miércoles, 2 de marzo de 2016

Divorcio


“Dejamos atrás cien años de lágrimas, 
dejamos atrás cien años de derrotas…” 
Claudio Palma.

I

Él lo llamaba un divorcio. Yo, simplemente, lo llamé desencanto. No me gustaba insistir en mi postura y lo dejaba largarse en explicaciones, buscando sin grandes aspiraciones convencerme de su decisión y, por qué no, unirme al club de los divorciados (o desencantados, insisto). Sin embargo, el buen desempeño de la selección durante los últimos años parecían pesarle en demasía, siendo un sufrimiento cada vez que nos tocaba jugar por alguna competición oficial. Yo lo instaba a manifestar alegrías o tristezas, sin juicio alguno, pero su orgullo era inconmensurable, por lo que simplemente se privaba del placer colectivo, quizás con desgano, pero al fin y al cabo era una decisión personal, de encierro, de principios que no se pueden retractar. 

A medida que el juego de la selección se comenzaba a advertir fuera de nuestras fronteras, siendo la última novedad del fútbol, la creencia nacional y, por qué no, la global también, indicaba que desde estas latitudes podía gestarse una sorpresa épica, una de aquellas que cambian la historia de países y de gentes. La propuesta de ataque constante, el vértigo a veces desmedido, y las vistosas jugadas que surgían desde una propuesta innovadora y sin previas experiencias, cautivaban no solo a los entendidos, sino que también a aquellos ajenos al deporte, porque lo que se veía en la cancha no era fútbol; se acercaba con distancias limítrofes a la manifestación artística, a una belleza en nuevas dimensiones, digna de compilaciones fastuosas en Youtube con enorme carga emocional. 

Tras un mundial en el que el mundo terminó de conocer a nuestra selección como el nuevo fenómeno táctico, hubo quienes nos ubicaron en un selecto grupo de selecciones de buen fútbol, junto con monstruos como los alemanes o los argentinos, incluso dejando de lado a un decepcionante Brasil que no cuajaba, y que terminaría sufriendo la peor de las humillaciones contra los posteriores campeones alemanes. Fue un mundial funesto para los brasileños, porque la imagen dejada sobre todo frente a Chile, ganando una tanda de penales de forma agónica, injusta, con lágrimas en los ojos, era tan solo el augurio de lo que vendría en semifinales. El 1 a 7 recibido generó un descalabro  impresionante, cuestionándose jugadores, técnicos y gobierno. El mundial había sido diseñado para que los pentacampeones sean hexacampeones. Terminaron siendo considerada la peor selección brasileña de la historia.

Chile volvió a caer en octavos, nuevamente contra Brasil, por tercera vez consecutiva. A pesar del buen pie de los chilenos, se respiraba en las calles una cierta desconfianza, ya que a pesar de lo mostrado en la fase de grupos y muy a pesar de haber eliminado a los campeones vigentes, los brasileños eran nuestra bestia negra, aquellos que nos humillaron tantas veces previas, que para ellos enfrentarse a Chile era un mero trámite de mínima dificultad. Y si bien volvimos a sucumbir, las circunstancias fueron distintas. El estadio repleto de amarillos, vociferando a más no poder, con el aliento de todo un país local detrás, no fueron impedimento para que los once guerreros plantaran cara y forzaran una tanda de penales ingrata, que podría haberse evitado de entrar el bendito remate de Pinilla en el minuto 119. Era para cerrar el estadio, terminar el campeonato y entregarle la copa a los chilenos, quizás no por fútbol, pero si por coraje, por valerosos, por la falta de respeto mundial que estaba ocurriendo a ojos de todos, que desviaban la mirada como no queriendo aceptar que los todopoderosos estaban siendo abatidos brutalmente por los débiles de siempre. 

Las lágrimas eran imposibles de contener y sin dudas fue una de las derrotas más terribles que presencié en mi vida. Porque nunca habíamos estado tan cerca de la gloria, una que podía durar cuatro o cinco días, dependiendo del resultado siguiente, pero que me bastaba como para sentirme realizado. La carne del asado terminó pareciendo dura y nerviosa, y la cerveza tibia y falta de gas. La celebración preparada decayó y hubo varios que se fueron a sus casas o a otros lugares, esperando olvidar la pena. Yo fumaba en un esquina, con el escaso humo de la parrilla acechándome. 

-Te lo dije. No quiero parecer majadero, pero te lo dije. Esto no es sano, yo por eso ya no me intereso, y soy mucho más feliz. Antes, esto me hubiese destrozado, pero hoy puedo seguir tomándome la cerveza y celebrar como cualquier otro día-me dijo Nacho mientras buscaba mi mirada perdida.

Costó levantarse del azote. Pero al ver las posteriores entrevistas de los jugadores, que se mostraban orgullosos, clamando por una Copa América que se celebraría en nuestro país, nos volvió escasamente el ánimo, y pudimos terminar la noche con cierto optimismo. Aún así, Nacho insistía que no había que ilusionarse, que no cometiéramos el mismo error, que el fútbol es uno de los deportes más ingratos, sobre todo con los chilenos, que nunca habíamos ganado nada, que a pesar del buen fútbol, nuestra historia y nuestros nervios eran el mayor escollo. Calma, chicos, no se les vaya a romper el corazón definitivamente, decía con voz burlesca, antes de irse con una sonrisa, como si la derrota dignificara y confirmara su postura. 

Con el tiempo, como la costumbre nos ha enseñado, las heridas cicatrizaron, y tras largas semanas de debate, del qué hubiera sido si el remate de Pinilla entraba, si el penal de Jara entraba, las cosas volvieron a la normalidad. Un descanso merecido para los jugadores y sobre todo para la población calmó los ánimos y por un tiempo nos olvidamos de aquella tristeza. Desde luego la participación de la selección en algún amistoso internacional seguía despertando el mismo fervor, pero ahora la serenidad era lo más importante. Mantenernos concentrados, ir al trabajo y rendir el doble, llegar a fin de mes y pagar las cuentas, invitar a una cena romántica a la pareja, entregar cariño a la familia, comportarse como quién se comporta cuando se da cuenta que ha salvado de la muerte por muy poco, y quiere enfilarse por rutas correctas, de nulo riesgo, carente de peligros, porque se sigue caminando muy cerca del abismo. 

II

Cuando llegó la Copa América, se sentía una ansiedad extraña. Los jugadores venían hablando hace varias semanas, asegurando que ellos querían ganar, que ser campeones era el único objetivo, que todo lo demás sería un fracaso. Y si bien el fútbol que jugaba Chile seguía siendo vistoso, el juicio de algunos entendidos señalaba que ahora era aún mejor, que ésta era una versión mejorada, porque la inclusión del guardiolismo le había dado al equipo mayor posesión, mayor pausa, menor vértigo, pero efectividad por sobre todo. Los detractores de siempre hicieron ver su descontento, entre ellos Nacho, que aprovechó de vapulear al sampaolismo mejorado. 

-Se le subieron los humos al pelado. Aquí es cuando se van a la mierda, cuando se creen los mejores y no le han ganado a nadie-decía furioso. 

Conforme los primeros partidos se fueron dando, nuestra selección no dejaba un buen sabor de boca. El triunfo en el debut ante un batallador Ecuador, con un penal inventado a nuestro favor, nos hacía dudar de las posibilidades del equipo. También el empate a tres con México, que nos descolocó a todos sobre todo porque los cuates venían con equipo alternativo y nos hicieron sufrir como pocos, fue un balde de agua fría. Los periodistas deportivas hacían eco de las fallas defensivas, pero tampoco dejaban de lado la capacidad de reacción. Es un equipo que puede sobreponerse a la adversidad, clamaban. 

Y si bien las cosas no parecían tan fáciles, la goleada ante los bolivianos fue un bálsamo que calmó los ánimos y a su vez entregó una importante cuota de optimismo para enfrentar lo que venía, el siempre durísimo Uruguay. Y hay un problema con los uruguayos, porque a pesar de no contar con el mejor delantero del mundo, el controvertido Lucho Suárez, y de no haber mostrado el fútbol que los había hecho triunfar en la última Copa América y dar la sorpresa en Sudáfrica, seguía siendo un equipo incómodo, que sabe de estas instancias más que nadie y más que Chile, por supuesto. 

Desde el pitazo inicial los vaticinios respecto al suceder del partido se cumplían. Amplio dominio chileno sobre un Uruguay que esperaba para dar el zarpazo. Y si bien Chile tuvo ocasiones claras, no fue hasta el segundo tiempo, después de que el dedo curioso de Jara se inmiscuía en lugares prohibidos, desenfocando al afectado que, injustamente, se llevaba la tarjeta roja, cuando el partido se abrió. Las cosas se pusieron feas y sólo el golazo del Huaso Isla desataba la euforia. El juego brusco de los celestes se hizo sentir y el partido terminó caliente. Pero la felicidad de haber derrotado a un durísimo rival nos embargaba nuevamente. 

-No te alegres-decía Nacho-no te alegres que los peruanos tienen buen equipo y puede complicar a Chile-me volvía a repetir el desencantado por el teléfono mientras vitrineaba en un centro comercial de la capital. Dice que los mejores momentos para ir a comprar alguna tontería era cuando jugaba Chile, porque la afluencia de gente disminuía considerablemente, y los agradables pasillos solitarios invitaban al consumo. Insistí en que viniera, que una semifinal que podía ser histórica no podía perdérsela. A pesar de mis intenciones de unirlo a la fiesta me encontré con su obstinación. El divorcio va en serio, le dije, mientras picaba unos pedazos de carne que el parrillero dejaba sobre una bandeja de madera. 

Los peruanos dieron batalla, pero nuevamente sus intenciones de hacer ver un simple partido de fútbol como una guerra, una cosa de estado, acaso una deuda sociopolítica que debía ser saldada con sudor y sangre, les pasaron la cuenta y rápidamente se quedaron con un menos tras una boba expulsión. El autogol del Pitbull hizo ver las cosas mal, ya que el empate llegaba en un mal momento, pero apelando a la capacidad de reacción de la que tanto se había hablado, uno de los goles que nunca olvidaré, por su suntuosidad y por el grito agónico que desató en todo el país, fue el de Eduardo Vargas, que con la rebeldía de los que saben, no se avergonzó al intentar un remate de media distancia que se coló haciendo una extraña parábola en el aire, bajando súbitamente cual lluvia repentina. Alegría nuevamente y a la final de la Copa América tras muchos años de espera. 

III

Tal cual como una final de Copa América protagonizada por Chile merecía, el día que recibió aquél 4 de julio era la brillante antesala, perfecta para hacer coincidir la belleza de la cordillera y el cielo azul con los desbordes frenéticos o el orden defensivo que se esperaban en cancha. Desde temprano las calles se fueron enfiestando y el ambiente en los supermercados, llenos a más no poder, invitaba al positivismo. Las personas se saludaban entre sí, las camisetas rojas de la selección se multiplicaban, los ceacheí no tardaban en aparecer, y las sonrisas en general se traspasaban, ejercicio inusual y que me hubiese gustado seguir viendo. 

Logré convencer a Nacho de que las circunstancias requerían de la unión del pueblo, como apelando a creencias disparatadas que podían interceder con el destino si oficiábamos según lo que nos dictaban. Era imposible concebir que él, un otrora ferviente amante del fútbol de nuestra selección, no estuviese presente en tal ocasión. Piénsalo como un remember, le digo al teléfono soltando una carcajada y asegurando que nadie se enojaría si terminado el partido volviese a divorciarse. No bastaron más palabras para que de buen humor apareciera en la casa de Bórquez, lugar de incontables encuentros, y que sería la sede de este trascendental momento de nuestras vidas. 

Me aseguré de sentarme junto a Nacho en un lugar privilegiado, cerca de la parrilla y a la vez en cierto ángulo que nos permitía ver la pantalla con claridad. Me lamenté en varias ocasiones por no estar en el estadio, cuyo ambiente me devoraba por dentro, ya que la maravillosa postal, con la cordillera detrás y el sol acariciando el verde del pasto en perfectas condiciones, mientras cuarenta mil camisetas rojas gritaban y animaban, me emocionaba intensamente. Pero al ver el rostro impávido de Nacho que simulaba un desgano que yo no lograba creer, una leve rabia me carcomía. Alégrate, hombre, tu selección va a jugar una final, le digo. No me caguís el panorama, Nacho. 

Culminado el himno e iniciado el partido, mi trémulo cuerpo parecía desvanecerse con cualquier avance insignificante de la escuadra chilena. Sentía como el corazón pedía salirse de mi pecho mientras miraba boquiabierto el toque de ambos equipos. Intentaba mantenerme sentado, pero ante cualquier falta o aproximación me levantaba de mi asiento y aplaudía o, en su defecto, gritaba alguna ofensa desgarradora que perfectamente pudiese haber estado acompañado por un sollozo que contenía debido a la presencia de más personas. Nacho no se daba por aludido y tan sólo comentaba desde la frialdad, como si fuese un relator español que mira este circo desde la comodidad de su estación de televisión en Madrid o Barcelona, donde las finales abundan y ese delirio extraño no se suele ver. Vamos hombre, vívelo con ganas, le grito mirándolo a los ojos, con cierta rabia y una incipiente borrachera que con el pasar de los minutos, cuando se acercaba el fin del partido, terminaría desbordándome del todo. 

Ni Sánchez ni Vargas. Ni Messi ni Higuaín. El 0 a 0 se tatuaba en nuestras cabezas y los penales se hacían realidad ante el temor latente. No tenemos historia en penales, no tenemos experiencia, dice uno. Acuérdate de los penales contra Brasil, un asco, dice Nacho. Hasta aquí nomás llegó el sueño, agrega. Cállate hombre, le gritan unos varios. Cualquiera sea tu postura, le digo, cállate y déjanos disfrutar o sufrir tranquilos. El silencio comenzó a rondar cauteloso, pero el enésimo ceacheí sirvió para soltar los nervios, y traducirlos en ánimos y alaridos. 

Sigo considerando, hasta el día de hoy, el penal de Mati Fernandez como uno de los mejores que he visto en mi vida. Si no es el mejor, está entre los tres mejores, en los que incluyo sin dudas el penal de Aránguiz frente a Brasil en el Mundial. El disparo de Matigol fue una verdadera declaración de principios, una oda a la belleza, un grito ante la desesperanza y un abrazo a la gloria. Los argentinos no podían creer que el tímido morenito que hace casi diez años deslumbraba a Sudamérica, estuviese pateando con tanta rabia y perfección el primer penal de la tanda de una final de Copa América. Esto nos daba esperanzas. 

A Messi no hay que mencionarlo mucho porque es el mejor jugador de la historia y todo lo que hace es magnífico, por lo tanto, verlo fallar en estas instancias, acostumbrado a los buenos desempeños en los más altos niveles, hubiese sido una locura, una que nos hubiese hecho ganar la final anticipadamente, como el palo de Pinilla ante Brasil. Su gol no nos desanimó, y el rey Arturo, juerguista incansable que había demostrado lo mejor y lo peor en el curso de la competición, casi nos hace desmoronar con su disparo que el chiquito Romero alcanza a rozar, pero que aún así se cuela ante la alegría inmensa de los espectadores. 

El turno de Higuaín no hacía presagiar las buenas sensaciones que su disparo hacia los aires nos haría sentir. Con el balón perdiéndose en la tribuna, el delirio y el alcohol nos arrebataban la decencia, nos hacían creer que efectivamente había una posibilidad de ser campeones, que teníamos la ventaja sobre la todopoderosa Argentina, la de Messi, la de Maradona, la bicampeona del mundo. Las gargantas comenzaban a doler por la euforia y algunos gemidos se podían escuchar entre penal y penal. Aránguiz, que con la misma frialdad de siempre anotó y ratificó la ventaja, nos daba otro empujoncito más hacia la cima. 

Se podía ver el terror en el rostro de Banega. Porque no miraba a Bravo, porque no miraba el balón, por que sus ojos se perdían en un océano indistinto entre él y el árbitro, porque su mente había perecido y el bullicio incesante de la hinchada local lo había llevado a un estado de histeria, de esas que paralizan, que no se pueden demostrar porque el cuerpo no reacciona, hasta que el pitazo del árbitro le avisa que puede hacerlo, que puede patear, que puede intentar revertir la historia de la tanda aportando un granito de arena. Mas falla. Su débil y mal tirado disparo llega manso a las manos de Claudio Bravo, el sempiterno capitán, que celebra y vuelve a desatar un carnaval. 

A estas alturas, estando tan cerca de nuestro primer título, todos estamos abrazados de la cintura. Esperamos la próxima ejecución, la que puede ser la final, de un jugador simbólico como lo es Sánchez, cuyo campeonato no había sido bueno, pero el destino había querido que él tuviese la responsabilidad de rematar la historia y conducir a un pueblo completo a lugares insospechados, a los placeres del éxito deportivo, diáfanos oasis de alegría que nunca antes habíamos estado tan cerca de presenciar.  

Las lágrimas no se disimulan, tampoco el sorbeteo de mocos. El silencio nuestro más el relato eufórico que viene del televisor hace de la espera algo imposible de aguantar. Algunos intentan dar el último aliento, pero se encuentran con sus gargantas anudadas ante la emoción. Ahí está Alexis Sánchez, ahí está el de Tocopilla, que con el coraje de los infantes que no dimensionan la realidad porque parecen ser ajenos a ella, con la trepidante actitud de un provocador, se para frente al balón y suspira. Ahí estamos nosotros, que hemos esperado durante toda una vida. Imagino cómo estarán los más viejos, los que han debido lidiar con la frustración una y otra vez, incapaces de ver el éxito acercarse ni siquiera un ápice. Ya casi no nos dan las piernas, como si fuésemos ellos, los once que jugaron en representación nuestra. Ya casi no podemos más. Y ahí va Alexis. Y la pica.

El grito ahogado se expande por el territorio. Nuestros cuerpos se golpean unos con otros y los abrazos van y vienen. Un silencio parece botarnos al suelo, mas es una alegría nunca antes experimentada, que nos lleva al llanto desconsolado. El bullicio surge nuevamente y los llantos ya no me importan, porque abrazo al que puedo y bebo de mis lágrimas, con la voz desgarrada, sollozando el “somos campeones” una y otra vez. Miro al televisor, como ratificando que lo vivido sea verdad, y me encuentro con la euforia, con la felicidad. Busco entre los presentes, como escarbando entre cadáveres que han vuelto a nacer, y ahí lo veo, a Nacho, llorando desconsoladamente con las manos sobre el rostro. Su cuerpo se estremece y pareciera estar sufriendo algún tipo de arrebato, pero es tan solo emoción. Somos campeones, vuelvo a repetir con las lágrimas entrando a mi boca. Por fin, me responde mirándome a los ojos, con la cara enrojecida y los ojos ardientes. Por fin somos campeones, me repite, y nos enfundamos en un abrazo eterno, de esos que parecen confirmar que el divorcio se ha acabado. 





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