miércoles, 2 de marzo de 2016

Domingos

Recuerdo especialmente las mañanas puras y claras, en las que el cielo era de un azul sincero, casi platónico, y el tibio calor del sol se posaba sobre las hierbas húmedas del patio, cuya belleza de flores rojas y blancas, bajo un enorme árbol de ramas que yo trepaba con insistencia, se veía mermada por la presencia azarosa de una cantidad vergonzante de juguetes y todo tipo de entretenimientos de mi pertenencia. Eran esos domingos en los que el canto de las loicas me abrazaba con una fraternidad insospechada, casi injusta, y que me traía a la vigilia con tanta delicadeza que mi pensamiento de niño se veía levemente perturbado por la magnífica melodía de las aves. 

Recuerdo por supuesto la humedad del pasto mojar mis pies descalzos mientras hago trucos con un balón de fútbol. Golpearlo con fuerzas desmedidas y siempre estar al borde del descalabro, provocando el silencio inmaculado que se dejaba sentir por esos días, como la paz que reina en la perfección de las mañanas. Utilizar la parra hecha por mi bisabuelo como el preciso arco de fútbol, imaginando estadios llenos, final del mundo y una definición a penales dramática, en la que mi consecución del tiro podía provocar un triunfo histórico, una alegría desmesurada, una sensación que nunca antes se había experimentado en mi país. 

De pronto los filtros de la piscina, que se encienden de súbito, y son como la canción que decora el pasar de las horas. Una y otra vez hago rebotar el balón contra la pared. Furiosos pelotazos que lanzo contra la parra. Uvas que caen y el perro alcanza sin intervención alguna de mi parte. El sol que poco a poco comienza a posarse y el chapuzón que me refresca antes de la aparición de mis padres. 

El olor al carbón encendiendo y las leves explosiones de la combustión. La cebolla danzando con dureza sobre los fierros engrasados, y el sonido de la cerveza derramándose sobre el vaso especialmente grabado. Los pollos, los filetes, los choripanes y la ensalada. La música de Michael Jackson, las baladas de Alberto Plaza, Ricardo Arjona o Chayanne. The Beatles, Electric Light Orquestra, la cumbia de Proyecto Uno. 

La familia que de a poco se va apareciendo con el destiempo que la caracteriza. Las risas inmediatas, los alaridos ebrios que se van ocupando de ese silencio que ya no añoro. El vino de 1997, la cordial bienvenida a una abuela que nos visita o a los amigos extranjeros de uno de los tíos. El humor negro de mi padre que se adueña de pronto de la mesa y la respuesta recíproca de los escuchas, que vociferan alegría con gritos desmedidos. 

La enorme cantidad de primos que corren y juegan con mis juguetes. Unos utilizan pistolas de aguas, otros golpean el balón emulando al Pipo Gorosito y al Beto Acosta. Las niñas que se ocupan de mi hermano más pequeño, los que trepan el árbol y desafían la preocupación de sus madres. Los más grandes que no cesan con su paciencia y se inmiscuyen en ese mundo delirante de caos y velocidades interminables. La alegría de la piscina y los juegos que casi vacían el estanque. 

El aviso de los padres, de que el choripán está listo, de que las salchichas también, el pollo y un poco de ensalada. Sentarnos en una mesita especialmente armada para el revuelo de nuestras presencias, casi no prestarle atención a los platos y bromear constantemente con lo sucedido anteriormente mientras jugábamos a cualquier cosa. El reto de los padres que insisten en que comamos, que si no nos desmayaremos ante tanta energía gastada. La prohibición de bañarnos al menos en media hora debido a que nos pueden dar calambres. 

Las tardes infinitas que se siguen sucediendo con la misma dinámica. Los padres en las mesas, ahora bebiendo algo más fuerte, algunos yendo a dormir la siesta, otros más valientes aún de pie, mientras las madres cacarean y rumorean casi que susurrando las cosas que se han enterado durante las últimas semanas. 

La música que de pronto comienza a sonar con más insistencia, y que nos lleva a la sala del televisor grande, en donde se proyectan, como tantas otras veces, los videoclips de Michael Jackson, acompañados por el magnífico y creativo baile de mi hermano pequeño. Los aplausos, el sudor, el bajo retumbando sin criterio en los vidrios y los oídos, el deslumbrante candor de las canciones, el terror que siento cuando aparece Thriller, la congoja con la que me escondo y tapo mis oídos, mientras algunos se ríen de mi miedo y otros se deleitan con los efectos especiales de la época. 

El despedirse paulatino de los familiares, que uno a uno van abandonando la casa, mientras mi madre ordena y mi padre comenta lo bien que lo hemos pasado. El silencio que poco a poco se va haciendo nuevamente de mi casa, mientras la noche ya es la realidad de nuestras existencias. Ese vacío insostenible que se siente al no saber si se aprovecharon las horas o simplemente es una tristeza post felicidad. El ordenar los juguetes en los cajones, procurando no despertar sospecha del desorden creado por mí y mis primos. 

Ponerse pijama y lavarse los dientes para después saltar sobre el cuerpo blando de mi padre y besarlo deseándole buenas noches. Mi madre que nos acurruca y nos apaga la luz. Nosotros que sin mayor esfuerzo nos derrumbamos y caemos dormidos sin tiempo para pensar en todo lo vivido. El despertar e ir al colegio, abatido, pero feliz de poder ver a mis amigos, contarles de mi nuevo fin de semana en familia y la celebración sin razón que se llevó a cabo en casa. 


Sí. Recuerdo esos días con especial cariño. Cuando todo parecía suceder sin explicación. Cuando las cosas eran más bien simples dentro de la suntuosidad de esa realidad que yo vivía como sin darme cuenta. La familia y su éxtasis aparente, la nula sospecha nuestra de que todo podría tomar rumbos distintos, dejando atrás la utopía en la que habíamos estado viviendo, sin darle espacio a la posibilidad de que todo podría cambiar de un suspiro a otro.


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