A las afueras del bar El Jaime, mientras caminaba mirando la noche sin estrellas, me encontré a Robert Sasel meando unos arbustos y silbando. Poco después me daría cuenta que Sasel silbaba todo el tiempo. Nunca lo había visto en mi vida pero sí había oído de él. Un estudiante de mi misma carrera que pasaba desapercibido y que según varios amigos, era un acérrimo defensor de los silencios y los anonimatos. Meaba balanceándose de atrás hacia adelante y el chorro se escurría entre sus piernas. Como yo estaba que me meaba, me puse a hacer lo mismo, no muy lejos de él. El silbido que variaba en los momentos más inesperados creando melodías que nunca antes había escuchado era un delgado hilo que rebotaba en los lugares más oscuros de esa calle, y yo por un momento quise también silbar, pero no lo hice por razones obvias.
Siempre he sido de vejiga vergonzosa y tardé unos segundos, a pesar de mis enormes ganas, en desprenderme del líquido que me había hecho buscar en la calle un lugar para mear ya que en El Jaime los baños estaban repletos y la espera podía hacerse eterna. Cuando el meado comenzó a caer el ruido llamó la atención de Sasel que miró hacia donde yo estaba pero sin dejar de silbar. Me saludó haciendo un ademán con la cabeza y pensé que podría estar borracho. Cuando terminé, Sasel seguía en el mismo lugar, armando lo que yo creía era un tabaco, pero que resultó ser un pito.
Me preguntó si quería, y yo aún con las manos sosteniendo el pene le dije que sí, que me espere un momento. Me dirigí hacia él y le dije Hola, Ignacio, y él me dijo Hola, Robert. Encendió el caño, le dio unas tres o cuatro aspiradas largas y hondas, desprendiendo una cantidad de humo inconcebible y me pasó el cilindro armado perfectamente. Mientras yo fumaba él tenía las manos en los bolsillos y jugaba con una piedra como queriendo dominarla. Repetimos el ejercicio un par de veces más y cuando se acabó la hierba me dijo que él me conocía, que me había visto en la universidad. ¿Ah si?, dije yo, pretendiendo estar sorprendido, pero la verdad es que a mí muchas personas me conocían. Yo no te he visto, le dije intentando no sonar pedante, pero a mí la humildad nunca se me ha dado con naturalidad. Lo sé, a mí nadie me ve, me dijo encendiendo un cigarro y ofreciéndome uno que tomé y agradecí con un tímido gracias.
Caminamos de vuelta a El Jaime que a esas alturas de la noche estaba hasta el tope. Sonaba una canción de AC/DC y Sasel me dijo que en El Jaime la música era buena, pero escasa, porque era tercera vez en la noche que esa canción se repetía. No supe qué decirle y aspiré. Luego de unos instantes en silencio le pregunté por qué el creía que nadie lo veía y su respuesta me dejó perplejo. Me dijo, con seriedad y a la vez con una leve sonrisa que se dibujaba como detrás de su cara, como si fuera una sonrisa de calavera que no logra mostrarse completamente en la piel y sus pliegues, que él trabajaba para no ser visto, que pasar desapercibido era algo con lo que se sentía muy a gusto. Me quedé mirándolo a los ojos, unos ojos que en la oscuridad de la noche se adivinaban como lesionados por el tiempo, y le pregunté nuevamente por qué, por qué él prefería pasar desapercibido.
Dio la última fumada y tiró lejos la colilla. Sacó un pañuelo desde el bolsillo trasero de su pantalón, se sonó y luego me dijo algo todavía más inquietante: Las luces están para los que no pueden vivir en la oscuridad, mientras que las sombras te permiten desplazarte en la oscuridad viendo cómo se desenvuelven los iluminados. Casi me desmayé o creí que me iba a desmayar o me quise desmayar. Yo no estaba acostumbrado a que me hablaran así (¿quién lo está?), con palabras tan recónditas y con frases que podían perfectamente venir de alguna mala película o de un solitario que busca hablar más de lo debido. Me di cuenta que Sasel estaba borracho.
No supe qué decirle, y notando mi perplejidad, se rió, me dio una palmada en la espalda y casi sin darme cuenta desapareció entre las personas que colmaban la entrada. Entré nuevamente a El Jaime y lo busqué entre las mesas y el ruido, pero no pude encontrarlo. Me senté con mis amigos, y les conté mi experiencia cercana con el enigmático personaje. Sin embargo lo único que recibí como respuesta fue un por qué no invitaste, refiriéndose al pito que compartimos y que de seguro contribuyó a mi percepción enloquecida de la situación. Ordené una cerveza y me propuse olvidar lo sucedido.
Más tarde, cuando en El Jaime ya casi no quedaban personas y en mi mesa quedaba sólo yo y Ramirez, divisé entre la barra y un pilar a Sasel, que estaba sentado y conversaba con alguien que el pilar no me permitía ver. Ramirez me contaba algo sobre una mina que él había conocido en una disco, una mina increíble, decía él, con un forro que cualquier modelo de la tele le envidiaría. Pero yo tenía la mirada puesta en Sasel que a veces estaba completamente serio, como si estuviera hablando con la muerte, como si estuviera viendo a la muerte y estuviera escuchando su discurso de bienvenida, y otras veces reía y decía cosas que yo no podía saber. Ramirez me preguntó que qué miraba y yo le dije que nada, que creía que había visto a una amiga, pero que no era. Ramirez, de todos modos se dio vuelta y miró, pero Sasel ya no estaba y yo me estremecí. Lo recordé diciéndome lo de pasar desapercibido y supuse que también había trabajado su capacidad de desvanecimiento.
Cuando me despedí de Ramirez a las afueras de El Jaime yo caminé hacia el paradero de micro. Ya casi no quedaban personas en los alrededores y por un momento deseé estar en mi casa, ya acostado, y no tener que vivir conscientemente el viaje hacia allá. Me senté a esperar una micro cuya llegada era improbable. Eran las cinco de la mañana. A pesar de la poca batería que me quedaba en el teléfono animé mi noche con un poco de House y encendí una colilla que encontré en el paradero, pero que en realidad era un cigarro a penas fumado. Estuve unos diez o quince minutos esperando, mirando la vereda de enfrente y siempre fijándome en el horizonte lejano a ver si aparecía la micro.
Cuando el teléfono se apagó me inundó un silencio abrumador. Me pregunté por qué no me había ido antes con Torres, que me había ofrecido acercarme a mi casa; ahora, pensé, estaría durmiendo plácidamente. La borrachera parecía que se me estaba acabando y el sueño quería derrotarme ahí mismo, sentado en el paradero de micro, con la cabeza apoyada sobre el vidrio rallado con nombres y dedicatorias, luchando para que los ojos no se me cierren. De pronto me dormí.
Soñé con calles solitarias, calles oscuras como las que me rodeaban, con un silencio que trepaba por mis espaldas y que se caía cuando pasaba un auto o cuando un perro a lo lejos ladraba. Soñé que veía surgir entre los autos estacionados a un hombre cuyo rostro era imposible de ver, un hombre que llevaba algo en la mano y que se acercaba lentamente hacia mí, que creo que sonreía, pero eso es difícil de decir ya que el pavor me hacía creer cualquier cosa. Una melodía se introdujo entre las distancias que me separaban del hombre sin rostro y a esas alturas yo ya formaba parte de ese vacío onírico en el que podemos darnos cuenta de nuestra situación actual, en el que tenemos la certeza de estar soñando pero desde el cual no podemos salir porque las fuerzas se nos acaban. Entonces sentí la melodía cada vez más cerca y de pronto alguien que me tocaba el hombro. Desperté y por un segundo no quise abrir los ojos porque de seguro me iban a asaltar, pero entendí que era inevitable, que quizás todavía tendría opciones de defenderme. Abrí los ojos, y ahí estaba, Robert Sasel, silbando.
Conchasumadre, dije como resignado, con el corazón todavía galopando dentro de mí. Sasel me pidió perdón y me dijo que como me vio solo pensó en venir a acompañarme. No te preocupes, le dije, me asusté, estaba teniendo una pesadilla. Sasel me entregó otro cigarro (parece que no se le acababan) y se sentó a mi lado. Fumamos nuevamente en silencio y me preguntó dónde vivía. En Santo Tomás, le dije. Me dijo que era lejos, que si quería podía quedarme en su casa, que él vivía aquí al lado. Y si bien parecía una oferta tentadora y el más sensato movimiento dadas mis ganas de dormir, rechacé su proposición. Bueno, me dijo, pero te espero hasta que pase la micro.
No sé de dónde sacó una botella de cocacola con una mezcla de tragos sin gas que bebí para no parecer desagradecido. Conversamos de varias cosas que ya no recuerdo, pero sí tuve la sensación de que Sasel era un buen tipo, lo demostraban sus acciones para conmigo durante esa noche larga y extraña. Cuando pasó la micro nos dimos la mano, me dio un último cigarro y me dio otra palmada en la espalda. Cuando subí a la micro y me senté en el fondo, Sasel ya no se podía ver por ninguna parte.
Ese mismo lunes me propuse buscar a Sasel en la universidad y agradecerle su compañía y preocupación. Compré una cajetilla de Lucky, pero la verdad es que yo no sabía qué cigarros fumaba él, así que me convencí de que daba lo mismo y que un fumador siempre agradecerá veinte cigarros extras. Sin embargo ese lunes no lo encontré y volví a casa más preocupado de los exámenes que se venían durante esa misma semana.
El martes repetí el ejercicio, pero esta vez busqué con un poco más de ahínco, preguntando por el susodicho a compañeros con los que no hablo, pero para mi sorpresa casi ninguno lo conocía y los que sí lo conocían no lo habían visto. Pensé que podía estar enfermo, o que quizás él estaba en otra sección. Nuevamente volví a casa, pero esta vez abrí la cajetilla y me fumé dos cigarros.
El miércoles no fui a clases y el jueves aparecí en la universidad para dar dos exámenes que a penas pude rendir ya que mi concentración estaba diezmada por la imagen de Sasel y el enigma que rodeaba su inesperada figura. Resignado lo imaginé apareciendo entre los libros de la biblioteca o caminando al final de un pasillo interminable.
El viernes llegué atrasado a la única clase de ese día, mas el profesor no me hizo problemas para entrar y unirme al grupo. Me senté en los asientos de más atrás y de malas ganas me di cuenta que veríamos un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, actividad que de haber recordado me habría permitido quedarme en casa y salir la noche anterior sin remordimiento alguno. El documental hizo un leve amago de interesarme, pero finalmente caí rendido y me quedé dormido. Cuando desperté la clase se había terminado.
Fui al baño a mear, pero al llegar me dieron ganas de cagar así que me encerré en uno de los cubículos y me dispuse a hacer lo mío. Revisé en mi teléfono las últimas notificaciones y de pronto escuché un silbido agudo que se colaba entre las baldosas frías y los espejos sucios. No sé por qué, pero el sonido me turbó y por unos momentos la quietud me hizo suya, aguantando un mojón que finalmente cayó e hizo que el agua me mojara el culo. El silbido venía desde afuera, pero parecía estar cerca, como si Sasel estuviese esperándome, silbando las melodías de invención propia.
Apuré el trámite, me lavé las manos y salí raudo en busca de Sasel, pero como era de esperar a esas alturas, aunque yo no pensaba según la lógica de los acontecimientos, no lo encontré por ninguna parte. Como todo día viernes, pocas personas se podían ver en la universidad, y mientras recorría desde la cafetería hacia los estacionamientos imaginé a Sasel vagando por los pasillos desolados, apareciendo de repente mientras su silbido se repartía como el eco de una muerte cercana.
Me subí a mi auto, bajé las ventanas porque el calor era insoportable y salí de los estacionamientos en dirección a mi casa. Mientras esperaba a que el semáforo que está justo en la esquina de la universidad cambiara a rojo, creí escuchar nuevamente el silbido. Por un momento sopesé seriamente la gravedad de los hechos y me puse a mirar hacia todas partes, creyendo que me estaba volviendo loco, buscando cualquier rastro de Sasel. El silbido era como si viniese desde mis adentros, o como si desde el cielo fuesen cayendo esos sonidos irremediables que me tenían completamente desconcertado. Sasel no apareció y cuando el semáforo se puso en verde, un silencio abrumador volvió a someterme.
Aceleré suavemente y encendí la radio. Observé el azul implacable del cielo como queriendo ver la lluvia de melodías que podían caer sobre mí. Miré por el espejo retrovisor, y a lo lejos, justo en la esquina del semáforo estaba Sasel, que parecía estar sonriendo. Encendí uno de los cigarros que le había comprado y aceleré.
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