Cuando entré a la habitación me puse muy nervioso. Tranquilo, es normal, me dijo. Tantos años esperando este momento, tantas películas, libros, testimonios escuchados, y ahí estaba, ad portas de mi primera vez. Hasta el momento no era como lo había imaginado. La habitación era grande, quizás demasiado, las paredes blancas y el techo también. Ropa interior en el suelo cerca del baño y un cenicero junto al velador llamaron mi atención. A medida que nos acercábamos a la cama el pecho se me apretaba y el aire comenzaba a faltarme, pero no me permití arruinar el momento. Las sábanas eran también blancas, de seda. Cuidadosamente movió el cubrecamas y la impresión me dejó sin habla. Tranquilo, volvió a decir, si te sientes incómodo puede esperar. Negué con la cabeza y luego de tomar aire comencé. Enfoqué y oprimí el obturador. Repetí el ejercicio diez veces más, por toda la habitación. De vuelta en el laboratorio no podía sacarme de la cabeza sus ojos, todavía abiertos, el anillo en la mano izquierda y la sangre seca como tatuada en el colchón. Tranquilo, me dijo, con el tiempo se pasa; la primera vez siempre es la más difícil.
sábado, 25 de junio de 2016
viernes, 24 de junio de 2016
Pareja en un café
En la ventanilla hay pegado con scotch un papel blanco con el dibujo hecho a carboncillo de la iglesia del pueblo. En la mesa hay una taza de té aún hirviendo y las gotas de lluvia todavía se pueden apreciar en el plástico del ramo de flores. La mujer mira hacia afuera mientras el hombre revuelve con la cuchara el té que parece destinado a no enfriar. El mesero, que notó desde el principio la tensión, espera un tiempo prudente para acercarse y preguntar si necesitan algo más. Los mira desde la barra como escondido detrás de la máquina de café y especula con las razones del evidente distanciamiento de la pareja. La mujer se lleva las manos a la cara y leves estertores anuncian un llanto que debería desencadenarse demasiado pronto. El hombre sigue revolviendo el té, de vez en cuando sopla, no levanta la mirada. El mesero sabe que no es un buen momento para hacer la pregunta, pero el protocolo del café es estricto y el jefe lo supervisa cada vez que puede. Se acerca tratando de aparentar naturalidad, pregunta si necesitan algo más, la mujer sigue con las manos tapando su cara, el hombre masculla algo, quiere la cuenta, el mesero la trae. Todo seguirá igual. El hombre pagará, la mujer seguirá estando siempre a punto del llanto, el hombre no beberá su té, afuera la lluvia se hará cada vez más fuerte y las flores terminará siendo la cruel ironía del asunto.
jueves, 23 de junio de 2016
No ficción: Mi delirante relación con la selección de Chile
Me gusta el fútbol y mucho. Es, quizás una de las pasiones de mi vida. Sin embargo no me desvivo por algún equipo en específico, no siento la emoción desbocada que siente el hincha común cada fin de semana por saber el devenir del club de sus amores. Lo mío es más bien el placer de ver buen fútbol. Estoy siempre al tanto del presente del torneo nacional como de lo que ocurre en el extranjero y cuando el tiempo y las transmisiones televisivas me lo permiten, observo con mucho gusto los partidos que estén disponibles.
Un fenómeno totalmente distinto es el que se apodera de mí cuando juega Chile. Desde que tengo memoria, acaso la herencia de una familia futbolizada, la selección chilena me ha estado acompañando tardes, noches y madrugadas, lo que con el tiempo ha ido en paulatino crecimiento hasta el punto de despertar en mí una euforia contenida que quizás vale por todos los fines de semana en los que estoy ausente de verdadera emoción futbolística.
Mis primeros recuerdos de la selección chilena vienen de las eliminatorias para el Mundial de Francia 98. Se me vienen a la cabeza de manera ineludible la imagen de Salas y Zamorano, como también ciertos partidos en particular que se alojan en mi memoria. Por ejemplo un 4 a 1 a Colombia en el Estadio Nacional, partido al cual asistí con mi papá, un amigo colombiano y su hijo.
De ahí en adelante los recuerdos son más vivos. Ver los partidos de Chile en el Mundial de Francia en la sala de clases con una televisión que un compañero facilitó para el curso; Correr muy temprano en la mañana hacia un abrazo único con mi papá -a quién no le interesa en lo más mínimo el fútbol- por uno de los goles de Chile contra España en los Juegos Olímpicos de Sidney; la debacle chilena hacia el Mundial del 2002; la despedida de Zamorano frente a la Francia de Zidane; el empate 2 a 2 de Chile frente a Argentina jugando en el Monumental de River, camino a Alemania 2006; los goles históricos de Salas frente a Bolivia; la posterior y nueva eliminación en las eliminatorias.
Podría seguir y podría seguir nombrando momentos de amargura, los cuales fueron mayoría, por cierto. A modo de ejemplo: la primera derrota en la historia ante Venezuela, como locales y en un estadio lejos de completarse; las constantes humillaciones propinadas por Brasil; las eliminaciones en Copa América; los casos de indisciplina; los mandatos de Pedro García, Juvenal Olmos, Jorge Garcés y Nelson Acosta; el arraigado pesimismo, un pesimismo doloroso y violento, cada vez que se daba el pitazo inicial.
Hasta esos años ser hincha de Chile era un verdadero sufrimiento, lo que no me distanciaba del televisor y algunas pocas veces del estadio cada vez que la selección chilena jugaba. No obstante hay un momento de inflexión en mi capacidad de entender lo que provocaba en mí la selección de Chile.
Copa América 2007, Venezuela. Primer partido de la fase de grupos, Chile enfrenta a Ecuador. Son las 18:50 horas y el partido ya ha comenzado. Ecuador gana 1 a 0. Yo, un adolescente que lucha con los malos rendimientos académicos, observo el partido con atención, cuando mi mamá me dice que vaya al comedor porque llegó la profesora de matemáticas.
Llevaba un par de meses teniendo clases particulares de matemáticas con una profesora joven, muy amable, y con la cual tenía una buena sintonía. Sin embargo aquella tarde su aparición no estaba en mis planes. Por supuesto su llegada a mi casa no fue producto de su antojo, sino que respondía al itinerario semanal que previamente había acordado con mi mamá. El problema era que yo lo había olvidado. Y mi reacción al verla llegar con su maletita y sus tacos dando pasos silentes y sonriéndome, es algo que me persigue hasta el día de hoy.
Si bien en un principio traté de disimular el disgusto, parece que mi rostro era incapaz de demostrar lo contrario, por lo que al ser consultado por la profesora y su dulce voz sobre mi ánimo, le conté. Le conté que mientras nosotros nos disponíamos a tratar de encarrilar mi decepcionante y casi irreversible rendimiento en matemáticas, Chile debutaba en Copa América. Ella, por supuesto, no le dio demasiada importancia y volvió a poner su dedo en uno de los ejercicios que yo no entendía en lo absoluto.
Esto fue despertando en mi una ira desconocida. Su apatía y mi desconocimiento respecto a lo que estaba ocurriendo en el partido me tenían fuera de foco. Cuando acabó la hora de clases y yo me disponía a despedirme y correr hacia mi habitación para ver el segundo tiempo, sucedió lo impensado. “Hoy haremos dos horas porque la semana pasada no pude venir, tal como acordé con tu mamá”. Perdí los estribos. Una pataleta digna de un niñito malcriado se apoderó de mí. La furia contenida se hizo presente y me negué rotundamente, provocando un escándalo que se evidenciaba en mi rostro colorado y caliente.
Obviamente mi mamá al darse cuenta de la escena que yo estaba protagonizando me obligó a sentarme y a seguir con las clases. Pero nada fue lo mismo. A la mala intenté superar la desidia ante una profesora desconcertada por mi comportamiento. Acabadas las dos horas, me despedí prácticamente obligado de la pobre profesora que ninguna culpa tenía y me fui a mi habitación. Fue la última vez que la vi.
Cuando prendí el televisor el enojo fue aún mayor al darme cuenta que Chile había dado vuelta el resultado y en un partido increíble había ganado agónicamente por 3 a 2. La desazón por haberme perdido el partido era algo que nunca había sentido y que con el pasar de las horas, ya más calmado, me costó comprender. Nada volvería a ser igual.
Con la llegada de Marcelo Bielsa y la mejora en el juego me prometí no perderme nunca más un partido de Chile. Comenzaron a llegar las victorias de la mano de un juego ofensivo y vistoso, algo a lo que no estábamos acostumbrados. Para cada partido nos reuníamos con mis amigos, hacíamos asados, nos emborrachábamos y juntos conformábamos una vorágine inalterable de descontrol, al cual yo le agregaba mi propia cuota de excesiva desmesura con vociferaciones exageradas, saltos, cánticos y celebraciones eufóricas, todo demasiado alejado de mi verdadera personalidad, más acercada a la parsimonia y el silencio.
La clasificación a Sudáfrica en ese partido de infarto ante Colombia en Medellín fue la culminación de un sueño, hecho que celebré junto a mis amigos incitados por la vehemencia desmedida que significaba para nosotros el privilegio de ser parte del certamen deportivo más importante del mundo.
El tiempo pasó, se fue Bielsa, llegó Borghi, se fue Borghi, llegó Sampaoli, fuimos a otro Mundial, ganamos la Copa América, se fue Sampaoli y llegó Pizzi (casi siempre viendo los partidos con amigos, siguiendo la misma línea de comportamiento). Mientras tanto el éxtasis incontrolable que me producía ver a Chile seguía creciendo hasta el punto de comenzar a manifestarse con pequeños indicios, primero durante el día previo y luego, más gravemente, una semana antes… ¡Una semana antes!
Dolores de estómago, nerviosismo, falta de concentración y una sensación de angustia en el pecho eran los síntomas que hasta el día de hoy me acompañan cada vez que se acerca un partido de importancia (para los amistosos, debo decir, he sabido regular las expectativas).
De alguna u otra forma he logrado arreglármelas para ver todos los partidos de Chile y puedo decir con certeza que no me he perdido ninguno. Hasta este año.
Otro antecedente antes de seguir: Cuatro veces he llorado por la selección. En el himno de Chile ante Australia, en el debut por el Mundial del 2014; cuando le ganamos a España y los eliminamos, en el mismo Mundial; cuando perdimos por penales ante Brasil, mismo torneo; cuando ganamos la Copa América. Normalmente me avergonzaría, no me cuesta hacerlo, pero por alguna razón inexplicable es algo que no tengo temor en admitir.
Llevo viviendo en Madrid casi siete meses y una de mis grandes preocupaciones antes de venirme era la logística para no perderme ningún partido ya que debido a la diferencia horaria y a la desconocida oferta de transmisiones ya sea en bares, televisión o Internet no había certeza respecto a la verdadera posibilidad de ver los partidos.
Durante ese periodo Chile ha jugado en nueve ocasiones. Dos amistosos, dos partidos por clasificatorias (hay que hacer la distinción ahora que somos un país que se obligó a tener mentalidad ganadora) y cinco veces por la Copa América Centenario.
El balance hasta ahora: Sólo he podido ver cinco partidos completos. El 2 a 1 frente a Argentina por las clasificatorias, el cual terminé viéndolo con dos argentinos en un bar Argentino… lleno de Argentinos. Peor imposible. Debí tratar de contener mis emociones y terminé sucumbiendo ante la derrota y mi soledad en calidad de doble extranjero (en el bar y en el país).
Decidí ver el partido ante Venezuela, el cual ganamos por 1 a 4 en calidad de visitantes, en la tranquilidad de mi habitación. Debo decir que la transmisión era bastante decente y no me trajo inconveniente alguno. Lo malo fue que no pude gritar los goles como quise porque, claro, acá eran las dos de la mañana en día laboral.
Frente a Jamaica perdimos y me quedé dormido. Frente a México, lo mismo. Por primera vez estaba traicionando mi lealtad a la roja, algo que me ahuyentó cada noche posterior, pero logré calmar la irrisoria sensación haciéndome entender que eran amistosos.
No obstante la situación empeoró. Chile venía jugando mal, con muchas dudas y debutaba ante la Argentina de Messi. ¿El problema? Había recién llegado a Berlín, el partido era a las cuatro de la mañana y si bien puse la alarma (dormí antes un par de horas) falló la transmisión. No pude dormir tranquilo, soñé que ganábamos y cuando desperté y supe el resultado algo cambió. Habíamos perdido y de alguna u otra forma me había ahorrado el disgusto.
Obviamente no me gusta que Chile pierda, pero el no haberlo visto era menos doloroso, no así se alejaba la sensación de culpa. Luego sería lo mismo. Aún en Berlín, Chile juega con Bolivia y debe ganar para seguir vivo. Pero yo estoy en otra, viendo a un grupo de Electrocumbia peruana, sin internet en el teléfono y un poco decepcionado del fútbol de Chile y de mí. Cuando tuve acceso a Internet y supe que Chile había ganado con un penal en el minuto 100, no sentí nada.
De vuelta en Madrid, sin arrepentirme de haberme perdido los partidos, traté de redimirme y volví a presenciar cada uno de los siguientes. Panamá, México y ayer, Colombia, partido que terminé de ver a eso de las seis de la mañana.
No tardaron en volver los síntomas previos a los partidos. Volví a sentir el éxtasis de los goles y la angustia con cada contragolpe contrario. Celebré en silencio y en soledad el paso a la final de la Copa América Centenario y antes de acostarme me di cuenta de algo: Aprendí a matizar los sentimientos.
Es que claro, no me queda otra. Estamos a una victoria de volver a hacer historia. Cómo me gustaría estar el domingo con mis amigos, volver a transformarme en eso que sólo la selección logra y emborracharme en el delirio que sólo el fútbol puede llegar a convocar.
He de conformarme con tener un buen resultado. Pero más allá de eso, más que lidiar con la desmesura, seguiré trabajando el desconsuelo de no poder compartir un momento tan importante con los que saben de mi afición por el fútbol de la selección. Alentaré a la roja a mi manera, a mi nueva manera, y volveré a Chile sabiendo que sobreviví una Copa América, una muy buena Copa América, luchando con mis particularidades a casi 11.000 kilómetros de distancia.
martes, 21 de junio de 2016
(A veces) es mejor seguir recordando
Uno no elige los recuerdos que almacena en la memoria. Hay, claro, muchos que tienen importancia y que de alguna u otra forma nos definen como personas, o tal vez son indicios de lo que éramos y cómo veíamos el mundo en ese entonces. En cambio hay otros que sólo están ahí, como puestos por el azar, acompañándonos toda la vida y apareciendo de vez en cuando.
Este recuerdo es uno de los segundos, esos que aparentemente no importan. Hace mucho tiempo que no lo recordaba por lo que me sorprendió encontrarme en la fila del banco, una fila extensa y lenta, pensando en este particular momento.
Cuando era pequeño me gustaba jugar con legos. Con ayuda de mi madre armaba complejas construcciones y a veces, por cuenta propia, construía objetos de nula estética pero cargados con toneladas de imaginación. Me gustaba ir ensamblando de manera antojadiza y luego tejer historias fantásticas en cada recoveco de mi casa, cuyos protagonistas eran siempre los pequeños hombrecitos de lego de color amarillo.
Pero a medida que iba perdiendo el interés, sin importar en qué lugar de la casa estuviera, dejaba desparramadas las piezas, lo que provocaba una reprimenda por parte de mi madre y la pérdida inevitable de una que otra pieza o figura.
Fue así como una tarde después de llegar del colegio y hacer mis tareas me fui arrastrando, porque por alguna razón tenía la costumbre de aprovechar el suelo resbaladizo, hacia el living, en donde después de saltar sobre el sillón encontré detrás de la puerta que daba hacia la entrada de la casa uno de los hombrecitos de lego.
No sé por qué pero me quedé observándolo con asombro, preguntándome cuánto tiempo llevaba allí ese solitario hombrecito, cuyo cuerpo seguía en posición de asiento con los brazos alzados hacia arriba, esperando tal vez el rescate que no le daría.
Desde aquella tarde y cuando su imagen de soledad se aparecía en mi cabeza, rondándome junto a la leve reprimenda que me llegaría si alguien lo encontrara, fui asiduo testigo de su presencia, detrás de esa puerta, junto al polvo y pronto a las telarañas.
Pasó el tiempo y ese espacio de la casa, tan accesible para todos pero a la vez tan escondido, se transformó en lugar de peregrinaje, hacia el cual yo llegaba con ánimos de meditación, extrañado aún por la inexorable soledad del hombrecito de lego.
Nunca hubo tentación para llevarlo conmigo, parecía correcto verlo en su designio y esperar algún cambio en la norma. Tardes enteras éramos sólo él y yo. Toda una vida suya la de quietud y desamparo.
“Siguiente” escuché por segunda vez y una mano me tocó el hombro. Como despertando de un sueño caminé hacia la caja, entregué el depósito y luego me fui a casa pensando en que no tengo recuerdos respecto al destino del hombrecito de lego.
Al llegar lo primero que hice fue ir hacia el living con la extraña sensación de querer volver a mirar detrás de la puerta. Algo me decía, una especie de corazonada, que allí podía seguir estando el hombrecito de lego, envuelto en polvo y soledad, pero a la vez parecía un escenario demasiado improbable.
Aún así inexplicablemente sentí una batalla de fuerzas, una que me llamaba a asomarme detrás de la puerta y otra que me decía que dejase todo como estaba. Qué idiota, pensé. Era como si en caso de no estar, el último retazo de infancia se hubiese ido, y en el caso contrario, como si la soledad siguiera siendo una constante de la vida del hombrecito de lego, acaso espejo de la mía.
Entonces tomé la manilla de la puerta.
Pero desistí.
miércoles, 15 de junio de 2016
El joven de las palomas
Un joven que padece de un desgano creciente, se sienta en una banca a mirar a las palomas. Las ve mover sus cuerpos torpemente y sin un destino claro.
De pronto una de las palomas se le acerca y con el asco de toda la vida estira la pierna para que la paloma se aleje.
Pero la paloma no se aleja.
Se comienzan a acercar las demás palomas, hasta rodear sus piernas. El joven deja de sentir asco y pronto se siente extrañamente acompañado.
Parece sólo lógico retribuir la compañía con las migas del pan que había preparado para más tarde.
Después de un tiempo, se levanta y sigue con su día, inusitadamente contento.
El desgano volvió a penas llegó a casa, esa misma noche.
A la mañana siguiente apareció en el mismo parque, se sentó en la misma banca, reconoció a un par de palomas y volvió a repetir lo del día anterior.
En un principio sentía culpa, pero conforme el tiempo pasaba y la soledad dejaba de ser una preocupación, comprendió su nueva vida: era el joven de las palomas.
La voz comenzó a correrse y grupos de curiosos se acercaban a ver cómo el joven compartía y alimentaba a sus amigas las palomas.
Él pretendía no verlos, pero aún así le incomodaba la curiosidad de los presentes.
Días después apareció un equipo de televisión queriendo hacerle una nota para el noticiero de las nueve.
Aceptó.
Tal fue el éxito de su aparición en televisión que se transformó en todo un atractivo para un lugar de la ciudad sin mayores atributos.
Poleras y toallas con su rostro, tituladas con “El joven de las palomas” comenzaron a comercializarse.
Más de alguno quiso ser su representante y más de alguno le ofreció grandes sumas de dinero para contratarlo para eventos privados.
Comenzó a ganar dinero y la fama, por supuesto, no tardó en llegar.
Pero nada era como antes.
La soledad y el desgano volvieron a hacerse cargo de sus preocupaciones.
Se recluyó y pronto el interés de la gente desapareció.
Hoy se habla de la leyenda del joven de las palomas.
Hay quienes dicen que todavía se le puede ver, a horas irrisorias de la noche, sentado en la misma banca, tratando de recuperar lo perdido.
martes, 14 de junio de 2016
Tres cuentos de aeropuerto
Retraso
A las 15:00 debían abordar. A las 15:15 anuncian que hay un retraso de entre 20 y 30 minutos. A las 16:00 personal de la aerolínea se disculpó por los altavoces ya que el avión se encontraba con problemas técnicos en la zona de la bodega, por lo que no había certeza sobre la hora de embarque y despegue. A las tres horas los pasajeros se dieron cuenta que esto no era el aeropuerto, sino el hospital, cuyo único doctor aún no llegaba desde su consulta privada, por lo cual la espera debía continuar. A veces la vida es confusa. Y rara. Confusa, rara e injusta.
Embarque
Hay personas que tienen esa costumbre de situarse en la fila para embarcar cuando en realidad aún faltan quince, veinte minutos para que comience el proceso. Se apresuran y resguardan celosamente sus puestos, ofrecen miradas desconfiadas a todo el que se les acerque, sudan sosteniendo sus chaquetas y bolsos de mano, sintiéndose quizás mejores viajeros. No lo sé, los miro con detención pero no detecto verdaderas razones para esa prisa intranquila que los llevará a estar sentados antes, como aventajados sobre los demás.
Yo prefiero esperar a que todos se suban y escribir cosas como esta.
De película
Con el tiempo he estado desarrollando un leve temor a los aviones. Cada breve movimiento me sobresalta y pienso que es el fin, pero a penas vuelve la normalidad, me doy cuenta de lo estúpido que fui. Hasta que otro sacudón me alerta, y así hasta que aterrizamos.
Hoy se sentó junto a mí una rubia de idioma y país distinto. Con miradas nos bastaba para comunicarnos. Si ella miraba hacia el pasillo, entonces quería salir. Si yo la miraba sonriente, le daba las gracias por pasarme una de las almohadas.
En medio de la noche una turbulencia muy fuerte me hizo despertar de un incómodo sueño y entonces me aterré nuevamente. Cerré los ojos, estiré el cuello y mantuve la cabeza en alto, cuando de pronto sentí una mano posarse sobre la mía. Era la rubia de otro idioma y país.
El miedo se disipó con el tacto y pronto creí real la posibilidad de vernos enfrascados en un amorío de aeropuerto. Al bajarnos del avión se encontró con el que presumo era su novio y tomados de la mano se despidieron de mi, como agradecidos de mi amabilidad por apoyarla en las turbulencias.
Hollywood le ha hecho muy mal a mis expectativas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)