lunes, 4 de abril de 2016

De cómo imaginé a Rocío

Mientras una leve llovizna acompañaba mi caminata nocturna pensé en cómo escribiría Rocío. 

Yo nunca caminaba de noche. Sin embargo esa vez parecía idóneo para despejar las ideas. 

Nunca había leído algo escrito por Rocío y creo que en ningún caso ella podía sentir ganas de escribir.

Aún así me lo pregunté. Que cómo sería leer un cuento escrito por ella, o un ensayo. 

No un wassap o un estado de Facebook. Algo de mayor elaboración, algo en lo que ella sienta que debe expresarse y esforzarse por un buen resultado.

Doblé por la primera callecita a la derecha, una callecita larga y desolada, angosta para autos pequeños, con bancos en cada vereda. 

Me pregunté también cómo serían sus faltas de ortografía. Todos tenemos, y precisa leer un texto con faltas ortográficas para conocernos realmente. 

Imaginé que podían ser los acentos. Siempre pasa, nada extraño. Imaginé que podían ser las eses o las ces, o las íes griegas.

Pero no, Rosario no parecía padecer de esas erratas. Rosario parecía tener consigo una ausencia de puntos seguidos, exceso de comas. 

Como si tuviese mucho que decir, tanto así que las palabras se le tropiezan porque sus ideas van más rápido que sus dedos. 

Doblé nuevamente a la derecha y esta vez caminé por el paseo en forma de curva hacia el edificio. 

Imaginé un texto enloquecido, conjunto de conceptos atropellándose para concluir que el amor es necesario al menos una vez en la vida. 

Porque ella hablaría de amor, eso me imaginé. 

Llegando al edificio la llovizna sigue acompañando. Subo las escaleras y abro la puerta. 

Imagino por última vez a Rocío. Escribiendo y leyéndome su texto en clave declaración de principios. 

Ella ignora que su texto sería una declaración de principios. Pero yo sí lo sabría y ella estaría leyéndose a sí misma. 

Leyendo su cuerpo y sus temores, leyendo cada fragmento de inocencia restante y determinación desencadenada. 

Desnudando cada recodo pudoroso, entregándome su versión más esencial, la más fidedigna. 
Así imaginé a Rocío.

Tal vez por eso no suelo caminar de noche. 



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