miércoles, 4 de mayo de 2016

La chaqueta

Tardó en darse cuenta que esa era su parada y casi se queda atrapado por las puertas del bus en caso de no haber reaccionado de forma felina. Trató de quitar la suciedad a las mangas de su chaqueta, como si la suciedad viniera de su reciente y brusco movimiento, hizo lo mismo con los pantalones y se arregló el pelo echándolo hacia atrás. Una tímida llovizna acompañó su caminata por las calles que en un principio eran calles de día sábado en la tarde, o sea solitarios pedazos de una ciudad en calma, al menos en ese sector, pero luego las personas comenzaron a aparecer, primero en pequeños grupos, luego en masas consolidadas, hasta que al llegar a la feria su andar se correspondía con el lento paso de una masa atrapada entre puestos de diversas índoles. 

No buscaba nada en especial, tan sólo pasar el rato viendo tonteritas, a ver si se animaba a comprar alguna decoración simpática para el departamento, o tal vez una chaqueta que pudiera utilizar de reemplazo cuando la que llevaba puesta adquiriera el hedor propio de meses de uso contínuo y descarado. Antes de estar ahí y antes de casi quedar atrapado en el bus, se encargó de sacar una cantidad de dinero que sirviese para satisfacer un posible arrebato de feria, dinero que a la vez no era demasiado como para sentirse arrepentido de compras que siempre son antojadizas. 

Una señora le ofreció probar el pan amasado que estaba vendiendo, sin compromiso, le dijo, y él no se negó y lo probó y mientras masticaba le sonreía a la señora, le sonreía tratando de hacerle entender sin palabras que aprovechaba su estrategia de captación de clientes llena de bondad y buenas intenciones para probar un bocado de un pan que por muy rico que estuviera (ese estaba especialmente bueno) ni por si acaso compraría. Así que aprovechando que otras personas también quisieron probar el pan, se escabulló sigilosamente y siguió su camino viendo los puestos del otro lado. 

Un joven de aproximadamente su misma edad le enseñó cervezas artesanales y artículos para beber, pero él estaba luchando para no volver al trago así que esgrimiendo esa misma excusa, siguió su lento camino. Divisó un puesto con ropa que a su juicio era barata y se probó dos chaquetas y buscó entre las bufandas alguna de su gusto, pero prefirió volver a las chaquetas, revisarlas y probárselas de nuevo y verse al espejo. No tardó en aparecer el dueño del puesto para elogiarlo y decirle lo bien que se veía, le dijo también que parecía que era momento de reemplazar esa vieja chaqueta que llevaba puesta, cuyo color estaba lejos de parecerse al original. 

Pero él le tenía afecto a esa chaqueta y miró por el espejo los ojos del vendedor que sólo transmitían simpatía y ganas de conversar, pero se sintió ofendido y le entregó las dos chaquetas y se fue mascullando una respuesta indescifrable. 

Continuó su camino tratando de convencerse de que la chaqueta seguía teniendo un buen aspecto y que todavía le quedaban varios años de uso indiscriminado. Sin embargo los débiles argumentos del vendedor le rondaban y sonaban cada vez más adecuados. Pensó que comprar una de las chaquetas sería acabar con el presupuesto, que todavía quedaba feria por recorrer y si bien en las ferias casi siempre se ve lo mismo, no perdía la esperanza en verse sorprendido por algún artículo que siempre ignoraba pero que ahora atraería su atención. 

Encendió un cigarro y a penas dio la primera fumada se le acercó un tipo con terrible aspecto, una cara magullada por el sol y la suciedad, flaco como un espíritu, maloliente y aparentemente borracho o drogado, y le pidió por favor un cigarro. Lo miró con desdén, queriendo interpelar su frescura, pero prefirió darle el cigarro y deshacerse de él lo antes posible. El hombre se alejó sonriente y por un momento le pareció que llevaba la misma chaqueta que hace unos momentos se había estado probando. 

Dio media vuelta y buscó entre las personas, cada vez más lentas, al hombre de mal aspecto, sin saber por qué y sin tener claro tampoco qué hacer cuando lo viera. Pero sus esfuerzos no fueron suficientes y llegó al final de los puestos ya sin ganas de volver a meterse a la feria que ya no parecía valer la pena. Caminó como deslizándose por las veredas resbalosas y cuando se aproximaba hacia el paradero, de la nada apareció el hombre del cigarro y lo acorraló junto a un árbol. 

Dame la plata, dijo el hombre. Dame la plata, conchetumare, repitió mirando para todos lados, con el cuchillo asomándose por una de las mangas de la chaqueta y haciendo presión contra el estómago. Está bien, loco, está bien, tranquilo, toma, es todo lo que tengo, y le entregó el dinero. Ya, ahora dame la chaqueta, le dijo. No, loco, la chaqueta ni cagando. ¿Cómo que no? ¿Cómo que no, conchetumare? Pasa la hueá, loco, insistió haciendo más presión en el estómago, por lo que no tuvo más opción que sacarse su preciada prenda y entregársela al asaltante. 

Te di un cigarro, loco, te di un puto cigarro y así me devuelves la mano. Ah loco, verdad, pasa los cigarros también. Pero hueón, no seai maricón. ¿Cómo que maricón? ¿Cómo que maricón, hijo de la perra? Pasa la cajetilla, loco. La presión del cuchillo parecía insostenible así que le entregó los cigarros. El asaltante, satisfecho, en vez de correr y abogar por su libertad, se despojó de su violencia y sonrió mirándolo, una sonrisa de fraternidad, y le dio una palmada en el hombro mientras encendía un cigarro y luego le ofrecía uno a su reciente víctima. 

Sin entender lo que pasaba, aceptó absorto, y se dispuso a fumar en la esquina, junto al árbol y junto al asaltante. Ya, loco, caminemos, dice el asaltante. ¿Por qué? Por que sí po, loco, pa que hablemos. Atemorizado de ser nuevamente amenazado con el filo de su arma, lo siguió cada vez más tembloroso, hasta una banca que daba hacia una enorme planicie de pasto que todavía gozaba de la ausencia de grandes construcciones. 

No entiendo qué estamos haciendo, dijo. Nada po loco, fumar y mirar. Pero ya me asaltaste, ya me quitaste todo, hasta mi chaqueta preferida. Loco, no le di color. Pero mira, está lloviendo, me estoy mojando y tengo frío, devuélveme la chaqueta por favor, no te cuesta nada. No loco, dijo fumando y mirando hacia el horizonte, la chaqueta es mía ahora. Luego los calló el silencio y permanecieron fumando sin hacer nada más. 

Ya, compare, me voy, un gustazo, toma, me diste pena. Y se sacó la chaqueta, aquella que seguramente había robado justo después de que él se la probara y se fuera indignado, y se la entregó para después perderse lentamente por el paseo. De inmediato se puso la chaqueta y se quedó mirando el horizonte, aquel que había presenciado todo desde su lejanía. Bueno, al menos salí con chaqueta nueva, pensó. Con chaqueta nueva, sin cigarros, y sin su vieja y querida chaqueta, emprendió camino al paradero. A medida que se aproximaba un agradable calor comenzó a arroparlo y entonces miró su chaqueta nueva y se rió, tratando de ver el lado bueno de las cosas. 


Sin embargo a lo lejos sintió un grito. Pensó que el asaltante volvía tras él, pero al darse vuelta notó que no era el asaltante sino el dueño del puesto al que seguramente el asaltante había robado la chaqueta. Oye, conchetumare, devuelve la chaqueta, gritaba el dueño del puesto. ¡Devuelve la chaqueta, conchetumare! Y sin saber qué hacer, sin tiempo para pensar en nada, comenzó a correr por el mismo paseo por el que se perdió el asaltante, pero la lluvia y la mala suerte, porque más tarde le echaría la culpa a la mala suerte, le hicieron tropezar y caer en seco y de espaldas sobre la fría vereda, dándole todo el tiempo del mundo al dueño del puesto para alcanzarlo y sacarle la chucha a puras patadas y combos. 

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