorro se escurría entre sus piernas. Como yo estaba que me meaba, me puse a hacer lo mismo, no muy lejos de él. El silbido que variaba en los momentos más inesperados creando melodías que nunca antes había escuchado era un delgado hilo que rebotaba en los lugares más oscuros de esa calle, y yo por un momento quise también silbar, pero no lo hice por razones obvias. 

Siempre he sido de vejiga vergonzosa y tardé unos segundos, a pesar de mis enormes ganas, en desprenderme del líquido que me había hecho buscar en la calle un lugar para mear ya que en El Jaime los baños estaban repletos y la espera podía hacerse eterna. Cuando el meado comenzó a caer el ruido llamó la atención de Sasel que miró hacia donde yo estaba pero sin dejar de silbar. Me saludó haciendo un ademán con la cabeza y pensé que podría estar borracho. Cuando terminé, Sasel seguía en el mismo lugar, armando lo que yo creía era un tabaco, pero que resultó ser un pito. 

Me preguntó si quería, y yo aún con las manos sosteniendo el pene le dije que sí, que me espere un momento. Me dirigí hacia él y le dije Hola, Ignacio, y él me dijo Hola, Robert. Encendió el caño, le dio unas tres o cuatro aspiradas largas y hondas, desprendiendo una cantidad de humo inconcebible y me pasó el cilindro armado perfectamente. Mientras yo fumaba él tenía las manos en los bolsillos y jugaba con una piedra como queriendo dominarla. Repetimos el ejercicio un par de veces más y cuando se acabó la hierba me dijo que él me conocía, que me había visto en la universidad. ¿Ah si?, dije yo, pretendiendo estar sorprendido, pero la verdad es que a mí muchas personas me conocían. Yo no te he visto, le dije intentando no sonar pedante, pero a mí la humildad nunca se me ha dado con naturalidad. Lo sé, a mí nadie me ve, me dijo encendiendo un cigarro y ofreciéndome uno que tomé y agradecí con un tímido gracias. 

Caminamos de vuelta a El Jaime que a esas alturas de la noche estaba hasta el tope. Sonaba una canción de AC/DC y Sasel me dijo que en El Jaime la música era buena, pero escasa, porque era tercera vez en la noche que esa canción se repetía. No supe qué decirle y aspiré. Luego de unos instantes en silencio le pregunté por qué el creía que nadie lo veía y su respuesta me dejó perplejo. Me dijo, con seriedad y a la vez con una leve sonrisa que se dibujaba como detrás de su cara, como si fuera una sonrisa de calavera que no logra mostrarse completamente en la piel y sus pliegues, que él trabajaba para no ser visto, que pasar desapercibido era algo con lo que se sentía muy a gusto. Me quedé mirándolo a los ojos, unos ojos que en la oscuridad de la noche se adivinaban como lesionados por el tiempo, y le pregunté nuevamente por qué, por qué él prefería pasar desapercibido. 

Dio la última fumada y tiró lejos la colilla. Sacó un pañuelo desde el bolsillo trasero de su pantalón, se sonó y luego me dijo algo todavía más inquietante: Las luces están para los que no pueden vivir en la oscuridad, mientras que las sombras te permiten desplazarte en la oscuridad viendo cómo se desenvuelven los iluminados. Casi me desmayé o creí que me iba a desmayar o me quise desmayar. Yo no estaba acostumbrado a que me hablaran así (¿quién lo está?), con palabras tan recónditas y con frases que podían perfectamente venir de alguna mala película o de un solitario que busca hablar más de lo debido. Me di cuenta que Sasel estaba borracho. 

No supe qué decirle, y notando mi perplejidad, se rió, me dio una palmada en la espalda y casi sin darme cuenta desapareció entre las personas que colmaban la entrada. Entré nuevamente a El Jaime y lo busqué entre las mesas y el ruido, pero no pude encontrarlo. Me senté con mis amigos, y les conté mi experiencia cercana con el enigmático personaje. Sin embargo lo único que recibí como respuesta fue un por qué no invitaste, refiriéndose al pito que compartimos y que de seguro contribuyó a mi percepción enloquecida de la situación. Ordené una cerveza y me propuse olvidar lo sucedido. 

Más tarde, cuando en El Jaime ya casi no quedaban personas y en mi mesa quedaba sólo yo y Ramirez, divisé entre la barra y un pilar a Sasel, que estaba sentado y conversaba con alguien que el pilar no me permitía ver. Ramirez me contaba algo sobre una mina que él había conocido en una disco, una mina increíble, decía él, con un forro que cualquier modelo de la tele le envidiaría. Pero yo tenía la mirada puesta en Sasel que a veces estaba completamente serio, como si estuviera hablando con la muerte, como si estuviera viendo a la muerte y estuviera escuchando su discurso de bienvenida, y otras veces reía y decía cosas que yo no podía saber. Ramirez me preguntó que qué miraba y yo le dije que nada, que creía que había visto a una amiga, pero que no era. Ramirez, de todos modos se dio vuelta y miró, pero Sasel ya no estaba y yo me estremecí. Lo recordé diciéndome lo de pasar desapercibido y supuse que también había trabajado su capacidad de desvanecimiento.

Cuando me despedí de Ramirez a las afueras de El Jaime yo caminé hacia el paradero de micro. Ya casi no quedaban personas en los alrededores y por un momento deseé estar en mi casa, ya acostado, y no tener que vivir conscientemente el viaje hacia allá. Me senté a esperar una micro cuya llegada era improbable. Eran las cinco de la mañana. A pesar de la poca batería que me quedaba en el teléfono animé mi noche con un poco de House y encendí una colilla que encontré en el paradero, pero que en realidad era un cigarro a penas fumado. Estuve unos diez o quince minutos esperando, mirando la vereda de enfrente y siempre fijándome en el horizonte lejano a ver si aparecía la micro.

Cuando el teléfono se apagó me inundó un silencio abrumador. Me pregunté por qué no me había ido antes con Torres, que me había ofrecido acercarme a mi casa; ahora, pensé, estaría durmiendo plácidamente. La borrachera parecía que se me estaba acabando y el sueño quería derrotarme ahí mismo, sentado en el paradero de micro, con la cabeza apoyada sobre el vidrio rallado con nombres y dedicatorias, luchando para que los ojos no se me cierren. De pronto me dormí. 

Soñé con calles solitarias, calles oscuras como las que me rodeaban, con un silencio que trepaba por mis espaldas y que se caía cuando pasaba un auto o cuando un perro a lo lejos ladraba. Soñé que veía surgir entre los autos estacionados a un hombre cuyo rostro era imposible de ver, un hombre que llevaba algo en la mano y que se acercaba lentamente hacia mí, que creo que sonreía, pero eso es difícil de decir ya que el pavor me hacía creer cualquier cosa. Una melodía se introdujo entre las distancias que me separaban del hombre sin rostro y a esas alturas yo ya formaba parte de ese vacío onírico en el que podemos darnos cuenta de nuestra situación actual, en el que tenemos la certeza de estar soñando pero desde el cual no podemos salir porque las fuerzas se nos acaban. Entonces sentí la melodía cada vez más cerca y de pronto alguien que me tocaba el hombro. Desperté y por un segundo no quise abrir los ojos porque de seguro me iban a asaltar, pero entendí que era inevitable, que quizás todavía tendría opciones de defenderme. Abrí los ojos, y ahí estaba, Robert Sasel, silbando. 

Conchasumadre, dije como resignado, con el corazón todavía galopando dentro de mí. Sasel me pidió perdón y me dijo que como me vio solo pensó en venir a acompañarme. No te preocupes, le dije, me asusté, estaba teniendo una pesadilla. Sasel me entregó otro cigarro (parece que no se le acababan) y se sentó a mi lado. Fumamos nuevamente en silencio y me preguntó dónde vivía. En Santo Tomás, le dije. Me dijo que era lejos, que si quería podía quedarme en su casa, que él vivía aquí al lado. Y si bien parecía una oferta tentadora y el más sensato movimiento dadas mis ganas de dormir, rechacé su proposición. Bueno, me dijo, pero te espero hasta que pase la micro. 

No sé de dónde sacó una botella de cocacola con una mezcla de tragos sin gas que bebí para no parecer desagradecido. Conversamos de varias cosas que ya no recuerdo, pero sí tuve la sensación de que Sasel era un buen tipo, lo demostraban sus acciones para conmigo durante esa noche larga y extraña. Cuando pasó la micro nos dimos la mano, me dio un último cigarro y me dio otra palmada en la espalda. Cuando subí a la micro y me senté en el fondo, Sasel ya no se podía ver por ninguna parte. 

Ese mismo lunes me propuse buscar a Sasel en la universidad y agradecerle su compañía y preocupación. Compré una cajetilla de Lucky, pero la verdad es que yo no sabía qué cigarros fumaba él, así que me convencí de que daba lo mismo y que un fumador siempre agradecerá veinte cigarros extras. Sin embargo ese lunes no lo encontré y volví a casa más preocupado de los exámenes que se venían durante esa misma semana. 

El martes repetí el ejercicio, pero esta vez busqué con un poco más de ahínco, preguntando por el susodicho a compañeros con los que no hablo, pero para mi sorpresa casi ninguno lo conocía y los que sí lo conocían no lo habían visto. Pensé que podía estar enfermo, o que quizás él estaba en otra sección. Nuevamente volví a casa, pero esta vez abrí la cajetilla y me fumé dos cigarros. 

El miércoles no fui a clases y el jueves aparecí en la universidad para dar dos exámenes que a penas pude rendir ya que mi concentración estaba diezmada por la imagen de Sasel y el enigma que rodeaba su inesperada figura. Resignado lo imaginé apareciendo entre los libros de la biblioteca o caminando al final de un pasillo interminable. 

El viernes llegué atrasado a la única clase de ese día, mas el profesor no me hizo problemas para entrar y unirme al grupo. Me senté en los asientos de más atrás y de malas ganas me di cuenta que veríamos un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, actividad que de haber recordado me habría permitido quedarme en casa y salir la noche anterior sin remordimiento alguno. El documental hizo un leve amago de interesarme, pero finalmente caí rendido y me quedé dormido. Cuando desperté la clase se había terminado. 

Fui al baño a mear, pero al llegar me dieron ganas de cagar así que me encerré en uno de los cubículos y me dispuse a hacer lo mío. Revisé en mi teléfono las últimas notificaciones y de pronto escuché un silbido agudo que se colaba entre las baldosas frías y los espejos sucios. No sé por qué, pero el sonido me turbó y por unos momentos la quietud me hizo suya, aguantando un mojón que finalmente cayó e hizo que el agua me mojara el culo. El silbido venía desde afuera, pero parecía estar cerca, como si Sasel estuviese esperándome, silbando las melodías de invención propia. 

Apuré el trámite, me lavé las manos y salí raudo en busca de Sasel, pero como era de esperar a esas alturas, aunque yo no pensaba según la lógica de los acontecimientos, no lo encontré por ninguna parte. Como todo día viernes, pocas personas se podían ver en la universidad, y mientras recorría desde la cafetería hacia los estacionamientos imaginé a Sasel vagando por los pasillos desolados, apareciendo de repente mientras su silbido se repartía como el eco de una muerte cercana. 

Me subí a mi auto, bajé las ventanas porque el calor era insoportable y salí de los estacionamientos en dirección a mi casa. Mientras esperaba a que el semáforo que está justo en la esquina de la universidad cambiara a rojo, creí escuchar nuevamente el silbido. Por un momento sopesé seriamente la gravedad de los hechos y me puse a mirar hacia todas partes, creyendo que me estaba volviendo loco, buscando cualquier rastro de Sasel. El silbido era como si viniese desde mis adentros, o como si desde el cielo fuesen cayendo esos sonidos irremediables que me tenían completamente desconcertado. Sasel no apareció y cuando el semáforo se puso en verde, un silencio abrumador volvió a someterme. 

Aceleré suavemente y encendí la radio. Observé el azul implacable del cielo como queriendo ver la lluvia de melodías que podían caer sobre mí. Miré por el espejo retrovisor, y a lo lejos, justo en la esquina del semáforo estaba Sasel, que parecía estar sonriendo. Encendí uno de los cigarros que le había comprado y aceleré. 


jueves, 7 de abril de 2016

En las paredes amarillentas y en el óxido de las ventanas

A mis papás, por siempre. 

Cuando me subí a la camioneta de mi papá el cuero frío de los asientos me erizó los pelos de las piernas. Afuera hacía un calor de los mil demonios y se sintió bien el cambio de temperatura que le otorgaban los asientos a mi cuerpo, asientos que tenía a mi total disposición ya que preferí que mi mamá se fuera sentada junto a mi papá para así yo dormir cuando el sueño fuese demasiado grande (había estado festejando la noche anterior el cumpleaños de un amigo y no había dormido más de dos horas). Generalmente me gustaba ir en el asiento del copiloto o incluso manejar, pero para desempeñar tales tareas hay que estar bien despierto y yo claramente no estaba en las mejores condiciones por lo que parecía sólo lógico cederle el puesto a mi mamá, que intentó hacerme cambiar de opinión sin buenos resultados. 

Luego de recorrer la Costanera Norte y entrar a la Ruta 5 con dirección al norte le pedí a mi mamá que me alcanzara el cable auxiliar. Una de las cosas que más me agrada de los largos viajes en auto es escuchar música, escucharla fuerte porque así es cuando mejor se aprecia, pero en este caso no la escuchamos fuerte porque recién estábamos partiendo y ese es el momento en el que todavía hay temas de conversaciones frescos. La música fuerte es para cuando los temas se agotan o simplemente ya no hay ganas de seguir conversando, es ahí cuando la música fuerte cumple su función y maquilla el paisaje y el silencio.

A mí me gustaba la música que le gustaba a mi papá. No siempre me gustó esa música, porque a mi antes me gustaban otros estilos, los estilos que le gustaban a los niños de mi edad, estilos que por supuesto no renegaba, pero que ya no frecuentaba como antes. Ahora, a mis veinte años, escuchaba la misma música que mi papá solía poner en su auto cuando nos iba a buscar a mi casa para llevarnos al colegio. Música que en esos tiempos yo escuchaba con distancia, sin entender la gracia, pero él me decía que esa era música de verdad, cuando ser un buen músico importaba o cuando cantar bien o escribir una buena letra se valoraba, me decía intentando despertar en mí un interés que no terminaba por mostrarse. 

Yo creo que fue un proceso natural, algo así como los caminos de la vida llevándome inevitablemente a mi destino musical, uno que tuve presente durante mi infancia y que mi papá plantó cual semilla en mi inconsciente para que varios años después brotara inesperadamente desde mí y sin darme posibilidad para esquivarlo. Fue así como gracias a las bondades del internet pude hacerme de una biblioteca musical de lo más nutrida, con álbumes emblemáticos y grupos que me emocionaban hasta las lágrimas, que me hacían viajar en el tiempo y que me hacían querer haber sido adolescente cuando esa era la música del momento, a veces incluso me hacían querer haber sido amigo de mi papá y escuchar música juntos, enterarnos del último disco llegado al país y escucharlo hasta el hartazgo. 

A mi mamá le gustaba esa música porque era la música que mi papá escuchaba cuando se conocieron, porque era la música que mi papá escuchaba una y otra vez, anteponiéndose a los gustos de mi mamá que no tenía problemas con ceder porque mi mamá nunca ha tenido problemas con adaptarse a los gustos de los demás, cualidad tan envidiable y tan ausente en mí. A mi mamá le gustaban otros estilos, pero repito, no le importaba viajar cinco horas en auto escuchando las canciones de otras épocas porque al fin y al cabo era parte de su historia, de la historia de ellos dos y eso, creo, le evocaba tiempos remotos y maravillosos. 

Con todo esto en mente cargué a mi teléfono los siguientes grupos y solistas: The Beatles, Bob Dylan, Electric Light Orquestra, Michael Jackson, Depeche Mode, Led Zeppelin, Janis Joplin, The Rolling Stones, The Wings, Queen, Rick Wakeman, Pink Floyd, The Who, The Velvet Underground, The Byrds, The Doors, Deep Purple, Creedence, U2, The Beach Boys, The Smiths, The Police, Aerosmith, Genesis, Cream, The Jimmy Hendrix Experience, y varios otros que debo estar olvidando. Puse la primera canción y dejé que el modo aleatorio hiciera su trabajo. 

Pasamos el primer peaje y por fin sentí que estábamos empezando nuestro viaje. Lamentablemente mis andanzas nocturnas me estaban pasando la cuenta y con el pasar de los kilómetros, cuando íbamos por la Cuesta Las Chilcas y yo miraba las enormes rocas acordándome de mi abuelo, sin saber por qué me acordaba de él cada vez que pasaba por ahí, las náuseas hicieron el amago de hacerme pagar por mi reciente comportamiento, pero logré vencerlas tomando mucha agua y acostándome a lo largo del asiento, apoyando la cabeza sobre mi mochila, durmiéndome casi sin darme cuenta mientras mi mamá le contaba a mi papá la última copucha de su trabajo. 

Cuando desperté me sentía mucho mejor y sonaba Back Door Man. Me acerqué a mis papás y mi mamá me pregunto cómo me sentía. Le dije que bien y acaricié su mano que buscó la mía mientras mi papá hablaba ahora sobre un viejo amigo que ellos conocieron hace mucho tiempo y que recientemente se había puesto en contacto para que almorzaran juntos. Miré por la ventana y vi que estábamos cerca de Huentelauquén, parada obligatoria desde hace mucho tiempo, cuando las empanadas se vendían en un pequeño puestito que pasaba desapercibido y que aún no gozaba del reconocimiento y el éxito que les había permitido ampliarse y recibir a un montón de personas a toda hora. 

Compramos cinco empanadas, dos para mí, dos para mi papá, una para mi mamá, y tres jugos de papaya. Comimos sentados bajo la sombra de un árbol y aprovechamos de pasar al baño. Encendí un cigarro y cuando lo acabé le pregunté a mi papá si quería que yo manejara el resto del camino, a lo que se negó diciéndome que no me preocupe. Mi papá estaba acostumbrado a manejar horas y horas sin mayor dificultad, herencia, creo, de mi abuelo que al parecer no tenía problemas con ir a lugares muy lejanos por el día, como quién va a la panadería o a la farmacia.

Volví a poner la música y Never Let Me Down Again se dejó escuchar por los parlantes de la camioneta. Me sentía mejor, más animado y con ganas de conversar. La resaca no me había dado tiempo ni ganas de integrarme a las conversaciones, por lo que ahora parecía un buen momento para sentirme parte del viaje. Les conté sobre el cumpleaños de mi amigo, omitiendo, claro, los detalles más grotescos de mi borrachera, y haciendo hincapié en los viejos amigos que volví a ver después de mucho tiempo. Mi mamá se acordaba de todos, al contrario de mi papá que me preguntaba si ese era el que tenía un hermano futbolista o si ella era la que me gustaba cuando yo era chico. Yo le decía los nombres de los papás de esos viejos amigos, los describía físicamente y le mencionaba en qué trabajaban, con lo que conseguía ciertos resultados y mi papá me decía: ahh, sí, claro, el Jaime, o me decía: uy, hace mucho tiempo que no pensaba en la Gloria. 

Seguimos conversando sobre los papás de mis viejos amigos, y luego mi papá nos contó una anécdota con el papá de Carlitos, un compañero del cual guardo muy buenos recuerdos. Nos dijo que un día, hace un par de años, se encontró al papá de Carlitos en el supermercado. Mi papá había ido a comprar la carne para el asado que haría ese domingo y sabiendo la cantidad de personas que van al supermercado los días domingos decidió ir temprano, justo después de su apertura. Era una maravilla, nos dijo, poca gente, silencio, pasillos expeditos y toda la mercancía a mi disposición. Yo estaba comprando las cervezas y no sabía si comprar un pack de doce o de veinticuatro, saqué la cuenta y conociendo a mis hermanos y a mis hijos, dijo mirándome a los ojos por el retrovisor con una sonrisa que me produjo mucha alegría, saqué el de veinticuatro y uno de doce, y en eso, cuando dejaba las cervezas en el carro siento que alguien dice mi nombre, bueno, no mi nombre, mi apellido, lo dice fuerte, demasiado fuerte, interpretando muy mal el contexto en el que nos encontrábamos, y yo me asusté, claro, cómo no iba a asustarme, además que el grito, porque fue un grito, venía de muy cerca, por lo que no hacía falta gritar, pero de todas maneras me gritó, y yo, como les dije, me asusté y de inmediato miré a ver quién era el loco que estaba gritando, y vi al papá de Carlitos, pero por supuesto yo no me acordaba quién chucha era, yo sólo sabía que lo conocía porque su cara me era muy familiar, pero no sabía su nombre y ahí dije, puta la hueá, que lata, tener que fingir y todo lo que eso conlleva, pero no tardé en darme cuenta que el tipo estaba borrachísimo, sí, muerto de curao, y eran las diez de la mañana, y el hueón se me acerca y me da un abrazo bien apretado, y yo me quedé pasmado, sin saber qué hacer, así que le dije hola compadre, cómo estás, tanto tiempo, y el se separó, pero muy poco, y me miró a los ojos desde muy cerca, echándome el tufo a copete, un tufo hediondo, como el que tenías tú cuando entraste al auto, me dijo mirándome nuevamente por el retrovisor y riéndose derechamente, y me dijo que qué bueno que yo estaba comprando cerveza, que la cerveza hace bien para la salud y otra cantidad de hueás que ya ni me acuerdo. Yo pretendía no parecer demasiado amigo del tipo, porque me daba vergüenza, a pesar de que no se veía mucha gente en el supermercado, pero al tiro supe que éste hueón no me iba a dejar tranquilo, así que le pregunté cómo estaba y me dijo que bien, que estaba fantástico, que había estado festejando y que iba a seguir festejando, y miró mi carro y me preguntó si iba a hacer un asado, y me preguntó si podía ir y yo le dije que no, le dije que yo estaba invitado a la casa de mi jefe y que no podía invitarlo, pero que desde luego para una próxima oportunidad lo invitaba, pero yo lo único que quería era no volver a ver más a este hueón, así que el tipo me preguntó por ti, mirando a mi mamá y por ti, mirándome a mi, y ahí me acordé, ahhhh, me dije, este hueón es el papá del Carlitos, y cuando supe eso ya me tranquilicé y le dije que estaba medio apurado, que tenía que irme, pero a este hueón no le bastó con hueviarme y contarme estupideces, porque me tuvo como diez minutos acorralado entre las cervezas y mi carro, me preguntó si podía comprarle un pack de cervezas, que andaba sin plata y que quería seguir pasándolo bien y yo lo miré a los ojos y le iba a preguntar si me estaba hueviando, pero finalmente decidí que era mejor comprarle las cervezas y así acababa con el problema, así que agarré un pack de seis y lo metí al carro y nos fuimos a la caja, por suerte yo estaba listo, me cago tener que aguantar a ese hueón borracho persiguiéndome por todo el supermercado, estaría hasta hoy ahí metido, y pagué todo y le pasé sus cervezas, inventé una excusa y me fui cagando al auto. 

Mi mamá no se aguantaba la risa y se tapaba la boca como si tuviera vergüenza, y yo me reía, pero no de la historia, yo me reía de felicidad porque no recordaba cuando fue la última vez que habíamos estado los tres así, riéndonos y pretendiendo que nada nos separaba. Al poco rato la algarabía se opacó por un silencio que aproveché de maquillar con Band On The Run, completo, y mi papá celebró la elección y cantamos cada una de las canciones hasta que el disco se acabó y mi mamá me dijo que le parecía muy divertido que yo escuchara la misma música que mi papá, que cuando ella viajaba conmigo era como viajar con mi papá, era como viajar en el tiempo, que esas canciones le gustaban porque eran como volver al pasado y acordarse de muchas cosas. 

Luego nos volvimos a callar y cada uno se fijaba en distintos aspectos del paisaje, yo miraba las montañas que parecían estar demasiado cerca del mar y mi mamá supongo que miraba el cielo, y mi papá el camino, concentrado, y yo miraba ahora el mar y pensaba en lo lindo que debe ser vivir en una ciudad con mar, verlo todos los días y escaparse en sus movimientos, dejarse llevar por el ir y venir de las olas, imaginar las profundidades y el mundo submarino, todo lo que esconde el océano, y después pensé en las veces que yo lo desafié y casi terminé ahogado, dando vueltas entre ola y ola pensando que ahí se acababa todo, saliendo a penas y sin que nadie notara mi desesperación, disimulando el miedo que sentí cuando tragaba el agua salada y la escupía haciendo arcadas. 

Los tres nos sabíamos el camino de memoria y siempre parecía faltar poco para llegar, pero lo cierto es que aún nos separaban, según el último cartel, 110 kilómetros para La Serena. Como de costumbre, paramos en el servicentro de Socos y mi mamá se levantó para estirar las piernas mientras mi papá conversaba animadamente con el bombero que después iría a atender a otro cliente. Yo miraba a mi mamá caminar y mirar los árboles, como si estuviera descubriendo en ellos algo que buscaba, algo desconocido pero a la vez buscado durante mucho tiempo, y mi papá que me dice, es linda tu mamá, y yo que permanezco callado, pensando una respuesta acorde a esa verdad que él me estaba diciendo, pero no se me ocurre nada, o quizás no quiero decir nada, y le digo que sí, que mi mamá es muy linda, y la vemos acercarse a la camioneta mientras el viento la despeina. 

De vuelta en la carretera para enfrentar el último tramo suena ahora Somebody To Love y yo intento no cantar, pero no puedo, imposible resistirse a la potencia de Freddy Mercury, así que me dejo llevar mientras mis papás hablan ahora sobre la casa de La Serena, discuten sobre los posibles arreglos que habrá que hacer, después de todo son más de veinte años sin una buena restauración, y yo les digo que me gusta como está la casa porque me recuerda cuando vivíamos ahí, y mi papá me dice que vivimos solo un par de años, que yo era muy chico, que cómo me iba a acordar, y yo le digo que sí me acuerdo de muchas cosas, y que me acuerdo de muchas otras cuando ya no vivíamos ahí, pero cuando aún nos íbamos de vacaciones juntos, y que en las paredes amarillentas y en el óxido de los marcos de las ventanas estaban nuestras historias como tatuadas, y mi mamá me dice que sí, pero que hace falta arreglarla porque se ve feo, y mi papá dice que mientras más tiempo pase más caro saldrá todo, y parece sensato lo que dice, así que callo, pero sigo pensando en las paredes amarillentas que tantas veces he visto al despertar con el sonido del mar. 

Les menciono, mientras pasamos el último peaje, uno de mis primeros recuerdos, los tres paseando por la Avenida del Mar, una Avenida del Mar distinta, que llevándola a las palabras desde mi recuerdo parece desfigurarse, pero que es blanca, desierta, joven, interminable e inocente, una Avenida del Mar que alberga mis primeros pasos y por la que yo camino o corro, y por la que mis papás lucen tan jóvenes y llenos de energía, tan absortos por la incertidumbre del futuro, entusiasmados por todo lo que nos depara, y yo que me caigo como de costumbre y que lloro como de costumbre, y mi papá que me recoge del suelo riéndose y diciéndome que no pasó nada, y mi mamá que me da un beso y los tres que nos abrazamos, y mi llanto que se diluye en el calor de familia nueva. 

Les cuento de la sensación que me da cada vez que paso por ese lugar, de la inagotable melancolía que me acompaña cuando veo la fotografía, tomada por un vecino, que retrata ese momento, y que inmortalizó el tiempo con el que yo muchas veces sustenté mi presente tratando de entender las circunstancias que nos llevaron, muchos años después, a tomar caminos distintos, tratando de entender la vida, y que cada vez que yo veía esa fotografía yo lograba seguir mi camino, y que de alguna forma, este viaje, estando nosotros tres en la camioneta de mi papá viajando hacia donde todo empezó, por primera vez en muchísimos años, era recobrar un leve fragmento de esa historia, era sentirse refugiado en ellos, a merced de la vida y sus caminos. 

Me distraigo con la Cruz del Milenio que aparece de repente y que siempre ha sido el indicio de nuestra llegada permitiendo sentirnos de vuelta en casa, y ahora suena The Way You Make Me Feel y mi mamá se entusiasma y le sube el volumen, y mi papá que se entusiasma también y le sube un poco más y la camioneta que va adentrándose primero junto a la Herradura, luego por Coquimbo y finalmente por la Avenida del Mar, y los tres que bajamos nuestras ventanas y que dejamos que la brisa marina nos refresque y nos de la bienvenida, y mi tierra, dueña de gratos momentos, que se va apareciendo nuevamente, como tantas otras veces. 

Nos estacionamos y luego de bajar las maletas y abrir la casa salgo hacia el patio que está a sólo pasos del mar y me siento en el pasto a escuchar las olas, y luego miro hacia adentro y veo a mi mamá guardando algunas cosas en el refrigerador, y a mi papá que se sienta en su sillón favorito, y veo mi reflejo pero no me veo a mí sino al niño que alguna vez jugó en esos mismos lugares, y por un momento considero perderme en mi reflejo y dejarme llevar y averiguar hacia dónde terminaré yendo, pero me distraigo con una gaviota, entonces me estiro sobre el pasto y miro hacia el cielo y luego cierro los ojos intentando dimensionar ese presente, queriendo apoderarme de él para siempre, queriendo que este viaje excepcional de dos días no se nos acabe. 

Vuelvo a abrir los ojos y me pongo de pie, voy hacia adentro y veo las paredes amarillentas, noto desde lejos el óxido de las ventanas, y mi papá que sostiene una cerveza, y mi mamá que sostiene un pisco sour, y yo que me sirvo una cerveza, y los tres que brindamos. Cierro los ojos durante el primer sorbo. Y los vuelvo a abrir. 


miércoles, 6 de abril de 2016

El cable

Lo único que quería hacer era comprar un cable para cargar mi teléfono. El cable que tenía para cargar mi teléfono había terminado de morirse luego de que mi gato se entretuviera largos momentos sin que yo lo notara, moviéndolo con la pata y luego mordiéndolo hasta destrozar las conexiones internas por las que pasaba la energía. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde y mi gato dormía sobre el cable que ya no era mi cable para cargar el teléfono, sino que era el cable que él perseguía y con el que jugaba hasta dormirse. 

Así que ahí estaba, esperando detrás de una mamá y su hijo que le hacían preguntas al único vendedor de la tienda, que les explicaba los atributos del teléfono más vendido, un teléfono maravilloso, decía él, cuyo precio se condice totalmente con su rendimiento, el más bueno, el más bonito, el más barato, sí, él dijo el más bueno y soltó una risita después de decirlo, y arqueaba todos los dedos menos el anular y repasaba sin tocar el teléfono, haciendo hincapié en el detalle de las terminaciones, como si en esa posición de sus dedos y en esa fina distancia hubiese sofisticación. 

El niño, catorce o quince años, movía inquieto su pie izquierdo, y preguntaba por la cámara, cuántos megapixeles en la frontal, para las selfies, decía él, y su mamá lo miraba como extrañada, como si ese no fuese su hijo y como si por primera vez se diera cuenta de la distancia inexorable que los separaba, y el vendedor le hablaba de las prestaciones de la cámara, del modo belleza o el modo nocturno, para los carretes, le dijo, y le guiñó un ojo buscando complicidad, a lo que el niño le respondió con una risita nerviosa, mirando a su mamá, que preguntaba si en definitiva el teléfono era bueno, si se compraba mucho, y el vendedor le respondía que sí, que no tenga dudas que esa era la mejor opción para su hijo, que ese teléfono es el más comprado por los adolescentes porque es el único que satisface todas las necesidades. 

Debo decir que la mamá no parecía muy convencida, pero aún así entregaba toda su confianza en el vendedor, que le hablaba sobre el sistema operativo y los dual-core, o los quad-core, y la rapidez de la interfaz, y el almacenamiento interno, sobre la dual-sim, sobre la memoria expandible hasta 64 gb y un montón de otras cosas que se me olvidaron porque me distraje con el hijo que no dejaba de mover su pie izquierdo con impaciencia, como si todo lo que se estuviese diciendo fuese un protocolo innecesario porque el tiempo apremiaba y lo único que importaba era tener el teléfono lo antes posible en sus manos y usarlo hasta la tortícolis, llenando esa memoria con fotos y videos y juegos y conversaciones azarosas. 

La impaciencia del hijo se traspasó a mí porque ahora me sentía cada vez más apresurado, cuando en realidad no tenía más que hacer, y poco a poco comencé a tomar preferencia por el adolescente que se notaba inquieto y que cada vez que tenía el teléfono en sus manos dibujaba una sonrisa indisimulable, palpando cada centímetro del aparato, moviéndolo con destreza, con un pulgar entrenado durante varios años, desde su primer teléfono de mierda cuya cámara era nefasta y ciertamente no se comparaba con el que sostenía ahora, un pulgar que se había preparado para este momento, para manipular un celular de las grandes ligas y cumplir así el sueño de todo joven que precisa tecnología para llevar una vida común y corriente, porque hoy lo común y lo corriente es fijar las atenciones en una pantalla en desmedro de los entornos y las realidades. 

Me hubiese gustado interrumpir el ir y venir de preguntas y respuestas, pero la sincronía que protagonizaban el vendedor, la madre y el hijo parecía infranqueable y cualquier intento de interrupción hubiese parecido un desatino tremendo, además que mi falta de ímpetu para sobreponer mis intereses por los del resto en actos de rebeldía como el que me planteaba se veía lejano, en un universo en el que yo no me presentaba en tiendas para comprar un cable porque mi gato lo había destrozado, sino uno en el que no tenía gato sino novia y una bodega llena de artículos tecnológicos capaces de sacarme de cualquier apuro. 

Así que seguí esperando. Era el turno de la inspección ignorante de la mamá, que le tomaba el peso al teléfono, que preguntaba si aguantaba golpes, que veía como el vendedor aprovechaba la situación para ofrecer una carcaza especial para los embates, que podía ser añadida por sólo diez mil pesos, una oferta que tenemos, dijo, y la mamá que no lo miraba a él sino al teléfono, que recorría con su dedo índice las pantallas, que de seguro no entendía nada, pero que simulaba una rigurosa fiscalización para darnos a entender a todos los presentes que ésta no era una decisión que tomaba a la ligera, que bastaba un mal indicio para acabar con la operación. 

Mentiría si digo que no me molestaba todo el tiempo que se estaban tomando sin considerar mi presencia. Por un momento llegué a sopesar la idea de que en realidad no sabían que yo estaba ahí, pero luego me di cuenta que era imposible, que nadie podía tener tan mala percepción de las cercanías, pero sí podían haber quienes no respetan los tiempos en situaciones como la que yo presenciaba tan de cerca. Me enfadé, porque el vendedor cruzaba su mirada con la mía y volvía al teléfono, a la mamá o al niño, y continuaba sin apurar nada, concentrado en las inquietudes de los clientes, esperando no perderlos y con ello el bono por venta superior a doscientos mil pesos. 

Si mi gato no hubiese hecho migas con el cable hasta el punto de considerarlo su amigo-juguete-desestresante (aunque no sé qué niveles de estrés puede tener ese gato) y hacerlo parte de su intimidad no sin antes dejarlo inutilizable, todo este desborde de materialismo cayendo desde los bolsillos de la mamá, que ahora parece más convencida tras sacarse una selfie en modo belleza que realzó sus escondidos atributos, no estaría siendo parte de mi sábado por la mañana. Pero ahí estaba, sin encontrar el valor para preguntar por el puto cable, perdiendo los estribos cada vez que la vieja culiá hacía otra pregunta estúpida. 

Recuerdo el silencio. La mirada del vendedor buscaba quebrarlo, pero la tensión provocada por el pensamiento de la mamá, por esa toma de decisión obvia pero resistida, era inquebrantable. Yo estaba harto, pero sabía que pronto esto llegaría a una conclusión satisfactoria para el hijo que miraba a su mamá de reojo, intentando persuadirla con una cara de niño bueno que a partir de ese momento encausará su vida por rumbos responsables, motivo de orgullo, dejando atrás la hipocresía de sus actos y sus errores. Bueno, dijo la mamá mirando a su hijo, al que le brillaban los ojos de alegría, vamos a hacerle el regalo de cumpleaños adelantado y nos llevaremos el teléfono. 

El hijo abrazó a su mamá y la besó en la mejilla. Gracias, mamá, dijo, gracias, te juro que no te arrepentirás, voy a estudiar y me voy a sacar buenas notas, no voy a pelear con mi hermano y te voy a ayudar a lavar los platos, gracias, mamita, gracias. Excelente, dijo el vendedor, que sonreía pensando en ese bono, permítame el teléfono para ingresar la venta y agilizar las cosas. La mamá soltó una pequeña risa y le dijo al hijo que le cobraría la palabra mientras lo abrazaba y le devolvía el beso. 

Luego de pagar en cómodas cuotas el vendedor le entregó el teléfono al hijo junto con la caja y los accesorios. Gracias, hasta luego, dijo la mamá, Chao, gracias, dijo el hijo y sonriéndome como si los treinta y cinco minutos que esperé hubiesen sido un regalo del señor, me esquivaron y se fueron de la tienda. Quedamos yo y el vendedor mirándonos las caras, él todavía sonriente, yo cada vez más mosqueado, pero aliviado porque pronto podría estar de vuelta en casa. 

Hola, buenos días, quisiera saber si tienes un cable para cargar este teléfono, le dije mostrándoselo. Dudó unos segundos y me dijo que vería atrás en la bodega si le quedaba alguno. No alcancé a responderle y ya se había escabullido dejándome solo frente a la caja. Demoró cinco, seis minutos y volvió con las manos vacías. Disculpe, señor, no nos quedan para ese modelo, la próxima semana nos llega un nuevo cargamento ¿Le gustaría dejar uno reservado?.

No sé si solté un mierda o un por la chucha o un vieja conchasumadre o un me cago en la puta. Lo cierto es que abandoné la tienda muy enfadado por el tiempo perdido, pensando en algún lugar cercano para hacer la misma averiguación, queriendo en realidad irme a casa y decirle en la cara al gato que por su culpa yo estaba llegando tan tarde con mi cable y con su comida, así que si tienes ganas de comerte mis cables, te aguantas el hambre de comida real, pensé que le diría. 


Bastaron unos pocos pasos en dirección a otra tienda cuando divisé, no muy lejos, al hijo con la mamá. Se veían felices, esperando que la luz roja sea verde para cruzar la avenida. Me quedé mirándolos mientras se perdían entre el concreto y las personas, llevándose consigo la nueva adquisición y mi tiempo. Sacudí la mirada y los pensamientos y volví a enfocarme en el cable, en el puto cable. 



lunes, 4 de abril de 2016

De cómo imaginé a Rocío

Mientras una leve llovizna acompañaba mi caminata nocturna pensé en cómo escribiría Rocío. 

Yo nunca caminaba de noche. Sin embargo esa vez parecía idóneo para despejar las ideas. 

Nunca había leído algo escrito por Rocío y creo que en ningún caso ella podía sentir ganas de escribir.

Aún así me lo pregunté. Que cómo sería leer un cuento escrito por ella, o un ensayo. 

No un wassap o un estado de Facebook. Algo de mayor elaboración, algo en lo que ella sienta que debe expresarse y esforzarse por un buen resultado.

Doblé por la primera callecita a la derecha, una callecita larga y desolada, angosta para autos pequeños, con bancos en cada vereda. 

Me pregunté también cómo serían sus faltas de ortografía. Todos tenemos, y precisa leer un texto con faltas ortográficas para conocernos realmente. 

Imaginé que podían ser los acentos. Siempre pasa, nada extraño. Imaginé que podían ser las eses o las ces, o las íes griegas.

Pero no, Rosario no parecía padecer de esas erratas. Rosario parecía tener consigo una ausencia de puntos seguidos, exceso de comas. 

Como si tuviese mucho que decir, tanto así que las palabras se le tropiezan porque sus ideas van más rápido que sus dedos. 

Doblé nuevamente a la derecha y esta vez caminé por el paseo en forma de curva hacia el edificio. 

Imaginé un texto enloquecido, conjunto de conceptos atropellándose para concluir que el amor es necesario al menos una vez en la vida. 

Porque ella hablaría de amor, eso me imaginé. 

Llegando al edificio la llovizna sigue acompañando. Subo las escaleras y abro la puerta. 

Imagino por última vez a Rocío. Escribiendo y leyéndome su texto en clave declaración de principios. 

Ella ignora que su texto sería una declaración de principios. Pero yo sí lo sabría y ella estaría leyéndose a sí misma. 

Leyendo su cuerpo y sus temores, leyendo cada fragmento de inocencia restante y determinación desencadenada. 

Desnudando cada recodo pudoroso, entregándome su versión más esencial, la más fidedigna. 
Así imaginé a Rocío.

Tal vez por eso no suelo caminar de noche.