miércoles, 4 de mayo de 2016

Mentón abierto

Cuando vi la sangre me alarmé y comencé a gritar. Mi abuela se me acercó y al verme tendido en el piso, con el skate aun bajo mi cuerpo, se asustó, yo creo que por la sangre y por mis gritos. Ahora que lo pienso, pobre de ella, a cargo mío y de mi hermano, no alcanzamos a dar diez pasos de nuestro primer paseo de ese sábado cuando yo ya era protagonista del infortunio y de la pesadilla de la abuela indefensa que ve como su trabajo de veladora de nuestra seguridad se quebraba con mi estúpida osadía. 

Volvimos a la casa y nos metimos en el baño. Al verme en el espejo grité todavía más y mi pobre abuela que no sabía qué hacer. Mi hermano, creo, me acompañaba en la desesperación y veía la sangre correr desde mi mentón abierto. Tratando de calmarme, mi abuela mojaba la herida y buscaba parar la salida de sangre. Con una mano me mojaba y con la otra, una mano larga y delgada, mano temblorosa, me acariciaba el cabello diciéndome que no pasaba nada, que todo estaría bien. 

Mis padres estaban de viaje, quizás en Puerto Montt o en Chiloé, por lo que acudir a ellos era imposible. Mi abuela recurrió a su libreta, en la que guardaba números de teléfono, direcciones, cumpleaños y anotaciones, y tras decidir la mejor opción, llamó a una de mis tías, la que amablemente accedió ir a buscarnos y llevarnos a la clínica. 

Mientras tanto y oprimiendo la herida con una pequeña toalla, me senté junto a mi hermano a ver Tom & Jerry. Reemplacé las lágrimas por pequeños sollozos que se mezclaban con breves risas provocadas por las peripecias de los dibujos animados. Mi abuela trataba de mantener la calma, pero seguramente se encontraba nerviosa por la situación y tal vez se sentía culpable al no haber podido mantenerme a salvo, cuando la realidad de los hechos decía que mi ímpetu irresponsable de niño me había llevado a deslizarme por el asfalto. 

Poco tiempo después llegó mi tía y nos llevó a la clínica. Cuando ingresé, solo, a la sala de luz tenue en la que procederían a suturarme, me llamó la atención la enorme lámpara que parecía flotar sobre la camilla en la que me tendí. Unas tres o cuatro personas me rodeaban y me hacían preguntas cariñosas para mantenerme en calma. Taparon mi rostro con una especie de tela que tenía una abertura para dejar expuesta mi herida. A penas sentí la primera aproximación de las suturas, me desesperé. 

No tengo recuerdos de dolor y tampoco de pinchazos anestésicos, pero seguramente habrán aplicado algún gel adormecedor porque me parecía extraño y perturbador estar siendo intervenido sin sentir nada. Aún así, propio de mi débil y aterrado carácter, volvía a sollozar y a preguntar si ya estaban listo, y las personas me decían que ya faltaba poco, que no pasaba nada. Creo haber sentido risitas entre los presentes, como de burlas, pero a mí ya no me importaba la burla, me urgía salir de ahí lo más rápido posible. 

Terminada la faena me taparon la herida con una vergonzante venda que cubría todo el mentón. Al verme al espejo, lejos de sentirme avergonzado, sentí una de esas felicidades de origen desconocido. Estaba presenciando la huella de una historia que perfectamente podría contar como proeza, cuando sólo fue lágrima y desconcierto. 

Volvimos a mi casa y tomamos once. Tocaba el vendaje y mi abuela y mi tía me decían que lo dejase. Cuando llegó la noche y mi hermano ya dormía, le pedí a mi abuela acostarme en la cama de mis padres. Quería sorprenderlos con la noticia y le hice prometerme que no les contaría nada y que ellos se enterarían sólo al verme en su cama con un extraño vendaje. Sólo ahora me doy cuenta de lo inverosímil de mi propuesta, pero en esa búsqueda de protagonismo y caricias creí que era perfectamente plausible. 

Mi idea era permanecer despierto hasta que mis padres llegaran en la madrugada, mas perecí pronto y caí dormido. Obviamente mi abuela no cumplió con su promesa, se debe haber sentido fatal, terriblemente nerviosa al tener que darle las malas noticias a mis padres. Desperté al otro día en mi cama e inmediatamente me dirigí a mis padres, quienes me saludaron preguntándome cómo me sentía y si me dolía. Entendí que sus preguntas eran las de los que ya sabían de mi desgracia y me sentí traicionado. Miré a mi abuela que sonreía y me pedía un abrazo. Fui hacia a ella y la abracé, y mientras nos fundíamos en el abrazo le pregunté por qué les había contado. Me debe haber dicho que era necesario, no lo sé, pero me pareció justo. No obtuve la lástima que quería, por suerte, ya que ahora que lo pienso, intenté sacarle todo el provecho a un pequeño accidente que debe haber hecho sentir muy mal a mi abuela. 


Al otro día llegué al colegio y las preguntas no demoraron en llegar. Por primera vez estaba teniendo tanta atención y procuré, creo, contar una historia llena de épica y heroísmo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario