A mis papás, por siempre.
Cuando me subí a la camioneta de mi papá el cuero frío de los asientos me erizó los pelos de las piernas. Afuera hacía un calor de los mil demonios y se sintió bien el cambio de temperatura que le otorgaban los asientos a mi cuerpo, asientos que tenía a mi total disposición ya que preferí que mi mamá se fuera sentada junto a mi papá para así yo dormir cuando el sueño fuese demasiado grande (había estado festejando la noche anterior el cumpleaños de un amigo y no había dormido más de dos horas). Generalmente me gustaba ir en el asiento del copiloto o incluso manejar, pero para desempeñar tales tareas hay que estar bien despierto y yo claramente no estaba en las mejores condiciones por lo que parecía sólo lógico cederle el puesto a mi mamá, que intentó hacerme cambiar de opinión sin buenos resultados.
Luego de recorrer la Costanera Norte y entrar a la Ruta 5 con dirección al norte le pedí a mi mamá que me alcanzara el cable auxiliar. Una de las cosas que más me agrada de los largos viajes en auto es escuchar música, escucharla fuerte porque así es cuando mejor se aprecia, pero en este caso no la escuchamos fuerte porque recién estábamos partiendo y ese es el momento en el que todavía hay temas de conversaciones frescos. La música fuerte es para cuando los temas se agotan o simplemente ya no hay ganas de seguir conversando, es ahí cuando la música fuerte cumple su función y maquilla el paisaje y el silencio.
A mí me gustaba la música que le gustaba a mi papá. No siempre me gustó esa música, porque a mi antes me gustaban otros estilos, los estilos que le gustaban a los niños de mi edad, estilos que por supuesto no renegaba, pero que ya no frecuentaba como antes. Ahora, a mis veinte años, escuchaba la misma música que mi papá solía poner en su auto cuando nos iba a buscar a mi casa para llevarnos al colegio. Música que en esos tiempos yo escuchaba con distancia, sin entender la gracia, pero él me decía que esa era música de verdad, cuando ser un buen músico importaba o cuando cantar bien o escribir una buena letra se valoraba, me decía intentando despertar en mí un interés que no terminaba por mostrarse.
Yo creo que fue un proceso natural, algo así como los caminos de la vida llevándome inevitablemente a mi destino musical, uno que tuve presente durante mi infancia y que mi papá plantó cual semilla en mi inconsciente para que varios años después brotara inesperadamente desde mí y sin darme posibilidad para esquivarlo. Fue así como gracias a las bondades del internet pude hacerme de una biblioteca musical de lo más nutrida, con álbumes emblemáticos y grupos que me emocionaban hasta las lágrimas, que me hacían viajar en el tiempo y que me hacían querer haber sido adolescente cuando esa era la música del momento, a veces incluso me hacían querer haber sido amigo de mi papá y escuchar música juntos, enterarnos del último disco llegado al país y escucharlo hasta el hartazgo.
A mi mamá le gustaba esa música porque era la música que mi papá escuchaba cuando se conocieron, porque era la música que mi papá escuchaba una y otra vez, anteponiéndose a los gustos de mi mamá que no tenía problemas con ceder porque mi mamá nunca ha tenido problemas con adaptarse a los gustos de los demás, cualidad tan envidiable y tan ausente en mí. A mi mamá le gustaban otros estilos, pero repito, no le importaba viajar cinco horas en auto escuchando las canciones de otras épocas porque al fin y al cabo era parte de su historia, de la historia de ellos dos y eso, creo, le evocaba tiempos remotos y maravillosos.
Con todo esto en mente cargué a mi teléfono los siguientes grupos y solistas: The Beatles, Bob Dylan, Electric Light Orquestra, Michael Jackson, Depeche Mode, Led Zeppelin, Janis Joplin, The Rolling Stones, The Wings, Queen, Rick Wakeman, Pink Floyd, The Who, The Velvet Underground, The Byrds, The Doors, Deep Purple, Creedence, U2, The Beach Boys, The Smiths, The Police, Aerosmith, Genesis, Cream, The Jimmy Hendrix Experience, y varios otros que debo estar olvidando. Puse la primera canción y dejé que el modo aleatorio hiciera su trabajo.
Pasamos el primer peaje y por fin sentí que estábamos empezando nuestro viaje. Lamentablemente mis andanzas nocturnas me estaban pasando la cuenta y con el pasar de los kilómetros, cuando íbamos por la Cuesta Las Chilcas y yo miraba las enormes rocas acordándome de mi abuelo, sin saber por qué me acordaba de él cada vez que pasaba por ahí, las náuseas hicieron el amago de hacerme pagar por mi reciente comportamiento, pero logré vencerlas tomando mucha agua y acostándome a lo largo del asiento, apoyando la cabeza sobre mi mochila, durmiéndome casi sin darme cuenta mientras mi mamá le contaba a mi papá la última copucha de su trabajo.
Cuando desperté me sentía mucho mejor y sonaba Back Door Man. Me acerqué a mis papás y mi mamá me pregunto cómo me sentía. Le dije que bien y acaricié su mano que buscó la mía mientras mi papá hablaba ahora sobre un viejo amigo que ellos conocieron hace mucho tiempo y que recientemente se había puesto en contacto para que almorzaran juntos. Miré por la ventana y vi que estábamos cerca de Huentelauquén, parada obligatoria desde hace mucho tiempo, cuando las empanadas se vendían en un pequeño puestito que pasaba desapercibido y que aún no gozaba del reconocimiento y el éxito que les había permitido ampliarse y recibir a un montón de personas a toda hora.
Compramos cinco empanadas, dos para mí, dos para mi papá, una para mi mamá, y tres jugos de papaya. Comimos sentados bajo la sombra de un árbol y aprovechamos de pasar al baño. Encendí un cigarro y cuando lo acabé le pregunté a mi papá si quería que yo manejara el resto del camino, a lo que se negó diciéndome que no me preocupe. Mi papá estaba acostumbrado a manejar horas y horas sin mayor dificultad, herencia, creo, de mi abuelo que al parecer no tenía problemas con ir a lugares muy lejanos por el día, como quién va a la panadería o a la farmacia.
Volví a poner la música y Never Let Me Down Again se dejó escuchar por los parlantes de la camioneta. Me sentía mejor, más animado y con ganas de conversar. La resaca no me había dado tiempo ni ganas de integrarme a las conversaciones, por lo que ahora parecía un buen momento para sentirme parte del viaje. Les conté sobre el cumpleaños de mi amigo, omitiendo, claro, los detalles más grotescos de mi borrachera, y haciendo hincapié en los viejos amigos que volví a ver después de mucho tiempo. Mi mamá se acordaba de todos, al contrario de mi papá que me preguntaba si ese era el que tenía un hermano futbolista o si ella era la que me gustaba cuando yo era chico. Yo le decía los nombres de los papás de esos viejos amigos, los describía físicamente y le mencionaba en qué trabajaban, con lo que conseguía ciertos resultados y mi papá me decía: ahh, sí, claro, el Jaime, o me decía: uy, hace mucho tiempo que no pensaba en la Gloria.
Seguimos conversando sobre los papás de mis viejos amigos, y luego mi papá nos contó una anécdota con el papá de Carlitos, un compañero del cual guardo muy buenos recuerdos. Nos dijo que un día, hace un par de años, se encontró al papá de Carlitos en el supermercado. Mi papá había ido a comprar la carne para el asado que haría ese domingo y sabiendo la cantidad de personas que van al supermercado los días domingos decidió ir temprano, justo después de su apertura. Era una maravilla, nos dijo, poca gente, silencio, pasillos expeditos y toda la mercancía a mi disposición. Yo estaba comprando las cervezas y no sabía si comprar un pack de doce o de veinticuatro, saqué la cuenta y conociendo a mis hermanos y a mis hijos, dijo mirándome a los ojos por el retrovisor con una sonrisa que me produjo mucha alegría, saqué el de veinticuatro y uno de doce, y en eso, cuando dejaba las cervezas en el carro siento que alguien dice mi nombre, bueno, no mi nombre, mi apellido, lo dice fuerte, demasiado fuerte, interpretando muy mal el contexto en el que nos encontrábamos, y yo me asusté, claro, cómo no iba a asustarme, además que el grito, porque fue un grito, venía de muy cerca, por lo que no hacía falta gritar, pero de todas maneras me gritó, y yo, como les dije, me asusté y de inmediato miré a ver quién era el loco que estaba gritando, y vi al papá de Carlitos, pero por supuesto yo no me acordaba quién chucha era, yo sólo sabía que lo conocía porque su cara me era muy familiar, pero no sabía su nombre y ahí dije, puta la hueá, que lata, tener que fingir y todo lo que eso conlleva, pero no tardé en darme cuenta que el tipo estaba borrachísimo, sí, muerto de curao, y eran las diez de la mañana, y el hueón se me acerca y me da un abrazo bien apretado, y yo me quedé pasmado, sin saber qué hacer, así que le dije hola compadre, cómo estás, tanto tiempo, y el se separó, pero muy poco, y me miró a los ojos desde muy cerca, echándome el tufo a copete, un tufo hediondo, como el que tenías tú cuando entraste al auto, me dijo mirándome nuevamente por el retrovisor y riéndose derechamente, y me dijo que qué bueno que yo estaba comprando cerveza, que la cerveza hace bien para la salud y otra cantidad de hueás que ya ni me acuerdo. Yo pretendía no parecer demasiado amigo del tipo, porque me daba vergüenza, a pesar de que no se veía mucha gente en el supermercado, pero al tiro supe que éste hueón no me iba a dejar tranquilo, así que le pregunté cómo estaba y me dijo que bien, que estaba fantástico, que había estado festejando y que iba a seguir festejando, y miró mi carro y me preguntó si iba a hacer un asado, y me preguntó si podía ir y yo le dije que no, le dije que yo estaba invitado a la casa de mi jefe y que no podía invitarlo, pero que desde luego para una próxima oportunidad lo invitaba, pero yo lo único que quería era no volver a ver más a este hueón, así que el tipo me preguntó por ti, mirando a mi mamá y por ti, mirándome a mi, y ahí me acordé, ahhhh, me dije, este hueón es el papá del Carlitos, y cuando supe eso ya me tranquilicé y le dije que estaba medio apurado, que tenía que irme, pero a este hueón no le bastó con hueviarme y contarme estupideces, porque me tuvo como diez minutos acorralado entre las cervezas y mi carro, me preguntó si podía comprarle un pack de cervezas, que andaba sin plata y que quería seguir pasándolo bien y yo lo miré a los ojos y le iba a preguntar si me estaba hueviando, pero finalmente decidí que era mejor comprarle las cervezas y así acababa con el problema, así que agarré un pack de seis y lo metí al carro y nos fuimos a la caja, por suerte yo estaba listo, me cago tener que aguantar a ese hueón borracho persiguiéndome por todo el supermercado, estaría hasta hoy ahí metido, y pagué todo y le pasé sus cervezas, inventé una excusa y me fui cagando al auto.
Mi mamá no se aguantaba la risa y se tapaba la boca como si tuviera vergüenza, y yo me reía, pero no de la historia, yo me reía de felicidad porque no recordaba cuando fue la última vez que habíamos estado los tres así, riéndonos y pretendiendo que nada nos separaba. Al poco rato la algarabía se opacó por un silencio que aproveché de maquillar con Band On The Run, completo, y mi papá celebró la elección y cantamos cada una de las canciones hasta que el disco se acabó y mi mamá me dijo que le parecía muy divertido que yo escuchara la misma música que mi papá, que cuando ella viajaba conmigo era como viajar con mi papá, era como viajar en el tiempo, que esas canciones le gustaban porque eran como volver al pasado y acordarse de muchas cosas.
Luego nos volvimos a callar y cada uno se fijaba en distintos aspectos del paisaje, yo miraba las montañas que parecían estar demasiado cerca del mar y mi mamá supongo que miraba el cielo, y mi papá el camino, concentrado, y yo miraba ahora el mar y pensaba en lo lindo que debe ser vivir en una ciudad con mar, verlo todos los días y escaparse en sus movimientos, dejarse llevar por el ir y venir de las olas, imaginar las profundidades y el mundo submarino, todo lo que esconde el océano, y después pensé en las veces que yo lo desafié y casi terminé ahogado, dando vueltas entre ola y ola pensando que ahí se acababa todo, saliendo a penas y sin que nadie notara mi desesperación, disimulando el miedo que sentí cuando tragaba el agua salada y la escupía haciendo arcadas.
Los tres nos sabíamos el camino de memoria y siempre parecía faltar poco para llegar, pero lo cierto es que aún nos separaban, según el último cartel, 110 kilómetros para La Serena. Como de costumbre, paramos en el servicentro de Socos y mi mamá se levantó para estirar las piernas mientras mi papá conversaba animadamente con el bombero que después iría a atender a otro cliente. Yo miraba a mi mamá caminar y mirar los árboles, como si estuviera descubriendo en ellos algo que buscaba, algo desconocido pero a la vez buscado durante mucho tiempo, y mi papá que me dice, es linda tu mamá, y yo que permanezco callado, pensando una respuesta acorde a esa verdad que él me estaba diciendo, pero no se me ocurre nada, o quizás no quiero decir nada, y le digo que sí, que mi mamá es muy linda, y la vemos acercarse a la camioneta mientras el viento la despeina.
De vuelta en la carretera para enfrentar el último tramo suena ahora Somebody To Love y yo intento no cantar, pero no puedo, imposible resistirse a la potencia de Freddy Mercury, así que me dejo llevar mientras mis papás hablan ahora sobre la casa de La Serena, discuten sobre los posibles arreglos que habrá que hacer, después de todo son más de veinte años sin una buena restauración, y yo les digo que me gusta como está la casa porque me recuerda cuando vivíamos ahí, y mi papá me dice que vivimos solo un par de años, que yo era muy chico, que cómo me iba a acordar, y yo le digo que sí me acuerdo de muchas cosas, y que me acuerdo de muchas otras cuando ya no vivíamos ahí, pero cuando aún nos íbamos de vacaciones juntos, y que en las paredes amarillentas y en el óxido de los marcos de las ventanas estaban nuestras historias como tatuadas, y mi mamá me dice que sí, pero que hace falta arreglarla porque se ve feo, y mi papá dice que mientras más tiempo pase más caro saldrá todo, y parece sensato lo que dice, así que callo, pero sigo pensando en las paredes amarillentas que tantas veces he visto al despertar con el sonido del mar.
Les menciono, mientras pasamos el último peaje, uno de mis primeros recuerdos, los tres paseando por la Avenida del Mar, una Avenida del Mar distinta, que llevándola a las palabras desde mi recuerdo parece desfigurarse, pero que es blanca, desierta, joven, interminable e inocente, una Avenida del Mar que alberga mis primeros pasos y por la que yo camino o corro, y por la que mis papás lucen tan jóvenes y llenos de energía, tan absortos por la incertidumbre del futuro, entusiasmados por todo lo que nos depara, y yo que me caigo como de costumbre y que lloro como de costumbre, y mi papá que me recoge del suelo riéndose y diciéndome que no pasó nada, y mi mamá que me da un beso y los tres que nos abrazamos, y mi llanto que se diluye en el calor de familia nueva.
Les cuento de la sensación que me da cada vez que paso por ese lugar, de la inagotable melancolía que me acompaña cuando veo la fotografía, tomada por un vecino, que retrata ese momento, y que inmortalizó el tiempo con el que yo muchas veces sustenté mi presente tratando de entender las circunstancias que nos llevaron, muchos años después, a tomar caminos distintos, tratando de entender la vida, y que cada vez que yo veía esa fotografía yo lograba seguir mi camino, y que de alguna forma, este viaje, estando nosotros tres en la camioneta de mi papá viajando hacia donde todo empezó, por primera vez en muchísimos años, era recobrar un leve fragmento de esa historia, era sentirse refugiado en ellos, a merced de la vida y sus caminos.
Me distraigo con la Cruz del Milenio que aparece de repente y que siempre ha sido el indicio de nuestra llegada permitiendo sentirnos de vuelta en casa, y ahora suena The Way You Make Me Feel y mi mamá se entusiasma y le sube el volumen, y mi papá que se entusiasma también y le sube un poco más y la camioneta que va adentrándose primero junto a la Herradura, luego por Coquimbo y finalmente por la Avenida del Mar, y los tres que bajamos nuestras ventanas y que dejamos que la brisa marina nos refresque y nos de la bienvenida, y mi tierra, dueña de gratos momentos, que se va apareciendo nuevamente, como tantas otras veces.
Nos estacionamos y luego de bajar las maletas y abrir la casa salgo hacia el patio que está a sólo pasos del mar y me siento en el pasto a escuchar las olas, y luego miro hacia adentro y veo a mi mamá guardando algunas cosas en el refrigerador, y a mi papá que se sienta en su sillón favorito, y veo mi reflejo pero no me veo a mí sino al niño que alguna vez jugó en esos mismos lugares, y por un momento considero perderme en mi reflejo y dejarme llevar y averiguar hacia dónde terminaré yendo, pero me distraigo con una gaviota, entonces me estiro sobre el pasto y miro hacia el cielo y luego cierro los ojos intentando dimensionar ese presente, queriendo apoderarme de él para siempre, queriendo que este viaje excepcional de dos días no se nos acabe.
Vuelvo a abrir los ojos y me pongo de pie, voy hacia adentro y veo las paredes amarillentas, noto desde lejos el óxido de las ventanas, y mi papá que sostiene una cerveza, y mi mamá que sostiene un pisco sour, y yo que me sirvo una cerveza, y los tres que brindamos. Cierro los ojos durante el primer sorbo. Y los vuelvo a abrir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario