Salí de mi casa después de una semana de encierro provocado por las lluvias y la pereza. La excusa para dejar atrás el claustro (de películas, prolongadas siestas y añoranzas) era salir a comprar un poco de alimento ya que las sobras se me habían acabado y parecía necesario volcarse al contacto con el aire y las personas. Ya no había lluvia que me espantase ni un frío inaguantable, es más, se podía ver el cielo con ese azul que sorprende a los que nos hemos privado de detenernos en él en mucho tiempo, lo que me incitó a dar una vuelta por el barrio antes de meterme en el supermercado y hacer de mi salida un breve episodio de mesura. Caminé a través de un pequeño parque que separa dos avenidas principales, oyendo a los pájaros y a los perros, golpeando de vez en cuando alguna piedra que se me aparecía en el camino, observando los árboles y la hierba de verde explosivo. Luego crucé una de las avenidas y caminé un poco más hasta llegar a un parque grande, con un lago artificial de considerables dimensiones y en el cual se pueden ver todo tipo de animales acuáticos. Bordeé el lago y la fuente escupía agua con manipulada elegancia, algunos niños le tiraban pedazos de pan a los pavos reales (sueltos durante el día) y una que otra pareja de enamorados yacía tendida en el pasto dándose besos y caricias. Crucé bajo el puente y terminé de recorrer el resto del parque, saliendo al lado contrario del de mi entrada. Mi chapa de reciente sedentario me hubiese hecho volver camino al supermercado y luego al encierro de mi casa, pero seguí caminando por una pequeña calle que me pareció atractiva. Una calle angosta con bancas a cada lado que culminaba en un edificio de color ladrillo. Nunca me había tomado el tiempo de recorrer aquellos sitios y todo parecía sumamente interesante a pesar de que lo que yo veía se regía por lo ordinario y lo indefectible. Al llegar al edificio continué mi camino hacia la izquierda y luego hacia la derecha y luego una rotonda y luego otro parque. Debo haber estado caminando dos horas, aunque cuando uno pasa tanto tiempo encerrado se atrofia la percepción del tiempo y nada parece condecirse con el verdadero paso del tiempo. Cansado, me senté en un banco que daba hacia una extensa planicie, una especie de campo eterno que se prolongaba hasta el horizonte. Desde allí dejé pasar las horas y vi ocurrir el atardecer con asombro renovado. La noche, lejos de ahuyentarme, propició mi estancia, la que acompañé con imaginaciones y pensamientos. De pronto el cielo comenzó a cubrirse y la lluvia parecía acercarse temerosa. Sin la ropa adecuada para enfrentar la inminencia del agua, y sin tener claro como volver a casa, me dispuse a caminar a voluntad de intuiciones. Se dejó caer la lluvia sobre mi caminata mientras yo me introducía en calles desconocidas y oscuras, y debido a que mis opciones no eran muchas seguí mi desorientada andanza. Tras varias horas de parsimoniosa incertidumbre di con una de las calles que yacían en mi malograda memoria y poco a poco me fui acercando temerosamente a mi casa, hasta que llegué. Pero la lluvia caía sobre mí con una honestidad brutal, una demasiado palpable como para ignorarla en el encierro y confort de mis paredes. Tomé las llaves y las lancé hacia el interior del jardín, miré hacia el cielo y seguí caminando, esta vez por el sentido contrario, perdiéndome rápidamente en parques y calles que no había tenido el placer de conocer debido al poder de la pereza.
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